Real Valladolid

La Línea divisoria

Portero, masajista y, a ratos, percusionista (II)

El as que permanente escondía en la manga Fernando Torcal no era otro que el de descolgarse sistemáticamente solicitando una cantidad desorbitada, de la cual obtenía la pertinente comisión, al equipo que pretendía sus servicios; algo que convertía en imposible su incorporación, al mismo al tiempo que arruinaba ilusiones y expectativas. Cierra, por tanto, su relación con ellos y de vuelta a la capital de España coincide con Arcángel. «Te vienes conmigo a probar a Orense».

Estamos en marzo de 1968 y tiene pendiente su entrada en el CIR de Araca, en Vitoria, para cumplir con los deberes patrios de entonces. ‘La colimba’ le reclamaba. Sin embargo en el Ourense, y por causa de tener que incorporarse a las tareas militares, lo rechazan. El Celta de Vigo quiere ficharlo tras haberlo visto ya entrenar en Orense y a través de los informes de Arcángel, pero no accede a cederlo al Alavés cuando se incorpore a la mili. Para entonces, deportivamente, ya era hombre libre.

Como era de obligado cumplimiento, llega a Vitoria y se incorpora a su destino militar. En ese momento, el Alavés que ya conoce toda la peripecia deportiva, lo incorpora durante una semana a prueba, para acto seguido tramitarle la ficha definitiva. Puskas, con quien ya había entrenado, recomienda su fichaje y con él trabaja dos años seguidos en Vitoria. Desde la Semana Santa de 1967, cuando decide volver a España, hasta marzo de 1968, cuando ficha por el Alavés, ha transcurrido un año prácticamente entero de víacrucis deportivo. Cuando se lo comento, una sonrisa cómplice acompaña a un lacónico «mereció la pena, ¿no?».

Terminado su compromiso en Vitoria, ficha por el CD Mirandés y allí en Anduva se hace ídolo al tiempo que cimenta uno de sus mejores recuerdos como jugador. Estamos en la temporada 1970-1971 y en las Navidades de 1970 se habla en la prensa de un posible paso al Real Madrid. En el equipo blanco tanto Borja como Junquera se encuentran lesionados y García Remón juega cedido en el Real Oviedo. Las cábalas apuntan a un ingreso inmediato en el equipo blanco, si no se consigue solventar la situación. Como la situación se arregla en el equipo blanco, el Pibe se queda en Miranda.

La temporada la culmina de manera excelente y el Real Valladolid recaba sus servicios. En Anduva, los blanquivioletas habían sucumbido y en Zorrilla se tomaron cumplida revancha. Al final de la temporada, el Real Valladolid ascendía a 2ª División y José Antonio Aramayo viajaba a Pucela para incorporarse a su disciplina. En nuestra ciudad cumple dos temporadas con Héctor Martín y José María Martín como entrenadores y acompaña a Manolo Llacer y Benjamín en la portería.

Su siguiente paso lo da en el Almería con Ben Barek, el antiguo jugador del Málaga, en el banquillo: «Teníamos un gran equipo, un técnico excelente y un campo infernal; y tuvimos la mala suerte de perder la promoción de ascenso a Primera frente al Córdoba». «Sin duda alguna, junto al tiempo permanecido en Miranda, el de Almería constituye mi mejor recuerdo como portero».

Una llamada de José Antonio Olmedo, secretario técnico a la sazón del Rayo Vallecano, y un acuerdo rápido le llevan a Vallecas. Allí se topará con Héctor Núñez y Alfredo Di Stéfano y cumplirá con ellos como entrenadores las dos últimas temporadas de su carrera deportiva como jugador. Así pues, al acabar la temporada de 1975-1976, el Pibe ponía punto y final a su carrera como jugador de fútbol, aunque guardaba en sus manos el secreto del arte del masaje. Primero fue la magnesia para los ejercicios gimnásticos, luego los guantes utilizados para defender la portería, y ahora se pasaba al linimento, los ungüentos y las pomadas para poner a punto los músculos de muchos de los que habían sido compañeros o rivales en el terreno de juego.

«La idea de dar masaje la venía madurando ya en los últimos tiempos del Rayo, y como tal me matriculé en los cursos para la obtención del titulo de masajista». Sabedor de ello el doctor Enrique Ibáñez, médico del Atlético de Madrid, le propone incorporarse a la disciplina rojiblanca en sustitución de Carlos Rodrigo; mientras tanto, el Pibe hacía sus pinitos prácticos como tal en el Hotel Princesa Plaza en Argüelles.

Una llamada telefónica y una pregunta: «Aramayo, soy el Pechuga, ¿te quieres venir al Coruña de masajista?» La respuesta es inmediata: «¿Dónde hay que firmar?». En el Hotel Eurobuilding, con Antonio López como presidente, Fernández Trigo como Gerente y Miguel San Román ‘el Pechuga’ oficializan el acto. Iba a prueba al Deportivo y si la pasaba, se quedaba en el equipo. Mientras, en ese corto espacio de tiempo, una llamada de Fernando Alonso, el presidente del Real Valladolid, a instancias de Ramón Martínez que se lo ha recomendado, y una respuesta en firma de promesa: «si no me quedo en el Deportivo, me voy a Pucela sin pensarlo».

Como la prueba la pasó con nota, a los pocos días Juan Arza el míster coruñés le llama a su vestuario

–Aramayo, suba usted a la secretaría que le van a hablar.

–¿Me van a echar, míster?

–No creo.

Y se quedó dos años, que a su decir fueron magníficos, en los que convivió con Luis Suárez y Enrique Mateos en las tareas técnicas.

Para entonces, Ramón Martínez que ya oficializaba como gerente y secretario técnico del club y le venía siguiendo la pista, le vuelve a llamar. «José Antonio, ¿te gustaría ser el masajista de un equipo de Primera?». Debió de convencerle pronto porque el Pibe se presentó en las oficinas y les comunicó la oferta pucelana. «Si ustedes me la igualan, yo me quedo; pero es que es mucho más importante que la suya, y no puedo renunciar a esa posibilidad». No gustó mucho su petición, y menos aún su decisión de abandonar La Coruña.

Como las cosas se pusieron feas y no le querían liquidar lo que le adeudaban, Berta, la gerente por entonces del club gallego tras la marcha de Fernández Trigo al Real Madrid, le llama a la secretaría del club

–Aramayo, ¿tú confías en mí?

–¡Sí, cómo no, Berta!

–¿Tú me firmarías en blanco un finiquito, sin haberlo cobrado aún, y yo te lo voy enviando según pueda?

–¡Eso lo hago ahora mismo!

Estando en Ondarroa de vacaciones, quince días después, llegó el importe integro de la deuda al banco. La palabra entre la gente del fútbol, a veces, tiene estas cosas.

Así pues, desde el 25 de julio de 1979 y hasta su jubilación en 2011, el Pibe Aramayo ha permanecido en el Real Valladolid, ¡32 años!, ejerciendo como masajista del primer equipo. En ese tiempo, y desde Gonzalo Alonso –«el mejor presidente que tuvo el club»– hasta Carlos Suárez ha conocido muchos dirigentes. Y un apunte: «Fue una desgracia personal y familiar, y desde luego una auténtica pena para el club, la desaparición de Marcos Fernández, porque ya era para entonces, cuatro años después de haber entrado en esto, un hombre importante del fútbol». «Andrés Martín me llevó con él al balonmano y se lo agradeceré siempre, y Gonzalo Gonzalo se portó como un caballero». «A los demás, agradecimiento porque el respeto fue mutuo».

Y aunque debutó con ascenso a Primera División en la temporada 1979-1980, lo recuerda como algo diferente a lo de hoy en día. Todo había empezado con una segunda vuelta arrolladora en la cual el equipo dio la talla. La victoria en Cádiz, a falta de seis jornadas, fue capital. Empate a cero y el partido prácticamente acabado. Aramayo lo relata como si fuese ahora mismo: «Falta lateral a mas de 30 metros y Eusebio Ríos que se incorpora en el banquillo y grita: ¡Moré péguela fuerte y lejos, que esto está terminado! Y Pepe, que le oye pero no le mira, mete la bota en el balón y este en la escuadra gaditana. ¡No la pudo mandar mas lejos!».

Tres jornadas después, y tras ganar al Racing de Santander por 1-0 en Zorrilla con gol de Pepe Ramirez, estábamos en Primera División. La ilustración fotográfica del libro del Real Valladolid escrito por José Miguel Ortega presenta a Gonzalo Alonso con cinco de sus directivos brindando, vaso de plástico y champán de ocasión, con un rictus mas propio de quien recibe un aprobado en septiembre, que el de haber ascendido a la máxima categoría.