Real Valladolid

a banda cambiada

La partitura

Antes de que Kepa se erigiera, como Atlas, en titán para sujetar al equipo sobre sus hombros, o sobre sus guantes, qué más da, el Real Valladolid tuvo en Huesca momentos de buen fútbol. El Pucela vivió durante un puñado de minutos en El Alcoraz un pequeño sueño, una Arcadia feliz, un retorno a aquellos tiempos pretéritos en los que «ser Valladolid» obligaba a intentar jugar bien y, a la vez, jugar bonito. Aquella reconciliación con la belleza duró apenas media hora sí, pero sirvió para demostrar a los rivales, a su gente y a sí mismo que es capaz de hacerlo. Es cierto que cuando despertaron del sueño les ocurrió como al dinosaurio de Augusto Monterroso: el Huesca todavía estaba allí. Desconozco si, como Narciso, el equipo murió ahogado en su efímera hermosura o resultó que el Huesca a base de fuerza y empuje –como si en realidad fueran los All Blacks neozelandeses y no un equipo de fútbol– empequeñeció al Valladolid hasta conseguir casi sobre la bocina un más que merecido empate.

La particular manera que ha tenido la dirección deportiva del club de confeccionar la plantilla, con ocho jugadores profesionales en la concentración veraniega, ha obligado al entrenador a sacrificar el inicio de temporada a cambio de esperar hasta el último momento para cerrar el plantel y así poder contar con jugadores de más quilates que realmente sirvan para dar un salto de calidad sobre lo que ya había. De ahí que todos estos partidos disputados hasta la fecha no hayan sido otra cosa que los correspondientes a una atípica pretemporada con puntos en juego. Una manera de calibrar, fuera de fecha, la plantilla con la que cuenta el míster y las prestaciones que pueden dar cada uno de los integrantes de la misma. Garitano ha dado con la tecla, todos lo vimos. Aquellos treinta minutos en El Alcoraz ponen fin a esa pretemporada forzosa y tienen que servir de piedra sobre la que construir la iglesia que nos lleve de vuelta al reino de los cielos. Lo que funciona no se toca, es máxima en el fútbol y en la vida en general. Ahora le llega el turno de decidir si profundiza en esa partitura para generar una sinfonía de la que apenas hemos podido escuchar una nota o si, por el contrario, prefiere romper el piano y empezar de cero.