Canal Pucela

Actualidad
11 de febrero de 2012
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Los diablos rojos y el tímido Valdés
Valdés, con la zamarra blanquivioleta.
SANTIAGO HIDALGO CHACEL | .-

Veinticinco años después de la fundación del Real Valladolid, el 29 de noviembre de 1953, el equipo vallisoletano iba a encargarse de realizar, a modo de obsequio al aficionado, una de las hazañas recordadas con mayúsculas, una muesca en su fusil, una entrada triunfal en feudo conquistado. El equipo entrenado por Luis Miró se imponía en el estadio Chamartín (aún no era el Santiago Bernabéu) a un Real Madrid plagado de estrellas y con el máximo referente de Alfredo Di Stefano que acababa de llegar ese misma campaña.

Era la primera vez en la que el Valladolid desvirgaba el feudo madridista en partido liguero. Corría la undécima jornada y el equipo blanquivioleta, vestido para la ocasión de rojo colorado, alineaba a Saso; Matito, Lesmes I, Losco; Ortega, Lasala; Domingo, Lolo, Morro, Carlos Ducasse y Valdés. Por su parte el Real Madrid jugaba con Pazos; Navarro, Oliva, Lesmes II; Muñoz, Zárraga; Atienza, Olsen, Di Stefano, Molowny y Gento bajo la batuta de Enrique Fernández.

El Valladolid se adelantó por dos veces antes de concluir la primera parte con goles de Domingo y Morro. El primero de ellos tras robo de Matito y jugada de Ducasse que aprovechó Morro, y el segundo después de un templado centro de Valdés desde la izquierda que convirtió Domingo de cabeza. El Madrid, atenazado por el cerrojo vallisoletano y cohibido por los rápidos contragolpes de los jóvenes delanteros, solo pudo anotar ya en la segunda parte por medio de Di Stefano el 1-2. El pequeño de los Lesmes no se podía creer que hubieran perdido en casa con el Valladolid a pesar de que en el otro lado estaba Paco Lesmes, siempre mucho Lesmes I.

Ese mismo año, el equipo vallisoletano se imponía también a domicilio al Atlético de Madrid por idéntico marcador. Así que las huestes madrileñas, basándose en el color rojo de la zamarra de los pucelanos, les bautizaron como 'Los diablos rojos' a semejanza de los célebres futbolistas del Manchester United. Cuando hoy día ve esa fotografía nuestro protagonista e interlocutor, Valentín Valdés Suárez (83 años) exclama: "De ese plantel ya no quedamos casi ninguno".

En los inicios de esos años 50, el Real Valladolid vivía una pequeña época de gloria iniciada en 1947 con el ascenso de Tercera a Segunda división en un encuentro disputado en el campo neutral de Buenavista de Oviedo entre el Valladolid y el Racing de Santander. En ese partido, que concluyó 3-1 con tres goles de Vaquero, estuvo presente como espectador Valdés. Al año siguiente se ascendía de forma meteórica a Primera y poco después, quien lo iba a decir, Valdés recalaba en las filas blanquivioletas.

El asturiano Valentín Valdés (18-2-1929, La Felguera) había empezado a jugar con dieciocho años de forma seria primero en el Círculo Popular de la Felguera (ahora actual Langreo) y luego una campaña en el Caudal de Mieres. Con la experiencia de temporada y media en Tercera división y el deber de incorporarse a filas en León, fue el Valladolid el que requirió sus servicios anteponiéndose a Sporting y Oviedo que también llamaban a su puerta. Cuenta el entonces y hoy también tímido Valdés como en el viaje en tren hacia Valladolid no hizo más que preguntar a los directivos blanquivioletas Montequi, Zúñiga, Lorenzo, con Ramón Pradera la cabeza, "si de verdad yo valía para el Valladolid". No hay que olvidarse que el Pucela acababa de subir a Primera y las exigencias eran mayores.

Debutó un 5 de septiembre de 1951 frente a un Valencia plagado de internacionales. "Me asusté un poco", confiesa. Estuvo a punto de ir cedido a la Cultural Leonesa, pero a él no le convenció y, lo que son las cosas, regresó por su cuenta al Valladolid para entrenarse sin decirle ni palabra a nadie y jugar ya el domingo con la blanquivioleta.

A los pocos meses fue convocado por la Selección Nacional B al lado de compañeros como Losco, Lasala y un periodista vallisoletano escribía del terrible error que hubiera sido su cesión. Era ese periplo de los años 50 en los que mucha gente asegura fue uno de los mejores momentos del club vallisoletano. Si la ciudad contaba con cerca de 160.000 habitantes, 11.000 eran socios. Los directivos (no secretarios técnicos) firmaban prometedores jugadores jóvenes de la Tercera división que, tras da el salto y destacar, se convertían en traspasos con los que mantener la economía. Así sucedió con muchos, casi con todos.

Valdés era un extremo izquierdo nato, rápido, con bastante agudeza para poner el esférico en el segundo palo y así facilitar la labor de los rematadores. También para bajar a por el balón y conducirlo hasta finiquitar en un medido servicio a la cabeza de los delanteros como Murillo, Domingo, Lolo, Coque, Cerdán, Morro… Suyos fueron más de la mitad de los pases de ese Valladolid que reconocía más a los arietes goleadores que a los habilitadores. Porque goles marcó Valdés, la estadística extraoficial indica que cinco con el Valladolid aunque él asegura que, "sin duda fueron más". Como extremo izquierda, era el último en figurar en las alineaciones y, por ello, y tal vez también por su carácter sencillo y callado, algo ignorado.

El Zaragoza le echó las redes y aunque no quiso marcharse de la ciudad del Pisuerga, el club le abrió la puerta como a Domingo ya que era necesario recaudar e ingresar los casi 3 millones de pesetas de la oferta para paliar la deficitaria situación siempre imperante. En la capital maña estuvo dos años y tuvo propuestas para ir al San Fernando de Cádiz o al Atlético Baleares, pero el prefirió concluir su carrera de futbolista, establecerse en Valladolid y atender al reciente negocio de las fincas y las gallinas.

El rojo heroico de ese Valladolid en Chamartín aún le asoma a Valdés cuando semana a semana comparece para ver jugar al equipo que entrena su hijo Javier en la UDC Sur. Pero ya no quedan extremos como Valdés… ni victorias como aquella.

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