Real Valladolid
Agustín Cacho, con su inseparable cámara de fotos / EL NORTE

Una familia como testigo silencioso de la historia del club

La cámara colgada al cuello. Esa forma de sujetar la herramienta de trabajo como acariciándola. Una sonrisa. Una imagen. A Agustín Cacho Hernández (Valladolid, 1943) no le hace falta saber lo que es un 'selfie' porque él lo llama autorretrato y, desde que las cámaras tienen un dispositivo para ralentizar el disparo, lo viene haciendo mucho tiempo atrás aunque ahora sea moda con el uso sobre todo del teléfono inteligente.

Aunque el fútbol actual ha demostrado ser más relativista que nunca; que lo que hoy es válido y bueno, mañana puede no serlo; que caer del cielo a los infiernos y viceversa puede ser tan sencillo como subirse al ascensor de tu casa; que lo que antes era garantía de juego y de éxito ahora es sólo superfluo, y lo que antes se criticaba por ancestral y rudimentario, es actualmente un modelo a imitar. De todo esto y más, Agustín Cacho, y la familia Cacho, lo que han hecho es ser testigos silenciosos de su tiempo, de su ciudad, de los aconteceres diarios y también del fútbol vallisoletano y del Real Valladolid. Esas imágenes están ahí, incuestionables, invariables, no sujetas a los cambios de moda, aunque el tiempo sí que las ha ido puliendo y modelando a golpe de evolución técnica. El fútbol es cortoplacista, no así el legado que deja sus imágenes. Estas no pueden variarse. Es la historia que también queda. De eso saben mucho los Cacho.

Desde el abuelo Patricio

Una tradición que viene de lejos y de manera casi novelesca. Su abuelo, Patricio Cacho Gato (1884-1964), aunque nacido en Tiedra, con 17 años fue enviado por su padre a Cuba. De allí pasó a México donde trabajó en un comercio de telas antes de dedicarse a la fotografía. Allí se casó y allí nacieron sus hijos, entre ellos Agustín Cacho Azcárate. «Con la revolución de Pancho Villa, el abuelo vio que era buen momento de regresar a España. Pero cuando fue al puerto a embarcar le dejaron casi con lo puesto por lo que ya en Galicia no tenía ni para regresar a Valladolid», comenta Agustín quien encontró unas líneas escritas del puño de su abuelo en el que relataba toda esa peripecia. «Pidió un préstamo de 100 pesetas, de las cuales 75 fueron para comida y gastos ordinarios y las otras 25 las dedicó a la fotografía».

El abuelo Patricio fue el que abrió la puerta a trabajar en el periódico El Norte de Castilla. A partir de ahí, toda la saga, siguiendo por su hijo Agustín que se hacía ayudar en el día a día de sus dos vástagos, Patricio, y el protagonista de estas líneas, Agustín, quien ya con 13 años recuerda estar echando una mano a cualquier foto. También al fútbol. «Cuando iba al campo me ponía detrás de la portería, haciendo fotos a todo lo que se movía. Cada uno en un sitio, mi hermano, mi padre y yo, en tres puntos diferentes cubríamos el terreno de juego». En equipo. «Luego llegaba el momento de revelar todas las fotos. Mi padre decía: 'esta para Marca, esta para Abc, esta para Efe, esta buena para El Norte'», distribuyendo el trabajo entre los diferentes medios con los que colaboraba.

Una vez fallecido Agustín padre, se quedaron los dos hermanos. Patricio en El Norte y Agustín en la Agencia Efe. Recuerda Agustín cómo fue Miguel Delibes, director del periódico entonces, el que preguntó a Agustín hijo si quería trabajar para el periódico y él fue el que le indicó que se quedara con Patricio, ya que ya tenía la ocupación en la agencia.

Fotos al extremo derecho

En esa fotografía pretérita, con menos medios que la actual había trucos, como no: «Con el objetivo que teníamos, un 50 milímetros, yo siempre hacía foto al extremo derecho (el que estaba más cerca)», señala Cacho. Como en la mili, existían veteranos y noveles: « Había un orden, jerarquía entre los fotógrafos. Primero se ponía el más veterano, Carvajal, del periódico Libertad, luego detrás de él, el siguiente y el siguiente... El fútbol era a las tres de la tarde, porque si no no había luz. Y con lluvia, con los paraguas, siempre en peores condiciones; además, estábamos sentados en el suelo porque si te ponías de pie no dejabas ver al espectador de la primera fila», rememora Cacho de las vivencias en el Viejo Zorrilla.

Agustín Cacho no era un hincha al uso del fútbol, aunque le gustara. «No era forofo. Recuerdo a un amigo que hacía fotos y él sí que lo era. Cuando su equipo marcaba gol, se le olvidaba hacer la foto, levantaba la manos para celebrarlo y no sacaba nada».

Pero más de cincuenta años con la cámara en la mano dan para mucho. Un archivo de fotografías al ritmo de 15.000 negativos anuales desde 1955 hasta hace bien poco que Agustín se jubiló. Todas esas imágenes están guardadas y conservadas en el archivo del estudio de la calle Pasión al lado de no menos de 120 cámaras algunas propias y otras compradas como en un pequeño museo. Y la saga continúa con sus dos hijos, Marta y Rubén, también dedicados a la fotografía donde «no corren actualmente buenos tiempos», enfatiza Cacho.

«Los cinco latinos»

Agustín ha tenido mucha amistad con varios futbolistas. Estudió bachillerato con José Antonio Tejedor con el que jugaba en los recreos. También con los cinco futbolistas que trajo Saso de su viaje a la Américas. «Yo les llamaba los cinco latinos (como el grupo musical). Endériz, al que llamaban Cacho, como yo; Benítez, hasta que se fue a Barcelona; Solé, que se lesionó, Aramendi y Bagneras, que estuvo poco tiempo». Como periodo intenso, el año 82. «En el Mundial aquí hubo mucho movimiento entre los kuwaitíes y el asunto ya famoso del maletín. Me compraron una Nikon que luego resulta que tuve que devolver cuando acabó el campeonato»; o la Copa de la Liga, o la Copa del Rey disputada en el Nuevo José Zorrilla recién estrenado. Morollón, Rodilla, Ramírez, Sanchís, años en el que el Valladolid se medía con los grandes. Cardeñosa, Amarillo, Moré, Rusky, Landáburu, el último gol de Gail en el Viejo Estadio «no fue un gol bonito, pero la fotografía es histórica». Cantatore, los hermanos Hierro, o la operación de rodilla de Gilberto. «Fue en la Cruz Roja de Valladolid; me dejaron entrar y lo publicaron en El Norte». Recuerdos gráficos de toda una historia en blanco y violeta, pero en este caso en blanco y negro y también en color. Los Cacho son los testigos.