Aquellos maravillosos años

Los jugadores celebran el ascenso./R. Gómez
Los jugadores celebran el ascenso. / R. Gómez
JESÚS MORENO

Fue mi progenitor –que hasta el día de hoy va pasando de padres a hijos, de abuelos a nietos– quien, como si me vacunara para inmunizarme frente al sufrimiento que puede acarrear la vida, me inoculó hace casi cuarenta años el virus del Real Valladolid.

Acompañar cada quince días a mi padre al estadio, al viejo o al nuevo, primero yo de su mano -cuando era demasiado niño como para ir solo a los sitios y demasiado bajito como para ondear aquella bandera sin golpear en las cabezas de los que me rodeaban- y después él de la mía -cuando su edad le empezó a quebrar la salud demasiado como para exponerse al frío o la lluvia que arreciaban con especial virulencia en la grada del Fondo Sur- fue uno de esos hábitos convertidos en costumbre alrededor de los cuales gravitaba el resto de los quehaceres semanales. Nada era tan importante como para no acudir al estadio, nada era tan urgente que no pudiera esperar dos horas más, hasta que terminara el partido del Pucela.

Marcó Mata, y el estruendo silenció el pitido con el que el árbitro daba por concluido el partido, la temporada y la presencia del equipo en Segunda División. El Real Valladolid había ascendido a los cielos, había regresado a Ítaca, había vuelto a su casa. El estadio estalló de júbilo en una comunión perfecta entre club y afición que no puede ser otra cosa que el comienzo de una hermosa amistad a poco que unos sepan encauzar la euforia y otros se dejen seducir por los colores.

Pero no. La alegría y la satisfacción por saber que la institución volvía a ocupar el lugar del que nunca debió salir quedó contenida hasta disolverse en un poso de amargura cuando uno se percata de la ausencia de aquella persona con la que se celebraban esos momentos. Hagan todo lo posible por compartir al Pucela, vivirlo con sus padres, disfrutarlo con sus hijos, sentirlo con aquellas personas que merecen la pena y que les han ido acompañando al estadio a lo largo de los años, porque créanme si les digo que la sensación de soledad es tremenda cuando, al regresar a Zorrilla, se observa un asiento, ese asiento, vacío.

Papá, el Real Valladolid, tu Real Valladolid, el que pasa de generación en generación, ha vuelto a Primera.

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