Real Valladolid

Goleando por 'rukavinas'

Como de ganar se trataba, es obvio que cualquier otra consideración al margen de esa victoria imprescindible no tiene mayor relevancia.

Las vehementes y publicitarias declaraciones del entrenador horas antes del partido habían dejado patente su enfado por lo de Vigo, al tiempo que anunciaban para público conocimiento la novedad de que la del Espanyol sí que era una final de las de verdad.

Con estas circunstancias rodeando al equipo, ya me dirán ustedes si de lo que se trata es de analizar el resultado o el partido.

Pero el de ayer no admite mayor comentario que el de su trascendencia, definitiva a todas luces, mientras que el partido da para un hablar mucho más amplio. En esa habladuría amable y contenta por el golito, la gente elogiaba en primer lugar a Jaime como artífice principal del rosco en el casillero españolista.

Jesús Cuadrado, vecino ayer de localidad, se percató de inmediato de que Óscar había decidido abandonar el extremo y se ubicaba en el corralito del diez para intentar jugar y que el equipo jugase, al tiempo que los catalanes apretaban a base de manejar el balón, el espacio y el control del juego. Como Rukavina aprovechó el rechace de un córner forzado por Manucho para meter un derechazo directo a la red, pues la cosa como que se calmó un poco. Mientras, la zozobra, aunque se mantenía, se hacía más llevadera con Jaime en plan estrella, salvando balones imposibles durante el último cuarto.

Ahí acabó el tiempo y el partido. La segunda mitad trajo, igualmente, mucho más juego del Espanyol y muchos más apuros del Pucela. Sin embargo, el empuje y el coraje que tanto echamos en falta fuera de casa ayer aparecieron, ¡faltaría más!, cuando más se les necesitaba. Rueda volvió al campo, tras los minutos de expiación de culpas, y apuntaló junto a Mitrovic el centro de la defensa para tranquilidad del equipo, ya que la tranquilidad por el juego ya no es cosa de esta temporada.

Goleando por Rukavinas, coreando por bufandeos y animando a muerte por respetables, el equipo deja ver la cabeza por encima del agua. El cuerpo sigue oculto, el entrenador chilla y el presidente otorga.