Aprendiendo a hacer cuadrados

Gianniotas charla con Mata. /Alberto Mingueza
Gianniotas charla con Mata. / Alberto Mingueza
JOAQUÍN ROBLEDOValladolid

A los matemáticos de la Grecia clásica les dio por cuadrar superficies; esto es, por transformar, mediante formulaciones geométricas, cualquier figura plana en un cuadrado de idéntica área. Para ello solo podían valerse de los instrumentos con los que contaban:esencialmente la regla y el compás. No lo tuvieron difícil mientras pusieron su empeño en figuras poligonales. Pero cuando lo pretendieron con el círculo, la cosa cambió: no hubo manera. Lo intentaron con denuedo, de hecho Hipócrates de Quíos fue capaz de cuadrar algunas figuras curvilíneas, las lúnulas, pero el redondel se resistía a ser restringido a cuatro segmentos. Tanto, que la expresión 'cuadrar el círculo' devino en sinónimo de 'imposible'. A pesar de los sucesivos fracasos, los matemáticos de diversas civilizaciones siguieron intentando dibujar un cuadrado cuya superficie fuese ese πr2 hasta que, ya en los años finales del siglo XIX, el matemático alemán Ferdinand von Lindemann anuló cualquier esperanza: el empeño no podría lograrse porque el número pi es trascendente (no puede ser la solución de ninguna ecuación algebraica) y, por tanto, no hay forma humana que permita trazar un segmento que mida exactamente π , lo que debería ser el lado de ese imposible cuadrado que encerrase la misma superficie que el círculo matriz.

Poco menos que cuadrar un círculo fue lo que pidieron a Sergio González cuando le encomendaron la dirección de la plantilla: intentar arrastrar al equipo a los puestos que dan derecho a soñar arrancando de una modesta situación en esas tierras de nadie clasificatorias. Y en ello está, ha enderezado el rumbo de forma tal que el círculo empieza a mostrar sus lados. Cinco semanas después tenemos la sensación de que el Pucela perdió demasiado tiempo dando vueltas sobre sí mismo y así no hay forma de cuadrar nada. Tampoco es que Sergio haya venido a inventar nada: su aportación se limita a que las líneas estén algo más juntas y a que Toni dirija. Vamos, lo que pedía el 99% de los aficionados, lo que parecía pura lógica. El crío, permítanme la licencia por eso de mirarle desde mis casi cincuenta, es diferente, es de esos ungidos que con solo tocar el balón provoca el ¡uhhh! expectante de la grada. Pierde muchos balones, claro; Messi, también: es lo que ocurre al que intenta lo inverosímil y de vez en cuando lo consiguen. Es más, es tan nuevo que le queda mucho recorrido para aprender. Nadie sabe hasta dónde podrá llegar, pero si nada se le tuerce, no será cerca. Cinco semanas después, más juntos y con Toni, el Valladolid ha pasado de esperar a que otros fallen a intentar no fallar. La confianza es tal que Mata y Gianniotas se ejercitan para formar ese cuadrado perfecto que habría de redondear un gran año. Y no les sale mal.

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