El eterno retorno

A banda cambiada

El articulista teme que estemos de nuevo ante una de esas temporadas en las que el equipo decae lentamente sin que nada haga algo por resolverlo

Luis César medita bajo la lluvia en Butarque. /Candel
Luis César medita bajo la lluvia en Butarque. / Candel
JESÚS MORENO

El Real Valladolid se ha vuelto cíclico como la economía o las estaciones del año. De un tiempo a esta parte se ha embarcado en una suerte de eterno retorno, similar a la que dibujaba Nietzsche, según el cual el equipo se va extinguiendo a lo largo de la temporada para volver a crearse un par de meses más tarde. Un inicio fulgurante de liga y una desaceleración, poco después, lenta y continuada que lo instala, en el mejor de los casos, en la parte media de la tabla con posibilidades, siempre desaprovechadas, de engancharse al tren de cabeza. Un deambular triste y depresivo por la liga como alma en pena, como espectro con cadenas o ánima sin bosque, a caballo entre el quiero y el no puedo.

Como cada año por estas fechas, el Real Valladolid se ha convertido en una bola de cristal en sí mismo capaz de predecir su propio futuro, en el que los siguientes pasos vendrán a ser conjuras en el vestuario, llamamientos a la unidad, finales anticipadas y nuevas decepciones. La rueda gira y vuelve a girar, habría explicado Matthew McConaughey en el ‘Lobo de Wall Street’ dándose golpes en el pecho y emitiendo sonidos guturales: Un inicio ilusionante; este año sí; un despiste; un mal partido; caída libre; un año para olvidar; borrón y cuenta nueva; un inicio ilusionante… El equipo, como si fuera víctima de una maldición que le persigue temporada tras temporada, se encuentra preso en la jaula de su historia reciente, incapaz de sobreponerse a un destino rubricado con antelación. Secuestrado por sus propias dinámicas que lo arrastran como si se encontrara sumergido en un río de aguas bravas.

No importa la de veces que nos hayamos encontrado en el mismo punto del relato, lo cierto es que ninguna de las medicinas aplicadas consiguieron sanar al enfermo. Ni cambio de entrenador, ni de sistema, ni evolución, ni revolución consiguieron invertir la tendencia. Luis César, como antes ocurrió con sus predecesores en el banquillo, empieza a ser incapaz de trasladar su discurso de la sala de prensa al césped. La plantilla, ahora igual que antaño y como paso previo a caer definitivamente en la pereza, ya asume con naturalidad el rol de titular o suplente sin rebelarse a golpe de orgullo en aquellos partidos en los que se concede, como en el último de Copa, una oportunidad para reivindicarse. Todo, una temporada más, parece estar ya escrito.

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