El Norte de Castilla
Real Valladolid
Partido en el viejo estadio en 1980
Partido en el viejo estadio en 1980

El añorado viejo estadio Zorrilla

  • El antiguo estadio de fútbol, levantado en los terrenos que ahora ocupa El Corte inglés, se estrenó el 3 de noviembre de 1940 con goleada del Real Valladolid al Arenas de Guecho

Era una necesidad imperiosa no ya para los amantes del fútbol, que eran muchos, sino también para una ciudad que ansiaba hacer de la práctica deportiva un eficaz recurso económico. Era 1934 cuando El Norte de Castilla pisaba el acelerador de la demanda futbolística en forma de nuevo y gran estadio; seis años después, tal día como hoy de 1940, aquel sueño se hacía realidad aunque un tanto demediado: el enorme «Stadium Municipal», que autoridades y periodistas reclamaban para el ejercicio de múltiples actividades deportivas, se limitaría a suplir con creces aquel patatal de la Sociedad Taurina.

Y es que cuando en la temporada 1933-1934 el Real Valladolid ascendió a Segunda División, voces acreditadas alzaron su queja: el equipo de fútbol local no se merecía seguir jugando en aquel vetusto campo situado junto a la Plaza de Toros. El Norte de Castilla se erigió en tribuna privilegiada para transmitir las demandas. La más inmediata, la publicada por Lorenzo Alonso, secretario del club y colaborador del periódico, el 12 de abril de 1934: «Valladolid, con sus 100.000 habitantes, bien pudiera tener un campo apropiado para los chicos y para los grandes, para los colegios y para los clubs. El Ayuntamiento puede preocuparse de llenar esa necesidad, que bien estudiada podría lograrse sin quebranto alguno para las arcas municipales».

Para Alonso, además, la situación estratégica de la ciudad posibilitaría que el vallisoletano fuera considerado «campo neutral de desempates y partidos internacionales», con todo lo que ello supondría como reclamo de aficionados.

La «Campaña pro Stadium Municipal» comenzó formalmente en el mes de diciembre de 1934, con José Cantalapiedra al frente del club y en íntima conexión con la prensa local. El alcalde en ese momento, Mariano Escribano, no tardó en reunirse con los principales implicados para iniciar los trámites. Al mes siguiente, a propuesta del concejal Sáez Escobar, se acordaba formar una comisión con concejales y representantes del Real Valladolid; y a finales de enero de 1935, el vicepresidente del club, Jesús Rivero Meneses, hacía pública una extensa memoria que proponía la creación de un campo de hierba circundado por un velódromo, aparte de instalaciones para gimnasia, atletismo, tenis, natación, juego de pelota y bolera.

Fuente de ingresos

Los números avalaban tamaño proyecto, aseguraba Lorenzo Alonso, que en abril de 1935 echaba sus propias cuentas en el periódico: como el complejo proyectado estaría en condiciones de albergar a 10.000 «forasteros», cada uno de ellos con capacidad para gastarse 50 pesetas, el «ingreso extraordinario» para Valladolid ascendería a medio millón: una auténtica fortuna para la época. Por si fuera poco, también contribuiría a salvaguardar la moralidad de los jóvenes y, de paso, serviría para reforzar la educación familiar: «El Stadium ha de ser la defensa de muchos y muy variados intereses; los del Municipio, los de sociedades deportivas, los del Comercio, los de la Industria, y en grado considerable hasta los de orden familiar, puesto que controlará ese loco esfuerzo de nuestros muchachos de hoy a espaldas de la vigilancia de sus padres, resultando por tanto el más codiciado interés en el aspecto sanitario y en el cultural».

Pero el tiempo pasaba y poco o nada se hacía en este sentido. En enero de 1936, ya con Ángel Chamorro al frente del Consistorio, Alonso se quejaba en las páginas de El Norte de la «irritable pasividad del Ayuntamiento», incapaz, por dejadez, de combatir la «grave enfermedad que hoy padece nuestra afición deportiva». Para financiar el gasto del nuevo estadio, el colaborador de El Norte y directivo del club proponía la emisión de «sellos pro deporte» a 5 céntimos cada uno, al tiempo que se decantaba por el terreno situado «entre el Puente Colgante y el Paseo de Zorrilla»; es más, para hacer frente a este último desembolso sugería que el propietario de los terrenos recibiese la tercera parte del importe al formalizar la escritura, y el resto, como copropietario del Stadium junto con el Ayuntamiento. De esta forma, en 10 o 15 años, señalaba Alonso, quedarían todos los pagos satisfechos.

Sin embargo, el estallido de la guerra civil, en julio de 1936, paralizó los trámites. La campaña «pro Stadium» tuvo que esperar hasta el final de la contienda y el inicio de la liga de fútbol, el 1 de octubre de 1939. Ya lo apuntaba El Norte de Castilla el día 3: frente a lo que muchos aventuraban, la guerra no había conseguido acabar con la afición futbolística, tan unida «a la psicología y al temperamento español», pues hasta en las trincheras los soldados organizaban partidos en sus ratos libres. Retomadas en 1939 las ‘hostilidades’ futbolísticas, era el momento de que el Ayuntamiento, liderado ahora por Luis Funoll, sacara adelante definitivamente el proyecto. Para ello se contaba con una enorme ventaja: en marzo, Jesús Rivero Meneses, ex vicepresidente del club blanquivioleta, había sido nombrado jefe provincial del Movimiento.

Dos meses más tarde, el Consistorio aprobaba una moción de la alcaldía consistente en la construcción de un gran «Stadium Munincipal» en los terrenos de «la ribera de los Ingleses, en el Paseo de Álvarez Taladriz», con dos campos de fútbol, uno con capacidad para 25.000 espectadores y otro para 8.000, cuatro pistas de tenis, una cancha de baloncesto, un frontón para 3.000 aficionados, gimnasio, velódromo y piscina; para ello, señalaba el alcalde, haría falta pedir un empréstito.

El 15 de julio de 1940 se formalizó la compra de los terrenos, situados en el lugar que hoy ocupa El Corte Inglés y propiedad de Norberto Adulce; pocos días después comenzaron los trabajos de construcción, dirigidos por el arquitecto Miguel Baz, en los que se empleó mano de obra presidiaria. El montante total –compra de terrenos y coste de obras- ascendió a 750.359,98 pesetas, una cantidad astronómica en plena postguerra.

Aunque desde el club se pensaba iniciar la temporada 1940-41 en el nuevo estadio, éste no estuvo listo hasta el 3 de noviembre de 1940. Meses antes, concretamente en agosto, Rivero Meneses había sido nombrado gobernador civil, lo que imprimió aún mayor celeridad al proyecto.

Ciertamente, el nuevo estadio era mucho más limitado que el inicialmente planteado, pero suponía un cambio revolucionario en comparación con el destartalado campo de la Sociedad Taurina. Ya lo señalaba El Norte de Castilla: «El nuevo campo es hermoso y tiene un excelente emplazamiento, con un fondo de bello aspecto que le da el arbolado de la orilla del Pisuerga y las riberas que le enmarcan (…).Tiene las dimensiones reglamentarias para jugar partidos internacionales y el terreno de juego, con la alfombra de verde césped, se halla en excelentes condiciones.

La valla que le circunda está muy bien construida y su combinación, de colorido rojo y blanco, le da una agradable visualidad. Con amplio espacio para el cómodo paso del público y la debida separación de la valla del terreno, tiene cuatro filas de amplios y cómodos asientos de cemento, con suficiente separación entre unas y otras».

Con capacidad para 10.000 espectadores (ampliada más a delante a 22.000), sus dimensiones superaban las medidas reglamentarias de 105 por 68 metros. En aquel momento todavía quedaba por levantar la tribuna correspondiente al «lateral de la parte que tiene por fondo la ribera del río (…), que será modernísima y de gran amplitud. Tendrá sesenta metros de línea con doce filas de asientos de cemento, y cuatro palcos centrales, con cabida para cerca de 2.000 espectadores», adelantaba El Norte.

Aquel 3 de noviembre de 1940, día del estreno del nuevo estadio de fútbol –la inauguración oficial se celebraría el 1 de febrero de 1942-, los aficionados vallisoletanos disfrutaron de una contundente goleada del equipo local, entrenado entonces por Juan Bilbao, “Juanín”, que venció por 4 a 1 al Arenas de Guecho en el partido correspondiente a la sexta jornada del Campeonato de Segunda División. Marcaron Lizosoaín en dos ocasiones, Rufo y Las Heras.

Bautizado en octubre de 1951 con el nombre del poeta José Zorrilla, el viejo estadio de fútbol acogió encuentros del primer equipo de liga hasta el 7 de febrero de 1982, trece días antes de la inauguración del estadio actual. Su demolición definitiva tuvo lugar en julio de 1987.