Real Valladolid

LA LÍNEA DIVISORIA

¡Aquellos duelos de entonces!

Paco Lesmes, segundo por la izquierda, tras un encontronazo con el azulgrana César.
Paco Lesmes, segundo por la izquierda, tras un encontronazo con el azulgrana César. / EL NORTE
  • ¡'Vamoz cariñozo' que yo me tengo que ir a casa, que es donde ceno! ¡Que ya tenía que estar allí, con la hora que es! ¡No te digo!»

¡'Vamoz cariñozo' que yo me tengo que ir a casa, que es donde ceno! ¡Que ya tenía que estar allí, con la hora que es! ¡No te digo!»

La frase provenía del ‘hall’ de vestuarios del estadio y era el saludo que recibíamos los entrenadores de las inferiores cuando bajábamos –ya tarde–, para ducharnos tras el entrenamiento. Aquel hombre alto, de bigote y pelo ya blancos, gesto determinado y voz de mando importante te apretaba las tuercas por la tardanza en terminar. Sin embargo, yo empleaba un resorte mágico que lo aplacaba, tras incendiarlo primero un poco más, y que siempre me dio resultado. Tanto, que, gracias a ello, hoy les cuento esta historia.

«¡Ya, eso me lo dices a mí, pero, sin embargo, con César, sí, sí, ‘el pelucas’, no te atrevías! Ese te tenía comida la moral»

Era mano de santo, ¡oiga!. Entonces, aquel hombre de facciones duras fruncía el entrecejo –antaño negro como el carbón y duro como la roca– que tantos balones de correa, y sin ella, había golpeado, y comenzaba a desplegar el abanico de una generosa sonrisa. Y ahí, volvía a entrar yo con aquello de: «¡Porque no me vas a decir ahora que podías con él!»

Entonces detenía un poquito su sonrisa y pinchando en su YouTube imaginario, en ese que todos llevamos listo para la ocasión, desplegaba de inmediato la acción. «Mira, ‘el pelucas’ que tu dices, era un fenómeno, pero a mí por arriba no me ganaba ninguno porque iba de frente sin perder de vista el balón y procuraba anticiparme. Yo era rápido en el marcaje porque jugué bastantes veces de lateral derecho. Y es más, en el partido con la selección frente a Turquía, Iribarren me puso ahí».

Una vez metidos en harina, yo le insistía: «Pero el que te tenía comida la moral era Araujo, el del Sevilla». Y como si de un par de banderillas se tratara, saltaba de inmediato: «Mira, el año que llegué a Valladolid (1949) nos enfrentamos cuatro veces al Sevilla de Arza, Araujo, Antúnez y Guillamón, ¡casi nada! y les ganamos dos veces, les empatamos una y perdimos el partido de vuelta de la Copa, después de haberles ganado aquí ¡6-0! en la ida. Fue el año de la final frente al Athletic de Bilbao en Chamartín, que no debimos perder. Y eso que Zarra, era el que mejor cabeceaba de todos».

Ni una mala palabra –un respeto reverencial por contra–, hacia el adversario y la humildad personal por bandera hacían que su figura se agigantase ante mi, como si de un mito se tratase. Y al llegar a Alfredo Di Stéfano, solo un comentario: «Era el mejor».

Un día terminó por confesarme que los que realmente le dieron guerra de verdad fueron: Arieta I, el del Athletic, «que era bajito, pero fortísimo y difícil de marcar por su movilidad» y el citado Araujo «porque era más fuerte que técnico y se pegaba por todas». Y cuando salían a colación Alfredo y Laszi, el tono cambiaba. «Mira, me decía, a Di Stéfano había que marcarle por zonas porque te sacaba de tu sitio. Y aun así te sorprendía». Con Kubala, otro genio para nuestro personaje, el secreto era anticiparse todo lo más que se pudiese. «¡Si se da la vuelta el húngaro con el balón controlado y te venía de frente, estabas muerto!».

Cogida la confianza, yo procuraba terminar lo mas puntual posible el entrenamiento del juvenil para poderme quedar charlando un rato allí en la garita del hall, mientras llegaba la hora del cierre. Y en una de esas, la pregunta surgió : «Oye cariñozo –procurando imitarle el acento ceutí que siempre conservó–, ¿cual fue el partido que más te dolió perder?». Aquel día tampoco dudó: «La final y el día de los internacionales».

Le dejé respirar y fue claro: «Le tuvimos al Atlethic dominado antes del gol de Gerardo, el del empate, y todavía tuvimos otra ocasión antes del final, pero...». De la prórroga, como la historia dice que fallamos nosotros, no le quise preguntar. Y del gol del Athletic en el partido, en claro fuera de juego, tampoco.

De lo de los internacionales, la cosa va del partido en el cual, tras haber sido seleccionados Aldecoa, Ortega, Lasala, Babot, Coque y los dos hermanos Lesmes en enero de 1951, el Atlético de Madrid nos golea en Liga de manera despiadada por 7-0 el día 21 de ese mismo mes en el viejo Metropolitano. «Uno para cada internacional», sentenció la ocurrente y maliciosa prensa madrileña de entonces. Fue tal la decepción, que tras aquello tan solo Coque y Babot acudieron al partido frente a Suiza y ninguno de ellos jugó. «Ben Bareck aquel día jugó fenomenal, y nosotros no la vimos», fue su escueto comentario.

El que todo esto me contaba era Francisco Lesmes Bobed (Lesmes I), un ceutí (6-3-1924) que marcó una época en el fútbol de nuestra ciudad, siendo el jugador mas representativo y carismático de la historia del Real Valladolid. Lo descubrió Helenio Herrera en un partido de Copa del Generalísimo frente al Granada, y entre las temporadas 1949-50 y 1960-61 jugó 348 encuentros, por lo que le otorgaron el premio Monchín Triana a la fidelidad deportiva a un club. Paco Lesmes: un mito, un ídolo y un ejemplo. ¡Gracias por todo, cariñozo!