Real Valladolid

la línea divisoria

Portero, masajista y, a ratos, percusionista (I)

Aramayo, segundo por la izquierda, de portero, con el Barrio Atenas, en un torneo.
Aramayo, segundo por la izquierda, de portero, con el Barrio Atenas, en un torneo. / El Norte

La villa de Ondarroa es un municipio vizcaíno situado en la comarca de Lea-Artibai donde el mar y la montaña se miran cara a cara, y donde el río Artibai sigue su curso dibujando una especie de herradura. Tiene un curioso frontón al aire libre y cruzando cualquiera de los puentes, el viejo o el nuevo, se llega a las playas de Arigorri y Saturrarán.

En ese entorno marinero, y por ende pescador, nació y empezó a crecer nuestro personaje; hasta que un buen día de febrero de 1948, Antonio y María, los cabezas de la familia, deciden poner rumbo hacia Argentina, mas en concreto a La Plata, junto a sus retoños José Antonio e Iñaki y llevando de contrabando a su tercer vástago, Beatriz, que aún no había nacido. La idea era juntarse de nuevo con la otra parte de la familia, que quince años atrás, igualmente, habían emigrado.

Ya tenemos a la familia aposentada en tierras gauchas, y a Antonio trabajando en el restaurante del Centro Vasco en La Plata. Y a José Antonio, el hijo mayor y nuestro personaje, al que el fútbol y la gimnasia le atraen sobremanera, empezando a practicarlos en el colegio. Su tremenda agilidad llama la atención, y por tanto su destino futbolístico es obvio: la portería. Una agilidad unida a una singular habilidad, especialmente en manos, que terminará por marcarle su rumbo vital.

«Pibe, vos al arco», es la consigna de sus compañeros que intuyen sus posibilidades como guardameta. Al tiempo, la gimnasia, y los saltos en especial, le llevan al equipo de esta disciplina y a proclamarse campeón argentino dos años consecutivos y subcampeón un tercero. José Antonio Aramayo Lazcano (Ondarroa. 18-05-1943), nuestro protagonista, ha alcanzado a sus 18 años su primer campeonato nacional.

En La Plata, futbolísticamente, o se es de Estudiantes o de Gimnasia, los dos equipos de la ciudad. Portillo, ojeador estudiantil le propone hacer una prueba y tras superarla, lo ficha. Con 15 años, pues, ya está en la quinta de ‘los pincharratas’, es decir Estudiantes. Sin embargo, el ‘Beto’ Infante le propone, un año después, marcharse. «Si te dan la libertad en Estudiantes, juegas conmigo en la cuarta de Gimnasia». Estudiantes, enterado, le deniega el pase. Creada la ofensa, nuestro personaje opta por marcharse a la liga amateur platense, enrolándose en el Deportivo de La Plata, como solución a su situación.

Cachito Endériz, el inolvidable jugador blanquivioleta y gran amigo y vecino desde mi época universitaria, le puso el apodo. Desde entonces y para siempre se quedó con aquello de ‘El Pibe Aramayo’. Así pues, desde ahora y hasta el final, el Pibe.

Tras una temporada en el Deportivo La Plata pasa al Atenas en la misma liga amateur ya con 18 años y allí permanece dos temporadas. Su trabajo en la fábrica de hilaturas de nylon le desvincula del equipo y solo juega ocasionalmente con amigos y en fútbol sala durante los cinco años siguientes, mientras simultanea trabajos ocasionales como el de socorrista en Estudiantes.

«Vasco, ¿porque no nos vamos a España?». «Gallego, porque no tengo un mango». José Luis Calvo Abadín, un gallego de Verín, compañero en las tareas socorristas es quien hace la pregunta, y el Pibe el que responde. «Oye vasco, ¿sabes que el ejército español te paga el pasaje de ida y vuelta para que hagas ‘la colimba’ allá?» . «¡Bueno, pues nos vamos!». Los interlocutores son los mismos y la decisión estaba tomada.

Una semana después se despedían de la familia en el muelle de Buenos Aires. ‘La colimba’, como se denominaba en Argentina al servicio militar obligatorio, le cambiaría para siempre el rumbo a nuestro personaje. En el bolsillo traían una carta de recomendación para Alfonso Aparicio, Fernando Torcal y Fernando de la Hoz, un argentino afincado en Madrid que junto a los dos anteriores regentaba una empresa de representación de futbolistas y organización de eventos y torneos internacionales como el Carranza, etcétera.

A la oficina de la madrileña calle de Jacometrezo, 4, se dirigen ambos al encuentro de los empresarios. Estamos en la Semana Santa de 1967, y su primer destino es realizar una puesta en escena con el Plus Ultra, lo que actualmente sería el Castilla, a fin de que conozcan sus condiciones y evalúen como se desenvuelven bajo los palos. Dos días después ya estaba probando con el Elche de Otto Pedro Bumbel, donde ‘el conde’ Pazos ejercía magisterio en la portería. No ‘pasa’ la prueba, luego explicaremos los porqués de tantas negativas, y vuelve a Madrid. En la capital, y dado el ascendiente de Aparicio en el Atlético, entrena con el primer equipo durante cuatro meses y allí se topa con Madynabeitia, Rodri y ‘el pechuga’ San Román, personaje capital en el futuro del Pibe.

De ahí, y en periodo de prueba una vez más, recala en el Betis de Quino y Rogelio, con quien entabla amistad. Una semana dura la prueba y vuelta a Madrid, y mientras viaja comienza a asaltarle una duda, ¿por qué me tengo que volver si el míster y los compañeros dicen que estoy fenomenal?

Quince días después ya está de nuevo rumbo a Sevilla, pero esta vez con destino final en Huelva. «Allí me recibe el propio presidente Martín Berrocal, con un cochazo que quitaba el hipo». Era el verano de 1967 y tenía que fichar ya porque el plazo para la inscripción de oriundos se iba agotando. Omis, su compañero en la portería y titular de aquel Recreativo, le asegura que el fichaje esta hecho. Sin embargo, una vez más, el fichaje se frustra en el último momento y sin mayores explicaciones vuelve a Madrid.

El mes de julio se acaba y la decepción y el ansia por resolver una situación que no entiende muy bien hacen acto de aparición. El Pibe, hombre decidido donde los haya, ve el cielo abierto cuando aparece el Real Oviedo y le firma un contrato en Madrid sin haberle, tan siquiera, probado. En el equipo carbayón, Mesa y Boudón eran los porteros y Juanito Ochoa el entrenador, y como si de un calco de lo ocurrido en el Betis se tratase, a la semana de estar entrenando con el beneplácito de Ochoa –«le veo a usted ágil y rápido; me gusta como esta trabajando»–, una llamada del secretario del club y un «lo siento, me han dicho que le liquide la deuda y que se marche». De vuelta a Madrid habla con Torcal y Aparicio y estos le dan, una vez más, evasivas en lugar de respuestas.

En ese verano el Vancouver canadiense que jugaba en la Soccer League americana, al que dirigía Ferenc Puskas, le llama para que entrene con ellos en el Parque Sindical madrileño. Allí coincide con los exblanquivioletas Enrique Vicedo y Raul Omar. Carmelo Cedrún, el mítico portero del Athletic y padre de Andoni Cedrún, igualmente portero de Athletic y Zaragoza, le ayuda a arreglar un pasaporte provisional de ocho meses de duración que le permita viajar a USA. Y cuando ya todo parece arreglado, una vez más todo se va al traste.

El Cleveland, que al igual que el Vancouver está en pretemporada, le llama desde en Alicante y le propone probar con ellos. Allí se encuentra con ilustres como Enrique Mateos, Mendonça II y ‘el Hacha Brava’ Navarro, internacional argentino de Independiente, así como con Yanko Daucik. Le piden el pasaporte para arreglarle la ficha, y cuando todo parece arreglado por enésima vez le rechazan.

El Pibe, que no acepta un «no a secas», consigue enterarse de la verdadera causa de tanta y tan reiterada negativa. Fernando Torcal y su empresa se guardaban siempre un as en la manga. Pero eso lo contamos otro día.