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Suárez: «No cierro la puerta a que llegue un inversor importante al club, pero conmigo al frente»

Carlos Suárez, el pasado viernes 28 de agosto en el césped del estadio José Zorrilla
Carlos Suárez, el pasado viernes 28 de agosto en el césped del estadio José Zorrilla / Gabriel Villamil
  • El mandatario se convierte desde hoy en el presidente que más tiempo ha permanecido al frente de la entidad blanquivioleta

Carlos Suárez Sureda (León, 1968) es, desde hoy, en el presidente con más recorrido en la historia del Real Valladolid. El actual mandatario cumple este domingo 5.100 días en el cargo y supera la marca de José Cantalapiedra, quien estuvo al frente de la presidencia 5.099 días (desde el 19 de abril de 1930 hasta su fallecimiento el 4 de abril de 1944). Suárez fue designado oficialmente presidente blanquivioleta el 12 de septiembre de 2001, cuatro meses después de llegar a Zorrilla como vicepresidente ejecutivo a propuesta de los propietarios de entonces. Desde el 4 de julio de 2011 es, además, el máximo accionista del club. Suárez repasa en esta entrevista con El Norte su trayectoria personal y profesional.

–¿Cómo era el Carlos Suárez que llegó al Real Valladolid con 33 años?

–Joven, inexperto, impulsivo. Entonces tenía algo que he ido perdiendo. Creía que en el fútbol bastaba la gestión para hacer bien las cosas. No valoraba que este mundo es diferente y que el balón tiene que entrar. Lo veía como una empresa normal, pero la realidad es otra.

–¿Cuándo se dio cuenta de que había factores incontrolables?

–Siempre hay que hacer un buen trabajo para minimizar los riesgos todo lo posible. Quizá me di cuenta con el primer descenso [año 2004]. Teníamos muy buen equipo, nos relajamos en exceso y lo acabamos pagando. Cuando las cosas se tuercen un poquito, cambia el ambiente en el vestuario y en la grada. Todo eso hace que las piernas pesen muchísimo más.

–¿Quién le habló por primera vez de la posibilidad de hacerse cargo del Real Valladolid?

–El 11 de mayo de 2001, me llamó José Herrero, mi jefe en la empresa donde yo trabajaba entonces. Él era accionista de este club y me pidió por favor que me hiciera cargo. Me dijo que me estaban esperando en Valladolid. Fue él quien me metió en este embarque. Los empleados llevaban meses sin cobrar. Llegué para hacer una auditoría y echar un cable a los accionistas. Antes, yo tenía la idea de tomarme un periodo sabático porque habíamos hecho la venta de una empresa y había sido una época muy dura.

–¿A qué se dedicaba antes de llegar a Zorrilla?

–Era el director general financiero de Ibadesa, una empresa dedicada al comercio exterior.

–¿Con qué mandato aterrizó aquí?

–Hacer una auditoría para ver si el club resultaba viable. Ver cómo estaba la situación, cómo se podía arreglar el corto plazo y qué perspectivas de futuro tenía. Mirar todo lo que se había hecho hasta ese momento.

–Usted pensó que sería temporal...

–Sí, puse de plazo el 2 de agosto [de 2001]. Ese día tenía una fiesta familiar importante en La Coruña. Era el límite que fijé. Yo les entregaba mi informe y tendrían que encontrar otra persona.

–¿Qué pasó cuando llegó la fecha y entregó el informe?

–A partir de ese momento, había que terminar de confeccionar la plantilla. La temporada empezaba a finales del mes de agosto. Los accionistas me dijeron que, como era verano, les resultaba más difícil encontrar otra persona y que aguantara hasta septiembre. Cerramos el ejercicio y el siguiente paso fue formular las cuentas y presentar todos los documentos.

–¿Qué se encontró en el Real Valladolid?

–Una situación complicada. Ya nos sucedió el año pasado cuando iniciamos el concurso y estuvimos cuatro meses sin cobrar hasta que se desbloqueó todo. Cuando llegué al estadio, había caras expectantes que parecían decir ‘esta es nuestra casa y nuestro sentimiento’. También había ganas de que llegase alguien para enderezar la situación. Me encontré escepticismo y mucho pesimismo.

–Pero todo se apaciguó y siguió al frente del club. ¿Cuándo se dio cuenta de que esta iba a ser su vida profesional?

–Lo vi bastante más tarde. Fue en el momento del descenso [2004] cuando dije ‘no es el momento de rajarse e irse’. Nunca me planteaba que esta fuese mi vida profesional, menos con esa edad y sin gustarme el fútbol. Los plazos se dilataban, no encontraban a ninguna persona, pero los accionistas me decían que pensaban vender el club. Pasaban los meses y siempre sucedía algo que hacía que continuara. La situación se alargó tres años más de lo planeado y, a partir de ahí, llegó el descenso y dejé de plantearme salir, salvo que me echasen, hasta que consiguiéramos de nuevo el ascenso, que llegó tres años más tarde. La situación se había acomodado. Los accionistas seguían planteándose una venta, pero ya no buscaban a otra persona para sustituirme.

–¿Qué planes laborales tenía cuando pensaba que se iría?

–Yo ya había acordado volver a la banca. Era lo que me gustaba hacer. Ahí me encontraba a gusto en un ámbito familiar en el que me sentía protegido y respaldado. No pensaba que iba a continuar tantísimos años en el mundo del fútbol.

–Al final le gustará esto... ¿O no?

–Bueno, no sé yo si me gusta. Pero esta es mi casa, mi proyecto y el cien por cien de mi vida. Más allá de que se hayan hecho las cosas bien o mal, creo que me he sacrificado mucho por este club. Llegó un momento en el que lo consideraba algo mío. Mucha gente fue aportando cosas. En muchos de los momentos malos, esas personas me animaron para continuar con el proyecto.

Carlos Suárez, tras su llegada al Real Valladolid el 11 de mayo de 2001.

Carlos Suárez, tras su llegada al Real Valladolid el 11 de mayo de 2001. / Henar Sastre

–¿Qué recuerdos le marcan hasta ahora?

–Este es un asunto en el que los descensos se te clavan como dagas y los ascensos parece que dan una nueva oportunidad para decir ‘esta vez sí, vamos a estar un montón de años seguidos en Primera’. Llegamos en un momento en el que no había tantas diferencias económicas, pero ahora todo es dinero. Hubo unos años bestiales de inflación, en los que no podíamos competir porque arrastrábamos una deuda muy importante. Y, más que la deuda, una estructuración de la deuda imposible de modificar, salvo que se avalara y no había disposición para eso. El primer descenso trajo unas pérdidas brutales. Todo lo que habíamos remado durante los tres primeros años se volatilizó. Volvimos a tener la misma deuda y la situación se complicó. La única manera de revertirla pasaba por gastar mucho menos de lo que se ingresaba en Primera, con el consiguiente riesgo deportivo... que es lo que nos llevó de nuevo a Segunda División.

–Al menos, tras el primer descenso se activaron las cautelas.

–Sí, en el segundo descenso el daño fue menor, aunque también es verdad que logramos subir en dos años y no en tres. Las pérdidas se redujeron a la mitad. Entonces no existía esa costumbre, que ahora ya fijan todos los clubes, para que los salarios se reduzcan un 50% y no había ayuda al descenso. En el segundo sí recibimos una pequeña ayuda, de algo más de dos millones, pero todavía los contratos no bajaban el 50%, el 60% o, incluso algo más, como sucede ahora. Este último descenso ha sido más llevadero porque la reestructuración de la deuda es correcta, la ayuda ha aportado más que entonces y las bajadas de los contratos resultan muy importantes. En el primer descenso, los ingresos descendieron en un 75% y era imposible reducir los gastos más allá de un 20% o 25%, con cantidades fijadas en contratos que no hemos vuelto a firmar nunca. Al menos, tuvimos la ayuda de las ventas. Tras la última caída a Segunda, creemos que la viabilidad del club está asegurada.

–¿Aparte de los descensos, qué otros momentos duros ha vivido?

–El concurso.

–¿Por qué?

–Porque personalmente lo consideraba un fracaso. No había podido mantener al equipo en Primera División, algo que garantizaba que las cosas mejorasen. Profesionalmente, recurrir a un concurso de acreedores fue muy duro. Pero, de haberlo sabido, lo habría hecho antes porque ha dado orden y estabilidad al club. Deportivamente, pueden influir muchas cosas, pero la gestión está siendo correcta y el Real Valladolid vivirá muchos años.

–Al final, el concurso aparece como la última opción para salvar empresas, aunque sea a costa de los acreedores, claro.

–Es una herramienta que figura en la ley y que muchas personas con experiencia me recomendaban desde hacía tiempo. Sirve para detener la sangría y hacer planes. Fue doloroso con la gente con la que tenía más relación, pero elegimos el momento idóneo. Ya habíamos pagado las fichas de los jugadores y no teníamos que perjudicar a los que realmente consiguen que el club subsista. No recurrimos, como se ha hecho en otros concursos, a la idea de decir ‘voy a ofrecer lo que no puedo pagar y si la cosa sale bien aguanto el tirón y, si no, declaro el concurso de acreedores y así no tengo que pagar’. Nosotros pagamos, intentamos planificar y buscar acuerdos, pero llegó un momento que habíamos ido tantas veces al cántaro de la Agencia Tributaria que al final lo rompimos. No sé si nos pasamos dos pueblos, pero sí pueblo y pico. Cuando recibimos los embargos y supimos que no podríamos cumplir con nuestros compromisos vimos que la solución era un concurso de acreedores para planificar y pagar toda la deuda que teníamos en un plazo más amplio.

–¿Ha variado su idea de lo que debe ser el Real Valladolid?

–Esta es una entidad que hace años peleaba por subsistir y ahora es un club que resultará muy rentable y con muchas posibilidades si hacemos las cosas bien, ascendemos y nos mantenemos unos años en Primera. Hemos conseguido una estructura correcta. A raíz del concurso reforzamos la dirección deportiva, a la que siempre habíamos tenido sin medios, sin recursos y con la lengua fuera. Estamos en una situación parecida a la que vivió el Sevilla, un club que también estuvo a punto de desaparecer y que ahora mejora cada año. Hemos cambiado el chip. Ahora intentamos ser más un club de fútbol y menos una empresa como la que dicen los libros.

–¿También ha variado su papel como presidente?

–[Sonríe] He escuchado muchas veces que el presidente era el que fichaba, el que hacía las cosas y tal... Yo he influido siempre en el tema económico, porque es la función que me corresponde. Sí es verdad que dos años continuados elegí los entrenadores, más que nada porque creo que es básico tener el ‘feeling’, especialmente tras comprar el club. Siempre he pensado que si a un entrenador hay que despedirlo porque no le salen los resultados, quizá a mí también tendrían que haberme echado después del primer descenso o del segundo. Siempre traté de que no se despidieran entrenadores porque creo que un proyecto se sostiene cuando apuestas por él y le das continuidad, aunque por el camino haya momentos muy duros. Esa es la política que ha cambiado. No me meto a decidir qué jugadores deben venir. Para eso contamos con gente competente y también la hemos tenido en otros momentos. Yo me dedico a arreglar y a negociar los temas económicos, y a la planificación de las salidas del club. Sin más.

–¿Qué imagen tiene Carlos Suárez de sí mismo?

–Me veo como una persona que le mete muchas horas, mucha dedicación. Se me podrán achacar muchas cosas, pero si alguien pone en duda que tengo cariño, vinculación y sentimiento por este club está cometiendo una injusticia y error.

–¿Cree que se le hace justicia?

–Habrá gente que no valore absolutamente nada y otra que sí. Creo que, hoy por hoy, existe más gente que lo valora, independientemente de los errores que haya cometido. El presidente es el culpable de todo lo que sucede, entre otras cosas de los descensos. Poca gente podrá discutir que yo tengo cariño y vinculación hacia este club. Es mi vida. Yo llegué aquí con un hijo de nueve años que ahora es ingeniero aeronáutico, ha cursado un máster en Inglaterra y ya ha empezado a trabajar. Me he perdido gran parte de su infancia por dedicarme a este proyecto. Además, he dejado pasar oportunidades profesionales importantes. Creo que merece la pena, que saldrá bien y que algún día se reconocerá.

Carlos Suárez, tras anunciar la compra de la mayoría accionarial del club el 4 de julio de 2011, acompañado por Javier León de la Riva y Jesús Julio Carnero

Carlos Suárez, tras anunciar la compra de la mayoría accionarial del club el 4 de julio de 2011, acompañado por Javier León de la Riva y Jesús Julio Carnero

–¿En qué momento se encontraba cuando decidió comprar el Real Valladolid en el verano de 2011?

–Personalmente, estaba bajo mínimos. Yo fui a arreglar mi situación para marcharme porque había decidido rendirme. La situación cambió en esa reunión y decidí meterme en el lío de mi vida. Por lo menos, sabía que sería el dueño de mis errores y de mis fracasos. De repente, estuve convencido de lo que había que hacer, pero antes pensaba que no podía y que había llegado el momento de rendirme. La reunión fue avanzando y se me abrió un nuevo mundo. Estoy convencido de que al final me va a salir bien.

–Pero, ¿cómo cambió todo de un extremo al otro durante aquella reunión?

–Pues no lo sé. Es de esas cosas que cuando luego llegas a tu casa te dices ‘pero a ti, chaval, te patina el embrague’. En aquel momento pensaba que se uniría otra gente para formar parte de un proyecto importante. Al final, ninguna de esas posibilidades salió y me tuve que enfrentar a lo que vivimos ahora. La reunión cambió como de la noche al día. Buscamos un acuerdo y tardamos una semana en ir cambiando los parámetros de la operación. En una semana, pasó a ser mi ilusión, con la ayuda de mi suegro, que me apoyó al cien por cien. Cargamos pilas de golpe y esas siguen, aunque hayamos pasado momentos duros. La ilusión continúa, más si cabe que cuando empecé.

–¿Cómo era y cómo es su relación con los antiguos accionistas?

–Muy correcta, antes y ahora. Con alguno de los minoritarios más, porque guardo amistad con ellos desde mucho antes de llegar al Real Valladolid. Con los accionistas cuya parte compré, mantengo una relación muy cordial. Han tratado todo el momento de echarme una mano si lo necesito. Sigue siendo un trato tan correcto como antes, pero ahora no tengo que consultarles absolutamente nada.

–El mando es suyo.

–Soy minoría en el consejo. Los minoritarios siguen teniendo más puestos que yo. Esas personas que estaban en el consejo, que no poseen acciones, son amigos míos desde hace 25 años, los eligieron los otros accionistas por azar, porque tenían relación con ellos, y eso me da mucha tranquilidad. Decidí no cambiarlos. Incorporé en el consejo a mi hermano pequeño [Eduardo Suárez], porque creo que es un tío que sabe mucho de materia económica y fiscal. Cuatro ojos ven más que dos. Siguen estando Jacobo [de Salas], Álvaro [Ruiz de Alda] y Ramón [Maroto], que en cualquier momento podrían tomar la decisión de cesarme...

–No es factible que eso suceda...

–No, porque habría que poner remedio rápidamente [sonríe].

–Antes ha mencionado a su suegro [ya fallecido], Álvaro Urgoiti, una persona que resultó clave desde un segundo plano para la supervivencia del club. ¿Cómo lo recuerda?

–Para mí, era un segundo padre. Vivió todo esto por cariño hacia mí. Este fue su equipo e hizo muchas cosas antes y después de que yo comprase el club hasta que falleció. Yo no podría haber efectuado esta operación de no haber sido por él. Porque era mi proyecto, pero también el suyo. Cuando murió y recogimos sus cosas en la habitación del hospital, vimos que, con las últimas fuerzas que tenía, había escrito sobre los pros y los contras del concurso, sobre cómo podía ir, qué tenía que hacer, calculó los años que había estado el club en Primera, en Segunda, la clasificación histórica de la Liga... Y vivió el 6-1 ante el Rayo Vallecano como si fuera el partido de su vida. Para el club fue importante. Para mí, en mi vida, ha sido una persona absolutamente vital.

–¿Qué retos tiene el Real Valladolid por delante?

–Crecemos en todos los aspectos y espero no tardar mucho en conseguir el ascenso. Además, no cierro la puerta a que llegue algún inversor importante. Yo lo recibiría con los brazos abiertos. Creo que tenemos futuro. A nivel deportivo, las cosas se están haciendo bien y estamos sembrando desde abajo con las escuelas de fútbol. Alberto [Marcos] realiza un trabajo espectacular en este sentido. Hemos pasado de 60, 70 chicos en las escuelas a superar los 200, en el primer año desde su creación. En cambio, el proyecto internacional no está dando sus frutos. Sí, a nivel económico, pero la normativa FIFA impide que los menores de 18 años cambien de países y puedan jugar. Viene gente y estamos en muchos lugares, donde el Real Valladolid deja constancia de que existe. Espero verme en Primera para que todo se pueda llevar a cabo. Me ilusiona el futuro, aunque este paso por Segunda está resultando duro.

–¿La hipotética llegada de un inversor importante sería con usted al mando?

–Evidentemente.

–¿Vendería el club si recibiese una oferta importante o no renunciaría a su proyecto?

–No. Yo estoy dispuesto a compartir, pero no a irme.

–Su mandato, por tanto, será aún mucho más largo.

–Hace años bromeaba diciendo que el peligro de que me marchase llegaría cuando batiera la marca de José Cantalapiedra. Ahora mismo no lo veo, no me planteo irme. La oferta tendría que ser muy desorbitada para que realmente me fuese y renunciara al proyecto que tengo en la cabeza. Si alguien me diera ese dinero, no podría ser bueno, porque no estaría actuando con lógica y con razón.

–¿De qué se siente más orgulloso de su etapa aquí?

–Habiendo estado muchísimo tiempo fuera de casa, de tener los hijos que tengo, cómo están estudiando y cómo son como personas. El resto es trabajo y, a veces, se valora de manera más justa o más injusta. Pero al final se trata de cómo llegas al puerto. Será entonces cuando hagamos una valoración. Antes me tragaba más cosas y ahora trago menos. Hay situaciones por las que antes pasaba y ahora salto y digo lo que pienso, aunque pueda llegar a molestar. No me arrepiento de nada. Hemos hecho operaciones muy buenas, hemos salvado ‘matchballs’. Eso es parte del trabajo y para eso me pagan. Además, disfruto haciendo lo que hago. Pero ver cómo salen adelante en mi casa es lo que más ilusión me hace, porque no resulta fácil.

–¿El viaje personal ha merecido la pena?

–Todos los viajes merecen la pena, incluso con los malos momentos. Ignoro qué habría sido de mi vida si no siguiese aquí. El banco en el que yo estaba pasó a manos de un banco más grande. Nunca se sabe. No echo la vista atrás. Decisión tomada, decisión acertada, aunque el resultado no sea todo lo bueno que esperabas.

–Al final, encontró su camino en el Real Valladolid...

–No sé si este tenía que ser mi camino, pero no dudo de que es mi reto. Me estoy dejando muchas más cosas que pelos en la gatera para que salga adelante. Y algo tengo claro: estoy dispuesto a aguantar todo lo que me venga.