Real Valladolid

la línea divisoria

Del Silbato al Brazalete (y II)

Ramón Martínez y Santiago Llorente le habían hecho partícipe a Gonzalo Alonso, el presidente del Real Valladolid, de la necesidad de buscar a una persona que, con una serie de cualidades necesarias, representase al club y al equipo en todas sus actuaciones futbolísticas. Tenían muy claro que las relaciones con el estamento arbitral cada jornada, ya fuese de local o visitante, necesitaban de alguien que conociese ese mundo como la palma de su mano.

Debería de ser, asimismo, alguien con una personalidad definida por su estilo y forma de desenvolverse en los ámbitos en los que un equipo de fútbol de primer nivel lo hace. «Presidente, hay que traer al club a Camilo Segoviano, el presidente del Colegio de Árbitros». La petición era clara: querían que fuese Camilo Segoviano quien a partir de ese momento ostentase la imagen corporativa del Real Valladolid en desplazamientos y partidos.

Así pues durante la temporada 1986-1987 hace su debut en el primer equipo como delegado y coincidiendo con la llegada de Vicente Cantatore al club. El de Camilo y Cantatore fue el matrimonio deportivo perfecto, y ello le dejó una huella imperecedera. La forma de tratar y proceder que el entrenador chileno utilizaba con la gente que le rodeaba cautivaron a nuestro personaje.

«Tú, que has tenido tantos jugadores a tu cargo, sabes lo difícil, si no imposible, que es tener contentos a los futbolistas cuando no juegan. Bueno, pues Cantatore lo conseguía». Y creo, porque viví muy de cerca esa etapa, que a Camilo le asiste toda la razón. Con Cantatore vivió todos los momentos felices del equipo y también dos especialmente comprometidos y dolorosos por su desenlace.

Aquel jueves 18 de septiembre de 1997, y tras el tercer partido de liga en el cual se había sucumbido en Zorrilla frente a la UD Salamanca por 1-2, se produjo un hecho histórico en el fútbol español que lamentablemente salpicó, y de qué manera, al Real Valladolid.

El equipo se encontraba concentrado en el hotel El Montico, lugar habitual en aquellos momentos y en espera de su partido frente al Skonto de Riga, y José María García en su programa nocturno de Antena 3 ‘Supergarcía en la hora cero’, en todo su apogeo por entonces, había reunido a Marcos Fernández Fermoselle, hijo del presidente, y a Vicente Cantatore que, lógicamente, hablaba en directo desde el propio lugar de concentración. El motivo eran, por un lado las disensiones existentes en la parcela técnica del club y, por otro, los malos resultados obtenidos en las tres primeras jornadas, que no hacían sino agravar el asunto anterior y colocaban a Don Vicente en el punto de mira.

Al entrenador ya no le gustaba el cariz que estaban tomando los acontecimientos y se empezaba a sentir muy incómodo con la pugna existente entre el empresario José Rubolotta y la secretaría técnica regida por Ramón Martínez, precisamente el hombre que trajo a España a Cantatore.

Julio Ares, el periodista de Antena 3 que presentaba el programa desde Valladolid, lo recuerda perfectamente: «La situación estaba enquistada y ninguna de las partes estaba cómoda. Cantatore, visto el contencioso entre el club y Rubolotta, se quería marchar pero no quería dimitir, mientras que el club pretendía que se marchase sin cesarle. El asunto era claro: si le cesaban, pagaba el club; mientras que si dimitía, no».

El dialogo a tres bandas se fue acalorando y adquiriendo tintes de reto, hasta que llegado un momento y tras una pausa de varios minutos de silencio, que algunos interpretan como de posible llamada de consulta, Marcos Fernández hijo le espetó a Cantatore: «¡Te voy a dar el gusto de decirte que estás cesado desde este momento!».

Aquello resultó violentísimo e impactante, pues todo el cuerpo técnico estaba presente en la conversación y lógicamente los futbolistas lo escuchaban en sus habitaciones por la radio. Camilo Segoviano, próximo al entrenador, fue testigo directo de cómo este recogía sus enseres y abandonaba de inmediato la concentración, pasada la una de la madrugada ante la mirada incrédula de todos los allí presentes, al tiempo que reconoce que fue uno de los momentos mas tristes por él vividos.

El viernes 9 de enero de 1998, fallecía en su domicilio de Pozuelo Marcos Fernández Fernández el presidente que había convertido al club en sociedad anónima deportiva y el hombre que planeaba, y lo hubiese conseguido, hacer del Real Valladolid un club grande al estilo de otros, Villareal por ejemplo, que con una gestión eficiente y realista lo han conseguido. Con toda la plantilla uniformada en el cementerio de Pozuelo, y ante una enorme cantidad de gente, la manifestación de duelo fue impresionante. Allí Camilo recuerda cómo «Vicente acudió, a pesar de la oposición de la familia, a despedirse de su amigo Marcos». Dos de sus grandes valedores se separaban definitivamente.

Amén de Cantatore, Azcargorta, Santos, Pérez García, Skoblar, Redondo, Moré, Maturana, Boronat, Saso, Mesones, Espárrago, Benítez y durante nueve partidos un servidor, han sido los entrenadores a los que acompañaba a firmar a la caseta arbitral en cada partido, y por ende, con los que viajó. Cantatore y Maturana le marcaron en especial.

Y un recuerdo particular para Rafael Benítez, quien institucionalizó una disciplina y unos protocolos de actuación de los futbolistas en los diversos lugares. Un día le dijo, al ver que los futbolistas se levantaban del comedor cuando querían: «Mire usted. Camilo, a partir de ahora se levanta el capitán, cuando todos hayan terminado de comer, y viene a solicitar permiso a nuestra mesa para salir del comedor» . Efectivamente el madrileño era hombre de método, y haberlo mantenido, parece haberle sido muy rentable.

Llegada la temporada 1997/1998, Ángel Fernández Fermoselle, presidente a la sazón del club, decide poner fin a la etapa de Camilo Segoviano como delegado. Con él, se marchaba la figura de un hombre impecable en sus formas y en su estilo que había paseado la imagen del Real Valladolid durante trece temporadas consecutivas, y que en su sempiterno bolso negro se llevaba los mejores recuerdos de la última etapa del Real Valladoilid.

El nieto de Don Patricio, el antiguo veterinario de La Pedraja, entraba en esa etapa en la que uno se sienta a descansar mientras pone en marcha la máquina de los recuerdos. Este nuestro vale de ejemplo.