Real Valladolid

Los tres ascensos de Scopelli (III)

Lázaro, Losco, Giraldo, Daniel, Fierro I y Goyo. Agachados: Paco, Fierro II, Reyes, De la Riva y Falín
Lázaro, Losco, Giraldo, Daniel, Fierro I y Goyo. Agachados: Paco, Fierro II, Reyes, De la Riva y Falín
  • Capítulo final de la serie que el autor ha dedicado a uno de los hombres claves en el fútbol aficionado de Valladolid

Con el Pandoro Laguna recién ascendido, Ángel Muñoz no alcanza un acuerdo con Checchin Bortolatto para continuar el proyecto deportivo y abandona el club. De nuevo, vuelta a empezar y una vez más el Real Valladolid que lo reclama para sus juveniles. Solo que en este caso, y probablemente atraído por el éxito del proyecto lagunero, desde tierras segovianas lo quieren para el mismo intento.

Lo cierto es que el doctor Fernández, ‘don Santiago’ para todos los que tuvimos la fortuna de conocerlo, odontólogo afincado en Valladolid pero de raíces segovianas y presidente a la sazón del CD Cuéllar, tiende sus redes en torno a nuestro personaje. No importa simultanear tareas y doblar esfuerzos, la oferta es, una vez más, tentadora y, como tal, irrechazable. El reto de trabajar como director técnico, en pos de un nuevo ascenso, y compatibilizarlo con el de entrenador del Juvenil del Real Valladolid era una pirueta arriesgada. Y la cosa no pudo salir mejor. El juvenil vallisoletano se proclama una vez más de su mano campeón y en la fase nacional acaba cayendo eliminado por el Castilla, filial madridista, tras una brillante trayectoria. ¿Y el Cuéllar?

La plantilla que pone la directiva segoviana a disposición del flamante secretario técnico –en funciones de entrenador– está compuesta por jugadores de la propia localidad y de pueblos limítrofes. Ya le han advertido a Muñoz que debe ser él quien gestione el aumento de ese plantel con gente de su beneplácito. «Siempre que estemos en presupuesto, traiga usted lo que crea necesario». Y con esa necesidad, nacen ‘los oriundos’.

Los Lázaro, Jonás, Daniel, Paco, Goyo, Guillermo, Giraldo, Pepe, Chela, Moré, Nandi o Falín, etcétera, se quedan escasos en número para el empeño, y Muñoz echa mano de jugadores que ha tenido a sus órdenes en el Juvenil vallisoletano en campañas pasadas, así como de estudiantes que participan en el campeonato universitario. De esa forma, fueron recalando en el equipo José Luis de la Riva, Alfonso Losco, Javier y José Andrés Fierro y los futuros galenos Regino Álvarez, Eukene Artieda y el que esto firma, que llegó unos pocos meses después.

Total, que como allí llegábamos a ocupar sitio que antes tenía dueño, y éramos en cierto modo extraños al ambiente futbolístico cuellarano, pues hasta que aquello cristalizó fuimos ‘los oriundos’. Polémicos y exigidos, por la parroquia y el propio Muñoz, que debía demostrar el acierto, y que más de una bronca del respetable se llevó cuando se fallaba, pero al final aceptados, queridos e integrados de forma total. ¡Empezaba a crearse vestuario!

Entre aquellos chavales había uno, Rafael López ‘Falín’, proveniente de Peñafiel, que era comodín con Muñoz. Con vocación de centrocampista, Muñoz lo utilizaba en funciones de falso extremo, pero integrado al juego creativo del centro del campo. Menudo y fibroso, generoso en el esfuerzo y tímido con los compañeros, aunque muy amigo de Lázaro el portero.

Ese chaval, hoy tristemente fallecido, nos dejó el mejor legado futbolístico posible. Su hijo Rafael López Gómez, primero ‘Rafita’ en los juveniles pucelanos y posteriormente ‘Rafa’ en el primer equipo y en el Getafe, hoy es el central del equipo alemán del Paderborn en la Bundesliga. Ayer, cuando le mandé a través de WhatsApp esta foto que hoy ustedes contemplan, se llenó de emoción.

–¿Conoces al extremo izquierdo de la foto?

–Gracias, míster, por mandármela. Sí, es mi padre.

–¡Chaval, cómo pasa el tiempo! O sea, que jugué con tu padre, aunque él jugaba bastante más que yo, y ahora presumo de haberte entrenado en el Juvenil.

–Ya lo ve, míster, es ley de vida. Dígame cuando sale porque a mi madre la va a hacer ilusión leerlo.

–Este viernes, porque el sábado juega el Pucela y lo publican la víspera. Un abrazo fuerte! ¡Ah! Y cuídate, que ahí ya sabes cómo se las gastan.

–Otro para usted y ¡enhorabuena!

–Gracias, chaval. Hablamos.

A pesar de los muchos miles de kilómetros que separaban los dos móviles, creo y no me equivoco, es más, estoy seguro de que nos estábamos adivinando la cara.

Con todos ellos, ‘oriundos’ pucelanos y lugareños cuellaranos, aquello empezó a tomar cuerpo. Afirma Jorge Valdano en su libro ‘Los 11 poderes del líder’ que «un equipo es un estado de ánimo»; yo, desde el respeto más absoluto y sin el más mínimo ánimo de enmendarle la plana, afirmaría que «un equipo es el resultado del estado de ánimo del propio vestuario», entendiendo que ese pequeño habitáculo es el lugar donde se gestiona la estrategia de las emociones. Y estas son las que se trasladan al terreno de juego. Y cuando estas no existen, porque el vestuario no ha sido capaz de generarlas, pues no hay ni equipo ni juego.