Real Valladolid
Benítez y Endériz posan sobre el céspd del Viejo Zorrilla.
Benítez y Endériz posan sobre el céspd del Viejo Zorrilla.

Real Valladolid

«El Negro Benítez era el mejor de aquella hornada de sudamericanos que llegaron al Valladolid»

  • José Antonio Cantero, jugador del Arces y del Pucela, revive con Javier Yepes la temporada 1959-1960, la de la llegada de Bagneras, Aramendi, Solé y Endériz

La operación Saso marcó una época en la historia de los fichajes blanquivioletas y un hito en el fútbol español. Hasta ese momento, una operación de tal envergadura, con cinco jugadores sudamericanos de una tacada, era desconocida en el mundo futbolístico nacional. De esta forma desembarcaron en Barajas Juan José Bagneras, Héctor Ricardo Aramendi y Juan Miguel Solé, los tres argentinos procedentes de Huracán de Buenos Aires.

El primero era un mediocentro magnífico que no traía la documentación necesaria para quedarse. Héctor Ricardo Aramendi era el clásico ‘gambeteador’ argentino y Juan Miguel Solé, un central de una clase excepcional.

Los dos uruguayos fueron Julio César Benítez, un internacional juvenil procedente del Racing de Montevideo que tenía 18 años y jugaba de defensa lateral. El otro compatriota fue Eduardo ‘Cacho’Endériz. Con todos ellos coincidió José Antonio Cantero en aquella temporada de 1959-1960.

–¿Eran tan buenos los sudamericanos?

–Eran aun mejores de lo que parecían.

–Ya. Y de todos ellos, ¿con quién te quedas?

–Te repito que todos eran formidables, incluido Juan José Bagneras, que era un fenómeno, y al que el abuelo del ‘Bocha’ Aramendi le privó de quedarse.

–Pero, ¿eso fue así?

–Sí, sí. El abuelo no quería que su nieto saliera de Buenos Aires y se negó a facilitar a José Luis la documentación necesaria para acreditar sus orígenes navarros. Entonces, vino como extranjero y le cerró la puerta Bagneras.

–Y no hubo manera de que se quedara, ¿no?

–Efectivamente. Le cedieron al Plus Ultra, el chico se aburrió y se marchó de nuevo a la Argentina.

–Aramendi era de los que animaban el vestuario con sus anécdotas, me han dicho...

–Sí. Siempre comentaba: «Cuando yo jugaba en el Huracán, ganamos...». Hasta que un día se me ocurrió decirle: «Oye, Bocha, ¿tú no perdiste nunca?» Se me puso serio y me espetó: «Mira, Canterito, las que yo perdí, que las cuente quien las ganó». Me dejó planchado. Era un tipo muy salado y una gran persona.

–¿Como Juan Miguel Solé?

–¡Nooo! Como le empezara a decir alguno de nosotros aquello de «oye, cabecita negra», ya estaba el lío montado. Juan era un tipo serio que se las tenía tiesas con cualquiera si le provocabas un poco. Serio, pero bueno.

–El día de su lesión frente al Valencia, siendo yo un niño, lo presencié a pocos metros detrás de la portería de Puente Colgante.

–Aquel 20 de noviembre yo estaba en el campo, aunque ese día no me vestí. Tengo aún grabado el sonido de la doble fractura de tibia y peroné de Juan.

–Todo el estadio, lo recuerdo aún como si fuese hoy, enmudeció.

–Mi padre salió disparado al ver lo que había ocurrido y fue el primero en llegar a la Casa de Socorro, donde le llevaron.

Se produce un silencio llegados a este punto. Nos miramos como si todavía aquellos camilleros de la Cruz Roja no hubieran evacuado del campo al formidable defensa argentino y quisiéramos esperar hasta ver el desenlace.

–Aunque el mejor...

–El Negro. Ese era el mejor, sin duda.

–Sabía que lo ibas a decir, y estaba seguro de que tu doble estancia con Julio César Benítez, tanto aquí como en Barcelona, te marcaron. ¿O me equivoco?

–No, no te equivocas. Era el mejor en todo. Era un niño grande, con un corazón más grande aún, y un futbolista extraordinario, de los que ya no se ven. Era un genio, un portento físico y técnico. Y solo había que picarle un poquito para verle sacar lo mejor.

–Y, a nivel personal, buena gente, ¿no?

–Se pegaba con cualquiera por uno de nosotros. Con Zaldúa, Cachito Endériz y conmigo se portó siempre como un hermano. Teníamos una relación especial.

–Oye, ¿y lo de tu vespa?

–Fue en mi etapa del Condal. Subidos en la vespa, nos recorríamos Barcelona entera y nos lo pasábamos muy bien. Tanto, que cuando volví de allí lo hice ‘en paz’, es decir, que lo que gané me lo gasté.

–Erais ‘pensionistas’ todos los futbolistas jóvenes de entonces, creo.

–Mira, de aquella no se estilaba vivir solo siendo soltero. Yo vivía en una pensión con Viñas y Beitia, pero el día lo pasaba con el Negro.

–¿’Cachito’ Endériz?

–Era el más asentado de todos y un poco el mentor de Benítez, tanto, que era prácticamente al único al que realmente hacía caso.

–El centro del campo con él y con Ramírez...

–Daba gusto ver jugar a Cacho, cómo subía la pelota desde atrás apoyándose en Carlos y cómo llegaba al área.

–Tenía un toque bárbaro, ¿no crees?

–Golpeaba el balón fenomenal y marcaba siempre goles importantes. Y en los penaltis, era imposible parárselos.

–Aunque hablando de clase, tú coincidiste con Coque.

–Gerardo era un driblador fantástico. Tiraba a los rivales con la cintura y luego seguía con la pelota. Era un genio y el auténtico ídolo de los aficionados.

–¡Si se llega a dedicar solo a esto!

–Cuando llegué, él volvía de América. Tuvo la suerte de coincidir con Moya y le puso de nuevo en forma. Tanto, que aún jugó a gran nivel unos años en el Racing de Santander.

Como el fútbol en Barcelona no prosperó, su paso al Celta de Vigo le terminó por reportar la continuidad futbolística y sus mejores años