Real Valladolid

La mano no dada

El de ayer es uno de esos días difíciles de entender, mirándolo desde cualquier óptica. Si del resultado en sí mismo se trata, no es entendible que se pierda en casa del último de la tabla, y de la manera como ocurrió.

Si desde el punto de vista técnico hablamos, ¿cómo se puede entender que con ventaja hasta en tres ocasiones, con un 0-1 a los cuarenta y nueve segundos, se pueda revertir el resultado hasta llegar a perder el partido?

Resulta paradójico que equipos de ‘nuestra liga’, como absurdamente se ha dado en llamar a los enfrentamientos con rivales próximos, nos hayan goleado a razón de cuatro cada uno en sus respectivos domicilios, y ello se haya diluido pensando absurdamente en la bondad del partido frente al Barca o en el punto mágico frente al Madrid que nos servía en bandeja la salvación... si ganábamos después lo que tocaba.

En ese permanente devaneo a lo largo de toda la temporada, en el que nada era fijo de un domingo para otro, salvo el liderazgo en empates y en goleadas a domicilio, y en el que nunca supimos quiénes eran los fijos o cuando acabaría por recuperarse el lesionado de turno, lo más importante a lo que nos hemos dedicado ha sido a debatir resultados y clasificaciones temporales en lugar de analizar el juego y sus porqués. Y resulta que ahora todavía nos queda una última cábala, la del último partido, y no se si no nos tendríamos que preguntar el porqué de lo de ayer o recurriremos a la consabida falta de actitud de los profesionales.

Craso error si obviamos que ellos son los más interesados, desde todos los órdenes, en que esto salga adelante. Y al decir todos, incluyo al mismo que frente al Madrid obvió el saludo del míster en su salida del campo, y ayer ocupaba banquillo de cantera al comienzo del partido.

Desde los primeros compases de la liga llevamos suspirando por el juego del equipo, que es eso que hace que los futbolistas se muevan de manera armónica y con un ideario táctico en pos de un equilibrio que les permita jugar, al menios de igual a igual, con el adversario. Por eso lo de ayer es un poco más de lo mismo, pero más trascendente. ¿Por qué ayer se iba a jugar de otra manera, si el planteamiento era el mismo? ¿Por que iba a funcionar el medio campo con dos volantes si nunca lo ha hecho? No variamos las personas, sino las circunstancias. ¡Esa mano no dada!