Real Valladolid
Miguel Ángel Portugal, en el pasillo de vestuarios del Zorrilla
Miguel Ángel Portugal, en el pasillo de vestuarios del Zorrilla / G. VILLAMIL

miguel ángel portugal, entrenador del Real Valladolid

«¿Agobio en el campo? Mi hijo me dice que agobio es oír silbar las balas en el Líbano»

  • Asegura haber llegado para triunfar porque una lesión le impidió hacerlo como futbolista. Y ha venido con intención de quedarse

Pronuncia perfectamente. También las erres. A pesar de que, afirma, a menudo tiene que morderse la lengua ante los comentarios soeces de cierto tipo de aficionados cuando se pierde un partido. Su moderación, acaso, le viene de su exigencia personal. Cuando un jugador no hace lo que debe y puede, se pregunta qué cuota de responsabilidad tiene él. Yestá en la tierra. Su hijo contribuye a relativizar los ‘insalvables’ problemas con los que lidia a diario en los campos de fútbol. «Cuando le comento que mis jugadores están agobiados, él me comenta que ‘el agobio lo tengo yo cuando oigo silbar las balas’». El mayor está en las Fuerzas Especiales del Ejército, y sirve en Afganistán, Líbano... «Ahí sí hay agobio». Precisamente su hijo, ya treintañero le refrescó sus vínculos con Valladolid. «Al poco de llegar, un antiguo compañero suyo de los Maristas me pidió que le diera recuerdos. Me sorprendió, porque solo estuvo un curso, hace 26 años».

Lleva el tiempo suficiente como para valorar si se equivocó cuando aceptó la oferta de entrenar al Pucela. ¿Se arrepiente?

–Yo tengo una meta, que es triunfar aquí. Es un reto asumido hace tiempo. Cuando hablaba con mi mánager ya le decía que si llegaba una oferta de este equipo íbamos a negociar.

¿Ha llegado con vocación de permanencia o piensa que es algo provisional? ¿Asume que es como los guardias civiles, dispuesto a cambiar siempre de destino?

–Soy hijo de guardia civil, pero mi padre se afincó en Burgos y estuve ahí toda mi vida.

Entonces, ¿no ha venido sólo a ver qué pasa?

–Yo había venido aquí con la selección juvenil y para los que estábamos en Burgos venir aquí con la selección era algo grande. Luego estuve como jugador. Y al final me fui con mal sabor de boca, porque no pude triunfar. Venía de hacer muy buen fútbol en Burgos y aquí con la lesión... me fui dolido, porque mis amigos confiaron en mí y no pude darles lo que quisieron Y ahora he venido con un reto grande: hacer algo importante con el Real Valladolid. No me planteo ninguna otra cosa de futuro. Tengo mi casa en Valladolid, donde vivo con parte de mi familia.

Es de Quintanilla de las Viñas, en Burgos. ¿En el pueblo es un personaje reconocido?

–Quintanilla tiene tres habitantes, mira si me reconocen. Ahora viven el cantinero y dos personas más. El otro día vino una familia a verme, o sea, casi todo el pueblo. En verano puede llegar a tener cien habitantes. Cuando voy allí soy uno más: juego mi partida... me gusta jugar al mus, al subastao, lo que se juega en los pueblos. Pero solo juego cuando estoy de vacaciones.

Y durante el curso, su vida es fútbol y ¿algo más?

–Mi vida es el fútbol. Pero juego al pádel, monto en bici... ‘mountain bike’, bici de caminos. En Madrid teníamos todos los lunes partido de pádel y luego comida. Soy un tipo normal y, de vez en cuando voy a la televisión a hacer comentarios, mantengo mi página web, doy conferencias, asisto a congresos. Ahora estoy con mi tercer libro, que llevo ya dos años y me está pudiendo...

¿Le gusta integrarse donde vive? Cuando los resultados no acompañan hay quien aprovecha la condición de foráneos para hablar de falta de compromiso.

–No me gusta estar aparte, prefiero formar parte de mi entorno. Pero ‘readmito’ que cuando eres entrenador tienes que tener cuidado cuando sales a la calle porque, si has perdido un partido, siempre te encuentras con alguno que dice alguna tontería aunque, en líneas generales, la gente es bastante comprensiva. Pero hay que tener cuidado, porque te dicen soeces y te tienes que morder mucho la lengua.

¿Llegó a hablar en algún momento con Garitano cuando le sustituyó? ¿Le preguntó por asuntos profesionales?

– No. Pero los primeros días me dí cuenta de que el problema de la plantilla no era de estado físico, ni técnico-táctico; me di cuenta de que el problema tenía más que ver con un estado mental consecuencia de los resultados.

¿El haber elegido como segundo entrenador a Rubén Albés [hasta su llegada, entrenador del Promesas] es un guiño a la cantera?

–Albés es un analista, conocedor de situaciones y equipos y a mí me gusta rodearme de gente preparada.

¿Y Javier Baraja?

–En todos los equipos que he estado me he llevado a un segundo que ha tenido algo que ver con la ciudad o con el equipo donde iba. Y en el caso de Baraja, creo que es la persona idónea.

Dice que el suyo es un método ‘adaptativo’. ¿No corre el riesgo de que se entienda que solo es condescendiente?

–Yo lo tengo claro. Tengo en cuenta lo que quiero hacer y lo que puedo hacer. Son dos líneas paralelas que tienes que procurar que se junten alguna vez. Tienes que tener en cuenta tu capacidad. Tienes que saber lo que quieres y lo que puedes conseguir. Yo me adapto a lo que hay, pero tengo que conseguir parte de lo que quiero. Cedo, pero no renuncio a algunas cosas. Intento aproximarme a la línea de lo que quiero.

¿Es partidario de exigir al máximo, hasta descubrir virtudes que incluso los jugadores desconocen que tienen?

–El entrenador tiene que conseguir que aquello que los jugadores son capaces de hacer en los entrenamientos, lo hagan en los partidos. Cuando un jugador no hace en un partido algo que ha demostrado durante la semana que sabe hacer también implica al entrenador, porque igual no le transmite suficiente confianza. Soy exigente y exijo que hagan aquello que sé que son capaces de hacer. No puedo permitir que un jugador se cohíba o no se suelte. Si no juega como sabe también hago autocrítica y tengo que pensar por qué no soy capaz de que demuestre lo que sé que sabe hacer.

¿Es partidario de llegar al castigo como estímulo?

–Somos castellanos y si hablamos de burros nos entendemos mejor. Al burro, si le pinchas, anda; pero hay un momento en el que le pinchas tanto, que te tira la coz. Entonces hay que darle cebada. La clave está en encontrar el equilibrio entre darle cebada para que ande y, de vez en cuando, también pincharle. Hay que buscar la medida justa.

Entonces, ¿es exigente?

–La exigencia va con la razón, con el entendimiento, con el diálogo. Yo puedo ser el más exigente. Lo que no tolero es que alguien que puede hacer algo no lo haga. Pero también pienso que puedo tener parte de culpa. Individualmente no lo detecto en el equipo, pero en el conjunto del equipo igual sí hay algún problema más allá de las capacidades físicas o tácticas . El otro día, por ejemplo, fueron víctimas de la ansiedad pero no por el miedo a perder, sino por el miedo a ganar. Lo teníamos ahí [la victoria] y tuvimos miedo a ganar, que también ocurre.

En el campo le vemos santiguarse cuando empieza el partido. ¿Es una persona religiosa?

–Estudié cuatro años interno en un colegio de curas en Zaragoza y te quedan algunos estigmas particulares. Soy una persona que tiene una moral alta, en el sentido de la moralidad inculcada en una educación religiosa. Pero si me preguntas si soy practicante, la verdad, no. Pero sí que tengo un código moral propio de quien ha estudiado en un colegio religioso, la conciencia del bien y del mal.

¿Cómo lleva el hecho de estar observado en cada momento, que miren con lupa su trabajo y que todo el mundo pueda opinar sobre lo que hace?

–Siempre he sido muy ambicioso con lo que quiero hacer. Cuando eres ambicioso te debes exigir muchísimo y, aunque miren con lupa tu trabajo, lo que tienes que hacer es tener la conciencia tranquila con lo que haces, que lo estás haciendo de la mejor manera que sabes. Yo estoy para aprender y para exigirme todos los días.

Pero no se trata solo de esfuerzo, sino de mérito. ¿Usted es entrenador porque fue futbolista y no tenía otra cosa?

–Me considero capaz para realizar esta actividad. Siempre he tenido, además inquietud por hacer cosas nuevas. Hace veinte años yo ya aplicaba métodos que se utilizan ahora: rondos, mantenimientos... Y algunas cosas son mías.