El artículo 155

A banda cambiada

«Solo se divierte el que gana», decía Vicente Cantatore. Es verdad, pero después de lo que se había visto en Zorrilla, la bajada al suelo no deja de sorprender

El artículo 155
JESÚS MORENO

Fue simpática la referencia que Luis César, en la rueda de prensa del viernes pasado previa al partido frente al Real Oviedo, hizo a la posibilidad -no inmediata pero sí real- de aplicar su particular artículo 155. No resultó amenazante, al contrario de lo que suele ocurrir cuando alguien se refiere a esa disposición, pero sí sonó como una suerte de enmienda a la totalidad, de borrón y cuenta nueva, de reinicio de un sistema que empezaba a colgarse con demasiada frecuencia, como una vuelta al orden constitucional que, en el fútbol y más en Segunda División, no es otra cosa que conseguir los objetivos a través de la solidez en defensa, la portería a cero, y aprovechando alguno de esos errores que, en esta categoría, aparecen con relativa frecuencia.

Lo cierto es que el Real Valladolid fue otro, tan incómodo de ver como de enfrentarse a él, desconozco si porque finalmente -y por decirlo a la moda- hubo una aplicación suave del artículo 155 de la Ley Luis César, o porque en realidad fueron las circunstancias las que empujaron al equipo -quizá excesivamente cargado de presión y responsabilidad- a la necesidad de nadar y guardar la ropa desde prácticamente el mismo inicio de partido.

De la misma forma, a buena parte de los aficionados aquella victoria les dejó un sabor más amargo que en jornadas anteriores cuando el equipo salía del vestuario con el marcador en contra y a base de empuje conseguía, en el mejor de los casos, nivelar la contienda. Atrás quedó aquel «solo se divierte el que gana» de don Vicente Cantatore, superado por la decepción de descubrir que el equipo es tan terrenal que ni siquiera necesita de un siervo que le recuerde -como en la antigua Roma- que solo son humanos. La desilusión de observar que aquel Real Valladolid, que parecía tocado por los dioses, se hizo carne para poder seguir ganando, apenas obtuvo consuelo en la victoria.

El Real Valladolid abandonó la lírica y descendió a los infiernos para aprender a ganar aquellos partidos en los que no se puede triunfar de otra manera. Volvió a la senda de las victorias y, con ello, retomó el contacto con una categoría en ocasiones demasiado seca, arisca y pragmática. Despertó del mundo de los sueños para descubrir, como si se tratara del dinosaurio de Augusto Monterroso, que la Segunda División todavía estaba allí.

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