Enfados

Los jugadores saludan a la afición tras vencer al Huesca. /R. Gómez
Los jugadores saludan a la afición tras vencer al Huesca. / R. Gómez
JESÚS MORENO

Mi amigo Javier Álvarez llevó el viernes pasado a sus hijos, Gabriel y Adrián, al estadio por primera vez en sus pequeñas vidas. En un ejercicio de peregrinación deportiva, estos niños habían visitado ya Pepe Rojo, Pisuerga y Huerta del Rey, y solo les quedaba acudir al templo del Real Valladolid en busca de una vocación temprana que libre sus infantiles almas de caer en la tentación del seductor brillo y glamur que desprenden los equipos más poderosos y mediáticos del panorama nacional.

Los pequeños lo pasaron bien, cabalgaron a lomos de esa montaña rusa de sensaciones en las que el Real Valladolid ha transformado sus últimos partidos en Zorrilla. Con sus momentos de bostezo y sus momentos de alegría, sin sesudas disertaciones técnicas y tácticas, sin mayores aditivos que resten pureza a lo que ellos habían presenciado porque al final, bendita inocencia, para un niño que acude al estadio por primera vez, el fútbol consiste en que su equipo gane y dar buena cuenta de la merienda que llevaban preparada para el descanso.

Afortunadamente, todavía les queda lejos el comprender que saber de este deporte no consiste en otra cosa que en estar siempre enfadado. Después de cuatro años en Segunda División, es casi imposible poder canalizar la frustración de una parte del entorno, esa que se encuentra cómoda en la crítica y en el exceso de énfasis, asentada en el todo mal porque su reflexión no es otra que afirmar que, si estuviera todo bien, el equipo no estaría en la categoría en la que está. Sin matices, y sin el beneficio de la duda porque éste ya se agotó hace tiempo. Que otorga importancia al resultado cuando se juega bien y no se gana, o que desprecia el marcador si la victoria no llega acompañada de un fútbol que pueda exponerse en un museo.

El Real Valladolid ganó al líder y a sus propios miedos, sin embargo, eso no fue suficiente para muchos aficionados que se fueron enfadados a casa como si alguien les hubiera estropeado la fiesta. Quién sabe, quizá hubo algo de eso. La histeria suena menos impostada cuando, al menos, no acompaña el resultado. Los pequeños Gabriel y Adrián se acostaron felices porque su equipo había ganado. Se puede pensar que son demasiado niños como para entender de fútbol, aunque mi sensación es que lo han comprendido perfectamente.

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