Real Valladolid

Toro o torero

Recuerdo no hace tanto al técnico argentino César Luis Menotti que, al referirse al estilo de aquella España incapaz de ser reconocible en su estilo más allá del color de la camiseta de los jugadores y que vagaba como alma en pena camino de aquel purgatorio con forma de cuartos de final, siempre decía desconocer si la selección quería ser toro o torero. Si quería apostar por el juego pausado, técnico y de precisión cirujana o, si por el contrario, prefería apostar por la fuerza, el embiste y la superioridad física.

Aquel debate que en el combinado nacional quedó zanjado en el momento en el que Luis Aragonés apostó por los «locos bajitos» y un fútbol de parar, templar y mandar, de ser torero, se ha visto reabierto en el seno del Real Valladolid. Resulta enternecedor que, a pesar de las derrotas, el equipo mantenga esa concepción romántica que le conduce a empecinarse una y otra vez en volver a donde una vez perteneció como dicen los Beatles en su Get Back, y que le lleva a seguir intentando aquel estilo de juego que, en tiempos no tan lejanos, consistía en apostar por un fútbol elaborado y de lenta cocción en la trama y rápido y vertiginoso en el desenlace cuando, sin embargo, el equipo ha dado muestras de sentirse más cómodo y más seguro cuando junta líneas y, como si de una centuria romana se tratara, afronta el partido basando su juego en la unidad, la disciplina y la cohesión. Cerrado como un puño en defensa y desplegarse rápido, abierto como una mano, en ataque.

Ante esa patología como trastorno de la personalidad por el que el Real Valladolid se ve torero sin tener ahora mismo capacidad técnica para serlo se debe apostar buscar aquel remedio que le lleve a competir y a ganar partidos que, al fin y al cabo, es de eso de lo que trata el deporte profesional en general y el fútbol en particular.

Lo que me lleva a pensar, por cierto, que tampoco en el fútbol profesional se puede concebir el hecho de no salir a ganar en todos los campos en los que se planta el equipo aunque aquellos se llamen Santiago Bernabéu. En aquel estadio, como si fueran Las Ventas, uno se planta en la arena, quietos los pies y baja la muleta. Torea y sale a hombros. De lo contrario, para hablar de honra en la derrota, es mejor quedarse en casa.