Buena suerte, y hasta luego

A banda cambiada

El autor despide a los que se van con el fin de la temporada, pero sin pena, consciente de que muchos de ellos lo hacen por intereses que no son los del Valladolid

JESÚS MORENO

El Real Valladolid terminó siendo condenado a continuar la eterna búsqueda del amor correspondido. A salir con la lámpara de Diógenes para hallar aquella persona que haga que el tiempo no se cuente en segundos sino por latidos de corazón, que le impaciente mientras la espera en la Plaza de España. Que confunda el adiós con un suspiro ahogado cuando llegue el momento de separarse. Que permita notar su ausencia cuando aquella persona falta. El Real Valladolid terminó, como Sísifo, obligado a volver a empezar -como cada final de temporada- la caza aquel candidato para su banquillo capaz de, como dice Mario Benedetti, llenar la desdicha de milagros y convertir el miedo en osadía.

«Amanecerá y los ultimo que quedaban se irán y esta vez soy yo que se queda en silencio y en soledad», cantó un día Andrés Calamaro. Cayó el telón de la temporada y del Real Valladolid huyeron todos como si se tratara de un Titanic con el casco rasgado. En ruedas de prensa, en redes sociales, se han podido escuchar y leer palabras de despedida tan repetidas cada año que resulta casi imposible tomarlas por sinceras. Demasiado vacías para los que nos quedamos sufriendo, resignados las desbandadas y las deserciones. En el club queda el capitán y la orquesta que no ha dejado de tocar en todo el año. Ocho mil músicos dispuestos cada jornada a seguir haciendo sonar sus gargantas por si sus notas sirven para empujar la nave hacia arriba. El mejor patrimonio que tiene la entidad, su valor más seguro, su inversión más rentable y, en estos momentos en los que todos salen corriendo, su infantería más fiel.

Herrera dejó, otra vez, la catedral de Valladolid inacabada. Hizo lo mismo que el director deportivo o el secretario técnico. No, no me imagino a nadie llorando por aquellos que nos han abandonado en el camino. Hemos paladeado la amargura durante demasiado tiempo a lo largo de esta temporada como para que duela que salten del barco aquellos que nos la hicieron probar. Las lágrimas las dejamos para nosotros, para el Real Valladolid, en la soledad de nuestra propia casa mientras nos mentalizamos de que nos espera otro largo año por delante. No, no merecen los lamentos aquellos que no quieren seguir acompañándonos. No añoremos tanto a los que se van porque, quizá, tampoco ellos nos querían tanto como para haberse quedado. A todos ellos, buena suerte y hasta luego.

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