Frustrantes comparaciones

A banda cambiada

El autor sugiere olvidarse de lo que le sucedió al Pucela en épocas anteriores y centrarse en lo que pasa este año, porque los buenos inicios de ahora no deben implicar las consecuencias de antaño

JESÚS MORENO

Fueron cuatro partidos buenos en Liga y dos en Copa. Suficientes para que el gran público olvidara las penurias pasadas y se enganchara a la ilusión. El aficionado, al final, necesita vivir con el anhelo de que, quizá, este año sí estemos entre los elegidos a compartir reino de los cielos con los equipos más poderosos de España, aunque solo sea como prueba con la que reafirmar la fe en lo blanquivioleta y todo aquello que representa. Una suerte de triunfo de la esperanza sobre la experiencia que empujaba, tras el deslumbrante inicio de campeonato y casi sin solución de continuidad, a fantasear con reeditar lo conseguido por el Levante la última temporada o, los más osados, a emular el rodillo con el que el Real Valladolid de José Luis Mendilibar dejó casi todos los campos de segunda reducidos a escombros.

Pero la realidad volvió a aparecerse, espectral, para espantar la victoria y con ella las ilusiones de poder imitar los triunfos de otros. El Pucela se encontró cara a cara, otra vez, con sus fantasmas, tuvo delante a uno de esos equipos de la categoría silenciosos, casi ausentes, a los que jamás ha vencido en liga para retornar al mundo de los mortales y recordar que la división es demasiado traicionera como para igualar gestas pasadas.

El equipo mantiene intactas sus opciones de hacer una temporada que le permita a aspirar a un sitio en la mesa de los grandes la temporada que viene, pero cometeríamos todos un error si pretendemos que equipararlo con cualquiera de aquellos equipos de leyenda que sirvieron para engrandecer la historia del Real Valladolid. Incluso, si se buscara paralelismo alguno con cualquier otro conjunto que cabalgó de manera rutilante por la categoría de plata. El Pucela es un club con un hecho diferencial tan característico, con una identidad propia tan marcada -casi podría ser reconocido como una nación más con la que refundar la idea de España-, que, de tantas veces repetida, solo puede permitirse ser fiel a su propia historia. Una historia tan personal que le niega la posibilidad de verse reflejado en los espejos del pasado y le indica que la única receta del éxito es un punto más de constancia y de trabajo que el resto de sus competidores, sin echar la vista atrás, ni marcarse una meta mayor que el propio día a día. Cualquier otra comparación será como bien se sabe, además de frustrante, odiosa.

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