Real Valladolid

la línea divisoria

El guardián entre el gramaje

En aquellos años, en el viejo Estadio José Zorrilla convivía a diario otro equipo, amén del futbolístico del Real Valladolid, que desarrollaba allí su desempeño profesional. En unos espacios reducidos y acondicionados lo justo para salir del paso, trabajaban los que todo aquello mantenían.

Era los tiempos de los señores Perrote y Ayala en la parcela clínica; de Sarasúa, en vestuarios; de las dos Petras, en la lavandería; de Álvaro, el carpintero, y Felipe, el electricista, así como de un grupo de esforzados que a golpe de rastrillo, le daban al viejo recinto del Paseo de Zorrilla la vitola de un estadio conocido y respetado en el mundo del fútbol por su césped impecable, al tiempo que le dotaban de unas prestaciones que ahora mismo serían impensables – jugaban Promesas y a veces juveniles, amén del primer equipo–, y que permitían convertir la necesidad en virtud.

Un grupo que comandaba Pablo Duque –el entrañable y fundamental señor Pablo–, un auténtico experto en el mundo de las semillas, la tierra vegetal, la arena lavada y las proporciones de mezcla necesarias para que aquello tirara para arriba. Había trabajado en Madrid, y la jardinería deportiva y la futbolística en concreto, no tenían para él secretos. Su estancia ‘oficial’ en el club duró 29 años, desde 1948 a 1977; sin embargo, en el año 1982 y bajo su supervisión se montó el nuevo césped del Zorrilla y años después, como veremos mas adelante, continuaba aún prestando su asesoramiento, a pie de campo, al club de su vida.

Junto a él, los Zaragoza, Gerardo, Fernando y Alejandro ‘el Titi’, una auténtica ‘cuadrilla del arte’ en estas lides; y a modo de brazo ejecutor de toda la faena, los viejos rastrillos de hierro con mango de madera, un rodillo de tracción manual que se llenaba de agua, según el peso que se precisase para compactar el césped blando, algún cortacésped pequeño, de los de chalet, y un par de recogedores de dos ruedas, también manuales. Eran épocas de siembra a voleo, riego con manguera y aspersores de pie a los que había que colocar de forma manual en cada puesta de riego. Con esos aditamentos se sustentó –¡y de que manera!–, el cuidado del césped, desde su inauguración hasta su clausura, en el viejo y querido estadio.

Félix Pérez y Ascensión Alfageme habían formado familia allá por los felices 20 en el Barrio de las Delicias. Allí, en la actual calle Padre Manjón. en una casa molinera con huerto incluido, situada cerca de la iglesia del Carmen, habían nacido sus seis hijos. O sea, que Alejandro Pérez Alfageme ‘El Titi’ (20-05-1929), nuestro personaje, desde pequeño conoció a través de su familia lo que era el cultivo de la tierra y su dedicación a ella; una dedicación que terminó por asumir hasta sus últimas consecuencias.

Entra de chaval a trabajar en la Finca de los Hermanos Lobo, pero su afición al mundo del fútbol le lleva a simultanear las tareas de mantenimiento en el campo de tierra de la Federación, justo lo que hoy ocupa El Corte Inglés, los fines de semana. Eso y la propina que conllevaba. Al terminar su cometido, y debido a su amistad con la gente que cuida el Estadio Zorrilla, les ayuda los días de partido. Como aquello le tira más que lo puramente agrícola, termina por aceptar la propuesta del club y entra a formar parte del mismo. En el nuevo empleo las vacaciones eran para los futbolistas, y los lunes día de curro importante para «quitar la huella» reciente tras el esfuerzo del domingo.

En la lavandería del estadio, y al poco de llegar Alejandro al club, comienza a trabajar Petra Rojo. Allí se conocen, y esa amistad que se convierte en noviazgo, termina en 1960 por fraguar en matrimonio. Y tres años más tarde nace Javier, empleado actual del club como su padre y encargado del mantenimiento del césped, asimismo. El Real Valladolid, sin saberlo, había oficiado de colaborador necesario a tal efecto y aún a día de hoy continúa manteniendo la relación.

El Titi, asentado en el oficio, y a las órdenes del señor Pablo, comienza a ser un peón valiosísimo en aquellos menesteres. El trabajo es duro porque se realiza prácticamente de forma manual en su totalidad. Por ello, y en ocasiones puntuales, se contrataba algún extra a 12,50 pesetas el medio campo y 25 pesetas el campo entero para tirar del rodillo hasta que se acabara el tajo. Y para corregir las faltas o en la reparación de verano, los tepes cuadrados de hierba de 1 metro de lado, se sacaban a mano con la azada; nada que ver con todo lo mecanizado de hoy en día.

Victoriano Pérez Rodríguez ‘Fito’, coautor de este relato, es un profundo conocedor del personaje en cuestión. Como directivo en la Junta de Gonzalo Alonso, y encargado de esta parcela precisamente, convive con él durante toda su etapa como dirigente. Y es precisamente en esa época, que ambos compartimos en mi etapa de entrenador de Promesas y Juveniles, cuando se encuentra en pleno apogeo nuestro personaje.

Sabido es que por entonces, al igual que casi siempre, la economía del club era justita, aunque con una salvedad importante: se pagaba todo aquello que se debía. Y los requerimientos del mantenimiento del campo precisaban gasto continuo. En las épocas de resiembra y con el fin de aligerar el mismo, se utilizaba arena de playa sobrante procedente de obras próximas. Allí, y tras previo acuerdo con el capataz, a cambio de alguna entrada para el siguiente encuentro, se cargaba en sacos y se llevaba al campo.

La tierra vegetal, fundamental para la mezcla, la tenían más cerca. En la explanada colindante al campo de la Federación; ¡sí!, allí donde realizaban sus prácticas los coches de las autoescuelas, se había ido creando una especie de badén a base de regar para humedecer y luego sacar la tierra. Y allí, con cribas de mano, se iba seleccionando la tierra hasta que el señor Pablo decía «¡basta!». Era la proporción necesaria para la siembra. Vuelta a meter la tierra en sacos, y con los carretillos o en algún coche particular acercarla hasta el campo.

Los cortes de césped, sin embargo, generaban siempre algún lujo. El Titi, que se conocía todas las vaquerías y fincas colindantes, avisaba en cada ocasión a uno: «Mañana bájate a las cinco que para esa hora ya hemos terminado de cortar». El contacto, recogía el césped recién cortado, lo regaba allí mismo un poco para que no se secase demasiado y se lo subía de inmediato para echárselo de comer a los animales. Total, que por el porte se generaba un importe. Con las trescientas pesetas, el equipo habitual se despachaba una merienda en el Monterrey, los callos nunca faltaban, y a esperar al próximo. Y Fito me aseguraba que con aquello disfrutaban todos una barbaridad, al igual que con la cita obligada del vino o el corto en ‘el Calambres’, al salir del tajo.

Sin embargo, la merienda que nunca pagó Francisco García Gómez ‘Paquito’, entrenador del primer equipo al empezar los 80, fue la que perdió con los cuidadores del césped. En una charla mañanera, tras finalizar el entrenamiento se hablaba de las dimensiones del rectángulo de juego en el nuevo estadio que se estaba ya construyendo, y que debería de mantener las mismas dimensiones que el de abajo. Entonces, el señor Pablo hizo un comentario dirigiéndose a Paquito: «¿Sabe usted que éste campo es más grande que el nuevo?». Paquito no se lo creyó y hubo que tirar de cinta métrica. Fito que fue testigo directo aún hoy se sonríe al recordarlo.

La medición no dejó lugar a dudas; la línea de banda de la tribuna principal medía unos centímetros menos que la de la torre del marcador o tribuna B. Paquito, que no se lo creía, se empeñó en medir el ancho de cada fondo. Vuelta a tirar de cinta y el resultado, de nuevo, resultó concluyente: la línea de fondo correspondiente a la portería del Puente Colgante era también algo más corta que la opuesta, la del marcador simultaneo. «¿Lo ve usted? El campo está revirado y por eso es mas grande». Paquito no salía de su asombro…¡pero nunca se llegó a merendar!

Aquel viernes, 17 de junio de 1983, amaneció despejado y se tornó caluroso con el paso de las horas. Por la tarde, el sol ya hacía mella y los cuidadores del campo estaban terminando la faena. Departían en la esquina de la bocana de entrada al estadio nuevo, por el lado del túnel de aparcamiento, y se preparaban junto con Álvaro, el carpintero, y el señor Pablo para cerrar la jornada. Alejandro ‘el Titi’” se levantó y con un «voy a cambiar la manguera del último aspersor» se alejó del grupo bordeando la portería del Fondo Norte. Unos metros antes de llegar a la mitad de la Tribuna B comenzó a manejar el aspersor para cambiarle de sitió y, sin más y de manera súbita, cayó al suelo. Fito, que se acababa de incorporar al grupo para despedirse –la nueva Junta Directiva entraba en funciones de manera inmediata–, dio la voz de alarma: «¡Oye, que ese no se levanta!», para acto seguido salir corriendo en su auxilio. Inconsciente lo levantaron para trasladarlo en el coche del propio Fito hasta la Residencia; allí les certificaron, tras reconocerlo y sin opción a más terapia, que había fallecido.

Alejandro Pérez Alfageme, el Titi, se había quedado dormido para siempre en el campo que él mismo había ayudado a nacer hacía poco más de un año. Desde entonces, algunos pensamos que, ahora que Jesús Navarro lo cuida con mimo y mano dura, separando el césped del trébol y la grama, quien realmente lo guarda es el espíritu de aquellos viejos rockeros de rastrillo de hierro y mango de madera, con el señor Pablo y El Titi a la cabeza. Yo, al menos, así lo creo.