Las claves de un ascenso insólito

La temporada pasó del fiasco de Luis César, que ilusionó al principio, al 'boom' de Sergio González, recibido con mucho recelo

Jaime Mata, el máximo depredador de la categoría, abrazado tras marcar un gol./Gabriel Villamil
Jaime Mata, el máximo depredador de la categoría, abrazado tras marcar un gol. / Gabriel Villamil
ARTURO POSADAValladolid

El Real Valladolid ha vivido una campaña con oscilaciones que ha desembocado en un insólito ascenso, tan exprés como rutilante.

Como sucede con cada proyecto, la llegada de Luis César al banquillo blanquivioleta disparó las ilusiones: tras la turbulenta temporada anterior de Paco Herrera (matizada por el acelerón de última hora que casi mete al equipo en 'play-off') asumió el banquillo un técnico con gusto por el fútbol de ataque y poca aplicación defensiva.

La derrota en la primera jornada ante el Barça B se vio como un simple tropiezo. A continuación, el Real Valladolid pisó el pedal y encadenó tres victorias consecutivas, una de ellas en Copa a domicilio ante el Huesca, antes del intercambio de balas liguero en León (4-4) y el contundente asalto copero en el mismo escenario (0-4).

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Pronto quedó marcada una tendencia: el Pucela empuñaba el mazo en casa (4-1 al Córdoba; 4-0 al Alcorcón) y palidecía como visitante, donde se mostraba como un conjunto fantasmagórico. Al menos, el público de Zorrilla se divertía y todo parecía coser y golear en el confortable calor hogareño, a la espera de ajustar bien el andamiaje forastero.

Las cosas se torcieron mucho entre octubre y noviembre, con un profundo bache: cinco jornadas sin ganar, sostenidas por cuatro empates anémicos y un guantazo en toda regla en Zorrilla (el 0-3 del Nàstic). La victoria frente al Real Oviedo en casa supuso un ungüento pasajero porque las derrotas ante Cádiz, Numancia y Albacete volvieron a retratar las carencias de un sistema suicida que ofrecía su talón de Aquiles en un sistema defensivo de intolerable debilidad, donde los zagueros parecían alfeñiques y sufrían como nadie.

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En seguida, se empezó a echar de menos a Álex Pérez y, a partir del invierno, a Alberto Guitián, los dos centrales de la campaña anterior que enfilaron el camino hacia el Sporting en las dos ventanas de fichajes. La lesión de Deivid propició la llegada invernal del austriaco Lukas Rotpuller, muy fuera de forma, en una operación que acentuó la sensación de malas decisiones en los despachos. Los lanzallamas se dirigieron inevitablemente contra el nuevo director deportivo, Miguel Ángel Gómez, cuya labor ha quedado ahora reivindicada. Al responsable de la parcela futbolística hay que reconocerle también su sagacidad en el uso del 'big data', a través del analista Paco González y su equipo de Moneyball Data, con una importante cuota oculta en el éxito final.

Los malos resultados y las discutibles decisiones tácticas (arrinconamiento de jugadores como Míchel Herrero o Nacho Martínez) dañaron gravemente la imagen de Luis César, al que se dejó de ver como el conductor de un hipotético ascenso para aparecer como un entrenador poco fiable en la jungla de Segunda.

La gran explosión individual de la temporada llegó de las botas de Jaime Mata, un implacable lobo del área. Mata, delantero de campanillas convertido ya en leyenda del Real Valladolid, brilló como el mayor depredador de toda la categoría.

Más que el alegre sistema ofensivo de Luis César, al 'killer' madrileño le benefició su recobrada posición como 'nueve'. Que Paco Herrera lo arrinconase la campaña anterior en la banda solo puede obedecer a esos inexplicables brotes que sufren los técnicos de vez en cuando.

Mata empezó a atiborrarse de goles, para pánico de los defensas rivales, a los que quebraba como si fuesen obleas mojadas. Además, ganó poso en la plantilla tras el 'esperpento Ortuño', aquel fichaje fallido del delantero murciano fuera de plazo en el mercado veraniego. Al final, la 'ortuñada' fue buena para Mata y para el Real Valladolid.

El asterisco exótico de la campaña lo protagonizó el saudí Nooh Al-Mousa, inédito en el campo y en las convocatorias, dentro de un operación económica de LaLiga para buscar visibilidad en el país asiático, pero sin ningún componente futbolístico real.

Luis César sobrevivió a diversas crisis con la idea (siempre lejana) de que el Pucela lograría meter el turbo en cualquier momento, pero ese escenario nunca llegó a sustanciarse. Las jornadas pasaban y el Real Valladolid vivía en estado vegetativo, con el temor a quedarse en tierra de nadie y firmar la enésima campaña fallida.

La derrota en Tarragona ante el Nàstic del 8 de abril llevó al club a activar definitivamente la guillotina, después de un mes con el gallego convertido en un técnico-zombi. El club quiso echarlo tras empatar en casa ante el Rayo (1-1) el 3 de marzo, pero la cuerda de la negociación con Joaquín Caparrós, el sustituto elegido, se rompió y Luis César siguió al frente de la zozobrante nave contra toda intención y pronóstico. El técnico, dolido por la situación, se dedicó a disparar a la directiva desde la sala de prensa, lo que explicitó aún más el divorcio entre las dos partes.

Sergio González, artífice del éxito.
Sergio González, artífice del éxito. / Gabriel Villamil

La llegada de Sergio González al banquillo fue recibida con tremenda gelidez. Faltó tiempo para que se destacase su inexperiencia y los dos años que llevaba en el paro. En realidad, nadie creía que fuese capaz de convertirse en el mesías capaz de conducir al Pucela a la tierra prometida. La derrota en Zorrilla ante el Sporting acentuó la impresión inicial y el coro se aprestó a entonar idéntico salmo: «La temporada está acabada. La campaña es un fracaso».

Sin embargo, Sergio González obró un prodigio de carácter sobrenatural

Sin alharacas, con un carácter pausado y haciendo gala de gran sabiduría sobre cómo restañar vestuarios heridos, recuperó a futbolistas que se habían apolillado en el desván de Luis César, reforzó los débiles pilares defensivos, compactó al grupo e inyectó hectolitros de competitividad en un colectivo que pasó de la flojera futbolística a las espinacas de Popeye.

El fin de temporada ha sido tan salvaje que resulta imposible no quitarse el sombrero ante el nuevo 'técnico-milagro' del Real Valladolid, un entrenador de última hora que, en ocho pestañeos de fase regular y cuatro de promoción, se ha encaramado al mismo panteón de San José Luis Mendilibar y San Miroslav Djukic.

Ya tenemos, por tanto, a San Sergio González en las hornacinas pucelanas.

La afición, por su parte, ha pasado en tiempo récord de la depresión constante de los últimos años a la euforia desatada de los buenos momentos. El estadio José Zorrilla, que había languidecido durante toda la campaña, solo sostenido por sus incondicionales, se ha visto desbordado en los últimos choques por la riada de aquellos que, hastiados y decepcionados por las recientes derivas, habían desertado. Ahora, vuelven a las gradas hinchados de ilusión, junto con los inevitables 'subecarros' de última hora. Sin estridencias y con grandes dosis de instinto, Sergio González ha recuperado a lo grande el orgullo lastimado de una ciudad de Primera. Nunca se le podrá agradecer lo suficiente.

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