Real Valladolid

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Un escorpión en el Viejo Zorrilla

El antológico gol de Di Stéfano a José Luis Saso en el Viejo Zorrilla.
El antológico gol de Di Stéfano a José Luis Saso en el Viejo Zorrilla. / El Norte
  • El tanto de tacón que marcó Di Stéfano a José Luis Saso en 1954 aún perdura en la memoria colectiva

Alfredo Stéfano Di Stéfano Laulhé (Barracas, Buenos Aires, 1926-Madrid, 2014) también sacó su aguijón ante un Real Valladolid al que asaeteó en múltiples ocasiones. Los enfrentamientos particulares entre el futbolista más completo que ha existido nunca y el equipo blanquivioleta quedan marcados por el fuego de la estadística: 13 goles anotados en 16 enfrentamientos de Liga acaecidos entre noviembre de 1953 y septiembre de 1963. José Luis Saso fue el destinatario de ocho de aquellas picaduras blancas (los otros cinco tantos que asestó la ‘Saeta Rubia’ al Real Valladolid los recibió el portero Juan María Benegas), pero el veneno de uno de los aguijonazos quedó inoculado para siempre en la historia de las acciones más bellas del fútbol. Un tanto antológico. El gol del escorpión.

José Luis Saso (Madrid, 1927-Valladolid, 2006) frenó las habilidades de Di Stéfano en más de un partido. Los duelos entre el astro merengue y el legendario cancerbero blanquivioleta deleitaron a los aficionados de la época, pero el tanto que logró endosarle el 28 de marzo de 1954 aún humea en la memoria colectiva.

«Es el calvario de mi vida. Todavía me persigue un gol de escorpión que me marcó en el Viejo Estadio José Zorrilla. Yo nunca había visto nada parecido», le dijo Saso al periodista Mario Miguel en el año 2002.

A juicio de Alfredo Relaño, director de ‘As’, Di Stéfano marcó aquella tarde en el Viejo Zorrilla, «uno de sus más extraordinarios goles». «Fue en un córner que sacó Atienza I, peinó Olsen y Di Stéfano remató de tacón, en postura difícil, un recurso genial e imaginativo para un balón difícil», consignó Relaño.

El Real Valladolid ganó aquel partido por 4-3, pero lo que más se recuerda es el gol acrobático, el fabuloso escorzo de un Di Stéfano que también trabajó a destajo. «Era de ver cómo iba y venía el argentino», escribió Ceese en El Norte de Castilla, «cómo se desmarcaba –tendencia a las bandas– y cómo inmediatamente de soltar la pelota, siempre exacta y medida, corría a situarse en el centro. Todo ello con entusiasmo de bisoño, como si de buscarse el puesto se tratara». Este periódico vio aquel día a Di Stéfano como un «buen ejemplo para las figuras de guardarropía y los divos en agraz» y consignó la punción que, sesenta años después aún perdura, de una Saeta Rubia «siempre en la brega, con el gatillo pronto y en cualquier postura, como lo demostró en el primer gol, maravilloso por lo inverosímil».