DESPRECIOS Y APRECIOS

Pancarta desplegada por algunos aficionados blanquivioletas durante el calentamiento del partido ante la Cultural Leonesa./A. Mingueza
Pancarta desplegada por algunos aficionados blanquivioletas durante el calentamiento del partido ante la Cultural Leonesa. / A. Mingueza
JESÚS MORENO

Uno de los comentarios más extendidos y repetidos en esta neodictadura de lo políticamente correcto es el escuchado a los representantes públicos cuando, para aplacar a ciertos aficionados politizados hasta los huesos, aseguran que el deporte no es más que una fiesta que sirve para unir a los pueblos independientemente de la ideología, clase y condición que tenga cada uno. Lo que a cualquiera le puede hacer pensar que, y contrariamente a lo que todo ciudadano espera de sus electos, la política está para dividir y enfrentar dependiendo del credo partidista que profese cada uno.

Así se entiende perfectamente que la política, principalmente las de doctrinas más extremas, haya trasladado su campo de batalla al mundo del fútbol en el que, por mucho que con la boca pequeña insistan en los valores unificadores del deporte, la división viene de serie, marcada incluso por el color de las camisetas.

León -o sería más justo decir su clase política- dado que jamás ha podido cimentar una rivalidad deportiva con Valladolid puesto que apenas se han cruzado en los caminos que la competición depara, históricamente siempre ha preferido tomar la vía de la agitación y el victimismo señalando nuestra ciudad como una especie de 'enemigo externo' responsable de gran parte de sus males, ayudándose para ello de los diferentes clubes deportivos a los que ha ungido, a modo de lo que decía Manuel Vázquez Montalbán del Fútbol Club Barcelona, en una suerte de ejercito desarmado del Reino.

Hasta el domingo pasado, la afición del Real Valladolid había tratado de que la ideología no contaminase ni la animación ni a los grupos encargados de la misma. Hasta el domingo pasado, los aficionados a este equipo habían hecho suyo el dicho aquel del desprecio y el aprecio.

No, los seguidores del Pucela no se dedicaron a gritar consignas de carácter regionalista, tampoco a arrancar asientos porque la educación se demuestra andando. Simplemente mostraron una pancarta con cuyo contenido solo se pueden molestar aquellos con la piel tan fina como la princesa del guisante. Pero con ella, lo que se consiguió por primera vez en muchos años, es que parte de la afición de Real Valladolid cayera en una provocación suficiente para que desde allí, y también desde aquí, tuvieran motivos sobrados para equiparar ambos comportamientos.

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