Real Valladolid

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La imparable progresión de Julio Iricibar

Julio Iricibar da órdenes a sus compañeros tras su debut frente al Racing, ante la mirada de Leão y Mojica.
Julio Iricibar da órdenes a sus compañeros tras su debut frente al Racing, ante la mirada de Leão y Mojica. / Gabriel Villamil
  • El vallisoletano, que aspiraba a ser jugador de campo, siguió los consejos de su padre y apostó por su formación como portero

A Julio Iricibar se le cayó la camiseta oficial en un pequeño charco mientras permanecía sentado en el banquillo, muy atento al debut de su compañero Javi Varas en el Real Valladolid-Racing del pasado domingo. El utillero Justo Camacho se acercó a él.

–¿Te traigo otra?

–No, no te preocupes, Justo. No creo que me haga falta.

Como el destino es imprevisible, al joven Julio Iricibar (Valladolid, 1993) le tocó embutirse la empapada prenda minutos más tarde –aunque se protegió de la humedad con una camiseta interior– para saltar al campo y debutar en la portería del primer equipo del Real Valladolid tras la expulsión de Javi Varas. De esta manera, culminó un sueño iniciado 13 años antes.

Julio Iricibar tenía siete años cuando leyó un anuncio en el periódico. El Real Valladolid convocaba pruebas para captar futbolistas y decidió probar suerte. El deporte que había practicado hasta la fecha se limitaba a los espacios reducidos del fútbol sala en su colegio, el Centro Cultural Vallisoletano. Julio, que esporádicamente se ponía los guantes, prefería desenvolverse como activo integrante de campo y no quemarse siempre las rodillas como portero sobre el parqué.

El pequeño Julio Iricibar Bayarri, de abuelos navarros y padres aragoneses desplazados a Valladolid, apostaba por su futuro lejos de los palos en el examen que iba a pasar en los Campos Anexos. Pero su padre le hizo cambiar de opinión.

–Vamos a ver, Julio, seamos claros. Tú como jugador no tienes futuro. Métete a portero.

Alentado por la recomendación de su progenitor, Julio Iricibar se presentó a las pruebas que organizó el Real Valladolid para optar a un puesto de guardameta en la cantera blanquivioleta. El chaval temblaba como un flan.

«Aquellas pruebas me salieron muy mal», recuerda Julio con una sonrisa y el brillo que aún le dura por la emoción del debut. «Estaba muy nervioso, pero luego me pusieron aparte, con un portero más específico. No sé, verían algo en mí que les llamó la atención. Así empezó todo».

Julio Iricibar inició su progresión por toda la cadena de equipos de las categorías inferiores. Paso a paso. Sin temor a quedar cortado, pero con la tranquilidad del que no ansía alcanzar a toda costa la cumbre del primer equipo. «Siempre he ido año a año, sin pensar si llegaría o no. La oportunidad ha surgido fruto de todos estos años que llevo trabajando fuerte».

Julio ha irrumpido en el primer equipo de su ciudad. Esto es algo normal en otras latitudes, pero en Valladolid parece constituir una anomalía. Por todo tipo de razones, los jugadores vallisoletanos aparecen con cuentagotas sobre el césped de Zorrilla. «Para mí es un orgullo haber debutado en mi estadio porque yo soy blanquivioleta, vallisoletano de toda la vida. Me he formado en las categorías inferiores y he debutado con el primer equipo».

Durante su periodo de formación, Julio no se dejó deslumbrar por ídolos fulgurantes, pero sí acudió a un espejo cercano: Sergio Asenjo. «Procuraba fijarme en los porteros del primer equipo y lo hice mucho en Asenjo cuando iba progresando. Entrenamos un par de veces juntos. Bueno, en realidad él me entrenó a mí...».

La grada de Zorrilla, que tanto aplaudió el debut de Asenjo el 2 de diciembre de 2007, también arropó a Julio casi siete años más tarde. «Fue increíble saltar al campo con toda la afición a favor, aplaudiendo, coreando mi nombre. Eso me dio un plus para hacerlo lo mejor posible», explica Iricibar.

Análisis de los penaltis

Julio debutó como lo hacen muchos porteros: saliendo a toda prisa del banquillo y con el fin de detener un penalti cometido por un compañero expulsado. «Siempre hay que estar preparado. Habíamos analizado antes del partido los lanzamientos de penalti del Racing. Vi que lo iba a lanzar Javi Soria y sabíamos por dónde solía hacerlo. Me tiré hacia ese lado, pero lo cambió en el último momento y no logré adivinarlo. Habría sido un debut soñado, pero luego tuve la suerte de los dos palos y que el equipo ganó».

Javi Varas, abatido por sus titubeos previos y el error garrafal que precedió al penalti, demostró mucha camaradería al abrazar a Julio y susurrarle un mensaje breve antes de enfilar el camino hacia el vestuario:

–Disfruta. Hazlo como sabes.

Al final del partido, Javi Varas le felicitó. Julio prefirió no hablar de lo que había acontecido antes de su entrada en el campo. «Yo no soy nadie para comentarle nada. ¿Qué le va a decir un canterano a un portero profesional como él, con tantos años en la élite?».

Los porteros siempre quedan más expuestos que nadie a los fallos. «Es lo que hemos elegido, pero siempre debemos estar tranquilos, pensar que todos fallan, hasta los mejores del mundo. Se trata de sobreponerse al error, que la siguiente acción te salga bien y que no te repercuta en el juego», dice Julio hablando sobre su experiencia personal.

El fútbol sala de su infancia queda ahora en el recuerdo, pero aún le sirve aquel juego de espacios reducidos y toques rápidos. «Antes de colocarme los guantes, no había jugado al fútbol 7 ni nada parecido. Cuando empecé en la portería, lo paraba todo con los pies. Desde entonces, me gusta jugar por abajo y ahora, el míster [Rubi] nos pide a los guardametas que saquemos el balón jugado...».

A camino entre el vestuario del primer equipo y el del Promesas, Julio Iricibar posa los pies en el suelo, se deja aconsejar siempre por Dani Hernández y Javi Varas («les digo que me corrijan todo lo que ellos consideren») y mantiene unas expectativas altas: «Mi equipo ahora es el filial, pero yo confío en estar más veces bajo palos en el José Zorrilla. ¡He soñado con esto desde que era un niño!».