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El regreso del ‘Máquina’

Hernán Pérez celebra el gol que marcó al Sporting el pasado sábado en el estadio José Zorrilla.
Hernán Pérez celebra el gol que marcó al Sporting el pasado sábado en el estadio José Zorrilla. / Gabriel Villamil
  • Hernán Pérez ya hace honor en Zorrilla al apodo que recibió en el Villarreal

A Hernán Pérez lo apodaron de dos maneras. En el Tacuary paraguayo fue bautizado como ‘Chico’, sobrenombre con el que aún le conocen sus compatriotas y con el que se identifica en su cuenta de Twitter (@chicoperez11). En cambio, en el vestuario del Villarreal, club adonde llegó en el año 2009, el ‘Chico’ Pérez dejó paso al ‘Máquina’ Hernán. El segundo mote también agradó al talentoso futbolista, hasta tal punto que lo convirtió en indeleble.Su cuerpo tatuado así lo atestigua. «Me tatué una especie de brazo mecánico en el brazo izquierdo para simbolizar lo de ‘Máquina’. Me pusieron el apodo mis compañeros del Villarreal por ser muy fuerte y disputar todos los balones», explica el jugador.

Hernán Pérez fue la guinda invernal del director deportivo Braulio Vázquez para apuntalar una plantilla de muchos quilates en el Real Valladolid. El ‘Máquina’ aterrizó en Zorrilla después de permanecer nueve meses parado debido a una rotura del ligamento cruzado anterior de la rodilla derecha. Durante las últimas semanas, el paraguayo andaba con todas las ganas del mundo de competir, pero convenía esperar para que eclosionara en el momento justo. Salió como suplente en los choques ante Alcorcón y Tenerife, y explotó como titular ante el Sporting, partido en el que resultó clave con el gol inicial y una gran asistencia.

Su primer tanto como blanquivioleta es una oda a la belleza donde se combinan el talento, el instinto, la velocidad de reacción y el trabajo de los entrenamientos semanales. Hernán lo explica así: «Fue una jugada bastante rápida, un balón que parecía que acabaría en nada. Leão me puso un pase perfecto. Es una acción que entrenamos todas las semanas. Yo me desmarqué hacia adentro y esperé para no caer en fuera de juego. Como recibí de espaldas, pensé en hacer una chilena, pero eché la vista atrás y vi al portero muy metido. Tuve que cambiar sobre la marcha. Entonces, me giré lo más rápidamente posible y el arquero se me acercó. Tenía que tocar la pelota al costado. Se me levantó un poco, fue al larguero y se metió dentro».

El tanto, una joya de orfebre, levantó al público blanquivioleta de sus asientos. Los espectadores abrieron los ojos, se abrazaron, agitaron las bufandas y ansiaron el momento de verlo repetido en las imágenes de televisión. Afortunadamente, el canal de la Liga en YouTube sale pronto al rescate y permite degustar sin límite el telegrama impecable de André Leão, el desmarque de tiralíneas de Hernán, al que siguen el control orientado con el hombro y el punterazo sutil con la bota derecha del genio paraguayo.

Su exhibición frente al Sporting no había hecho más que comenzar. El segundo gol, obra de Óscar González, nació de las botas de Hernán Pérez, con una mezcla de pausa, guion aprendido y habilidades personales. «Había visto en los vídeos que el lateral izquierdo del Sporting siempre se comía la pelota cuando el rival amagaba. Así que, cuando estuve en el área, aguanté para que llegara un segundo adversario y generar una duda: si iba a irme por dentro o por fuera. Amagué que haría esto último, él se la jugó por fuera y esperé a que Óscar hiciera el movimiento para darle el balón y que marcara».

Este gol demostró que el concienzudo trabajo semanal del técnico Joan Francesc Ferrer ‘Rubi’ ofrece recompensas tangibles. Analizar a los rivales no es un ejercicio de diletantes ociosos, sino un método efectivo para aprovecharse de las flaquezas ajenas. «Conocía al Sporting, lo intenso que juega siempre. Los vídeos me ayudaron mucho durante la preparación semanal del partido», corrobora Hernán Pérez.

La rodilla derecha del futbolista va respondiendo sin problemas. Él nota que cada día «gana un poco más». «Cuesta mucho volver después de una lesión como esta», desliza. «La clave es entrenarse cada semana, estar bien físicamente, hacer mucho trabajo en el gimnasio. Todo esto me ayuda a estar fino, fuerte y rápido».

Hernán Asensio Pérez González nació en la localidad paraguaya de Fernando de la Mora el 25 de febrero de 1989. Los primeros años de su vida transcurrieron en Canindeyú, a 300 kilómetros de Asunción, entre cultivos de mandioca, caña de azúcar y banano. Cuando Hernán cumplió cuatro años, la familia se trasladó a la capital guaraní. «Yo era uno de esos niños que dormía con el balón», evoca. «Iba a la escuela y no llevaba libros, sino la pelota en la mochila. Me escapaba de las clases para jugar al fútbol».

Hernán Pérez ansiaba alcanzar el máximo nivel. En su mente infantil no cabía otro futuro. «Siempre pensé que llegaría a ser un jugador de élite. Lo tenía muy claro. Quería alcanzar la meta con todas mis fuerzas. Dios te da las cualidades, pero luego tú tienes que ir puliendo el camino».

La religión le ha permitido sortear los malos momentos. Reconoce que no es «de los que van mucho a la iglesia», pero se define como «muy creyente». «Doy gracias a Dios por la familia que tengo, por el trabajo, por la ayuda de cada día para salir adelante y recuperarme de una dolencia larga y dura».

Su familia también le ha servido como soporte en los tiempos oscuros de la lesión. El gol que marcó ante el Sporting se lo dedicó a Carol, su esposa. «Me ha ayudado mucho. Había días que parecía que no avanzaba y su apoyo resultó fundamental. Así pude salir adelante. Cada día ganas un poco. Hay momentos en los que te sientes bien y otros en los que sientes que no avanzas, como si te quedaras quieto en un sitio y no fueras a más. En esos instantes hay que tener la cabeza fría y saber que estás mejorando, aunque no lo notes».

El gen balompédico se extiende por la familia Pérez González: «Soy el tercero de seis hermanos. Empecé a jugar con mi hermano mayor, Pablo, al que también le gusta mucho el fútbol. Él no fue perseverante y no llegó a la élite, pero contaba con las condiciones. Tengo otro hermano, Emmanuel, que juega muy bien y al que espero que se le vayan abriendo puertas. También se desempeña por la banda y es rápido. Todos los paraguayos somos fuertes».

Cuando firmó por el Real Valladolid, Hernán Pérez intercambió mensajes con su compatriota Justo Villar, portero blanquivioleta entre 2008 y 2011. «Le gastaba bromas. Le decía que ahora me tocaba a mí solucionar lo que él había dejado aquí, la cuenta pendiente del descenso a Segunda. Trataré de dar lo mejor de mí para ayudar a que el equipo juegue en Primera la próxima campaña».

Hernán Pérez disfruta de dos pasiones además del fútbol: los coches y los relojes. «En Paraguay guardo un Chevrolet del 71, muy bien cuidado, al que trato como a un hijo. Me encanta hacer kilómetros con él cuando voy a mi país. Los relojes que más llevo son un Hublot y un Rolex. También tengo unos Diesel enormes. Me gustan las esferas grandes».

Si el brazo izquierdo de Hernán lo copa un tatuaje mecánico, en la extremidad derecha aparece el nombre de su esposa, Carol, y el de su hija, Abigaíl, así como las fechas de la boda y del nacimiento de la pequeña, que ahora tiene tres años. «Además, llevo un ángel que representa a la hermana de mi mujer, fallecida recientemente». Todos esos tatuajes se extendieron majestuosamente el sábado en Zorrilla. Porque ‘Chico’ Pérez, ‘Máquina’ Hernán, resplandece de nuevo sobre los campos de fútbol.