Real Valladolid

a banda cambiada

Estado fallido

El domingo pasado el Real Valladolid borró de un plumazo todo aquello que durante un puñado de minutos a lo largo de la presente temporada le había hecho asemejarse a un equipo. Sin control sobre el terreno de juego, sin autoridad ni dentro y ni fuera del campo, incapaz de generar fútbol y sin posibilidad de contagiar a la grada. Se reafirmó en lo que en términos políticos se habría llamado estado fallido.

Fue tal la imagen que dio sobre el césped de equipo cerrado por derribo, que ahora mismo se podría dar carpetazo a esta temporada y comenzar a pensar en la siguiente si no fuera porque desconocemos en qué categoría militará la primera plantilla si es que el año que viene por estas fechas el club continua abierto.

Abandonado a esa nueva manera de ser que, en los últimos años, le ha convertido en un equipo en blanco y negro, que ha perdido la risa y ha perdido el color, sin ganas de cambiar aquello en lo que se ha convertido. Una entidad que ha mutado su ADN para transformarse en lo que es ahora: una tarde de otoño, un ‘blues’. Qué culpa tiene el Real Valladolid de su propia melancolía si, como Jessica Rabbit, ha sido dibujado así.

En estos últimos dos años y medio no ha habido nadie que sea capaz de luchar contra su propio destino. De hacer que la entidad y su afición recuperen el orgullo. Alguien capaz de gritar aquellas palabras de Jesús a Lázaro que permitan, al menos, que el cadáver se incorpore sobre el lecho. O, siquiera, alguien con la valentía y el honor suficiente de echarse a un lado y dejar paso a otro si acaso se ve superado por la responsabilidad que tiene entre manos.

Al contrario. Con cada nueva crisis solo emerge la vacuidad hecha palabra. Voces autorizadas del vestuario apresurándose a salir en defensa de su trabajo y del compromiso casi marital que tienen con su entrenador. Fieles al míster hasta que la muerte nos separe, parecen decir. Uno se cansa de épica, arengas y conjuras que, de tan utilizadas, hace tiempo que dejaron de sonar creíbles para pasar a confundirse con el susurrar del viento. Y mientras la institución, tan acostumbrada en los últimos tiempos a hacer de la derrota su zona de confort, se va hundiendo poco a poco hasta quedar reducida al recuerdo de lo que pudo haber sido.