Real Valladolid

a banda cambiada

Entrenador 2.0

La llegada de Miguel Ángel Portugal ha sido como cortar el cable rojo de una bomba un segundo antes de que todo saltara por los aires. No se trata solo de la tranquilidad que ha transmitido a un grupo de jugadores que poco a poco han visto cómo adelgazaba el peso de la piedra con la que, atada al cuello, salían al campo a jugar cada domingo. También ha servido para conectar con una afición al borde de la guerra civil que, salvo un pequeño grupo de partisanos acantonados en las redes sociales, observa con alivio que el Real Valladolid todavía puede estar en disposición de decir su última palabra.

Además, el nuevo entrenador, ha traído consigo una manera extraordinaria -no solo por buena sino también por poco habitual- de acercar a profesional y aficionado, una manera de hacernos sentir parte del equipo, una manera de identificar a todos con la entidad: cada semana dedica un buen puñado de minutos a charlar con todo aquel que se acerca a Twitter e intercambiar así impresiones.

Nunca he negado que la percepción que tengo de Valladolid como localidad deportiva es la de una ciudad que eludía su parte de responsabilidad echando la culpa al de enfrente mientras veía como morían los equipos de balonmano y baloncesto. Sin embargo, no es menos cierto que aquellos equipos -como ahora el Real Valladolid- en época de triunfos no fueron capaces de introducirse en el ADN de la tierra, de abrirse hueco dentro del paisaje urbano, de lograr que cualquier vallisoletano se encadenase a esos clubes como lo haría a la Plaza Mayor o a la iglesia de San Pablo si estuvieran en riesgo de ser derruidas; y en época de vacas flacas no supieron limpiarse la mácula que los reducía a la categoría de cuerpo extraño, de campo de batalla de la política, de nido de deudas, de trasto viejo que estorba en un trastero, que los convirtió en poco menos que apestados sociales.

El Real Valladolid no debería desaprovechar el camino que, en esa suerte de ‘entrenador 2.0’, ha iniciado Miguel Ángel Portugal y acercarse a los aficionados primero y a la ciudad después. Más contacto con los seguidores, más iniciativas, más club, más ciudad. La única manera de fidelizar y crecer es hacer que todos sintamos al Real Valladolid como algo tan propio que lo sentaríamos a la mesa para cenar en Nochebuena.