Real Valladolid

la línea divisoria

Teodorín, presidente del Promesas

En la zona de Puente Colgante, entre las calles Portugal e Italia transcurre la práctica totalidad de la vida de nuestro personaje. Precisamente en la calle Italia se ubicó durante muchos años la panadería Domínguez. En ella, un chaval nacido en el propio barrio y vecino de la calle Portugal, hijo del dueño y aficionado al fútbol desde su más tierna infancia, alterna las tareas de la tahona con las futbolísticas como portero. Su falta de estatura la suple con unos buenos reflejos, una aplicación plena en los entrenamientos y una afición a prueba de cualquier contratiempo.

Estamos en el Valladolid de finales de la posguerra y entre el Atlético Zorrilla, Cristo Rey, Nicas, San Nicolás y Vitoria cumple su periplo futbolístico y colma sus expectativas como cancerbero. Ya por entonces, y siempre que sus quehaceres en el negocio familiar se lo permiten, se hace asiduo al Estadio Zorrilla. Su proximidad con el viejo coso y su afición por los colores pucelanos le generan un atracción singular. Se está empezando a gestar, sin él saberlo, su largo futuro blanquivioleta.

En 1949 llegan los hermanos Lesmes, Paco y Rafa, a Valladolid, y coincidiendo con ellos, los Saso, Ortega, Lasala, Coque, Babot, Aldecoa, Vaquero, Juanco y Revuelta arman un equipo que marca época, y que no solo no pasa desapercibido para nuestro protagonista, sino que pocos años más tarde le hará cambiar la vida. Ahora, con 17 años, su única ilusión es que el Pucela le gane al Atlético de Bilbao la final de la Copa del Generalísimo en Chamartín. Sin embargo, aquella tarde del 28 de mayo de 1950 Zarra y la mala fortuna en el tiempo reglamentario le privaron de ver cumplido su deseo. Se había perdido la final, pero el Real Valladolid había ganado un socio hasta la muerte.

Aquellos míticos futbolistas a los que Antonio Barrios dirigía con maestría habían dado con la tecla exacta para encandilar a toda la parroquia pucelana, y desde entonces nuestro personaje ya no se desvinculará jamás del club morado.

Con Paco Lesmes recién casado y vecino suyo, nuestro personaje conoce a África, la cuñada de Paco, y ahí comienza a desarrollarse una amistad que desemboca en boda. El fútbol, su pasión, le deparaba el conocimiento de su gran amor. Sus tres pasiones, la familia, la panadería y el fútbol, ya tenían cabida en su vida y se desarrollaban en ese corto espacio próximo al paseo de Zorrilla.

A Teodorín, como se le conoce desde siempre en el barrio y en los ambientes del fútbol modesto vallisoletano, le sigue tirando el balompié una barbaridad, y no duda en aceptar la oferta de Fernando Alonso, presidente del San Carlos a la sazón, para integrarse como directivo en el club. Allí, junto al inolvidable Francisco Gutiérrez Sánchez ‘Paquillo’, que ejercía labores de gerente, desarrolla una importante labor; tanta que el propio Fernando incorpora a ambos al club al alcanzar la presidencia.

Es la temporada 1973/1974 la que recibe a nuestro personaje como miembro de la Junta Directiva del Real Valladolid, con la misión de presidir el equipo filial. En esa situación, y tras haber conocido como entrenadores a Fernando Redondo y a Amadeo Núñez Romero ‘Tito’, otros imprescindibles de la entidad, se encuentra con un servidor allá por la temporada 1980/1981, cuando ingreso en el club de la mano de Gonzalo Alonso y Ramón Martínez para entrenar al Real Valladolid Promesas, que militaba en el grupo VIII de la Tercera División.

Esa temporada comienza de forma arrolladora para el equipo. Se cumplen once jornadas consecutivas con diez victorias y un empate. El 16 de noviembre de 1980, partido en el viejo Zorrilla frente a la SD Ponferradina con el liderato en juego. La ausencia de Pablo Gila, que cumple sanción, la cubre perfectamente Moisés. Allí están los Díez; Eutiquio, Moisés, Manrique, Martin-Sáez; Blanquito, Duque, Moraleja; Juan Manuel, Julio y Aragón. José Cabo jugó los últimos diez minutos sustituyendo a un exhausto Juanjo Aragón, que había traído en jaque a toda la defensa berciana y resultó vital para mantener la pelota y el resultado.

Éramos líderes y el viejo Zorrilla, lleno y aplaudiendo a rabiar al equipo, lo celebraba por todo lo alto. Los chicos saludaron desde el centro del campo, y al entrar en el vestuario junto a Francisco Gutiérrez ‘Paquillo’, delegado de campo, y Chema de Diego, delegado del equipo, el presidente me dio un abrazo y dirigiéndose a los chicos les espetó un parco pero emocionado: «¡Enhorabuena, señores!».

Teodoro Domínguez Vallejo (Valladolid, 28-05-1933) siempre ha sido un corazón enorme metido en un cuerpo pequeño. Su entrega al club y su generosidad –cuántos bocadillos preparados por su familia y él mismo los días de partido para que no les faltasen a los chicos en la vuelta a casa tras los partidos– han sido proverbiales y jamás le he escuchado quejarse ni resaltar mérito alguno.

Que los colores blanquivioletas los lleva pegados a la piel es tan cierto como que el socio número 10 del club persiguió, tras no convencerle, a Juan Carlos Martínez ‘Flanaghan’, el utilero de aquel Promesas, intentando que se despojara de un chándal verde de paseo que portaba. Ocurrió en La Bañeza, tras la parada del equipo que se desplazaba para jugar en El Bierzo.

Teodoro, observando que Juan Carlos no llevaba el chándal del club, se enfadó muchísimo y le conminó a que se lo quitara. El pobre Flanaghan, que nunca le había visto tan enfadado, se acercó corriendo hasta Chema, el delegado, que compartía mesa conmigo: «¡Míster, Chema: hablen con el presi, que dice que me quema el chándal como no me lo quite!». Tras tranquilizarle y hacerle ver que no llevaba otra ropa de trabajo, le hicimos entrar en razones. Desde entonces, Juan Carlos no llevó jamás puesto un chándal que no portase el escudo blanquivioleta.

Con la marcha de Manuel Esteban, sucesor de Gonzalo Alonso, Teodorín deja el club como directivo. Sus recuerdos como dirigente y aficionado se ciñen al viejo estadio del paseo de Zorrilla. Allí admiró a Barrios y a Helenio Herrera, como entrenadores, y a la generación de Saso y los Lesmes, como los ídolos de su juventud. «Como Ortega, ninguno en el centro del campo, aunque reconozco que Carlos Ramírez era el más parecido». «Aunque de los de fuera, como Alfredo Di Stéfano, nadie».

Los Alonso, Fernando y Gonzalo, los mejores presidentes, aunque para todos tiene un reconocimiento: «Por lo difícil que es serlo en nuestra ciudad». Mención especial para Vicente Cantatore («el mejor entrenador que yo tuve como directivo»), y una lagrimita cuando hablamos de Paquillo («mi mejor delegado y amigo»). Y para cerrar la conversación que sostuvimos, un ruego: «Doctor, pon que en el Valladolid tiene que haber media plantilla de la casa, que, aunque no hagan caso, es la única solución que tiene el club». ¡Puesto!