Real Valladolid

desde la banda

Como una orquesta

Este año hemos visto en el concierto de Año Nuevo, que cada año se celebra en la Sala Dorada del Musikverein de Viena, a Mariss Janson ausentándose de la sala en la celebración de la conocidísima Marcha Radeztky. Abandona el atril, se va a beber agua o a hacer lo que hacen los directores de orquesta cuando abandonan la sala y la orquesta sigue tocando. Y perfectamente. Nadie desafina, nadie entra fuera de lugar y la marcha suena acompasada hasta el final de la misma. No podemos decir lo mismo del público que acompaña con palmas durante su ejecución. Había quien rompía a aplaudir emocionado cuando no debía, quién lo hacía a un ritmo distinto o los que aplauden con todas sus fuerzas mientras el resto solo marcan los aplausos en espera del allegro. En la Marcha Radeztky el director de orquesta solo dirige al público, que es el que no sabe, y se nota cuando no está.

Pero para que eso ocurra, el trabajo previo del director con la Filarmónica de Viena ha sido exhaustivo. El director no solo marca el inicio de la obra, sino que luego introduce los grupos de instrumentos y ha de lograr que todos toque a la misma velocidad y al volumen adecuado.

Lo mismo pasa en un equipo de fútbol. Necesitas para que un equipo no desafine un buen entrenador, buenos futbolistas y trabajo. Mucho trabajo. Doy por hecho que Portugal es un buen entrenador. Ahí tiene su bagaje con buenos resultados. Comparto con una gran mayoría de aficionados que esta es la peor plantilla de los últimos tiempos, pero discrepo en que sea peor que la mayoría de los que nos han ganado. Y por último, no me cabe en la cabeza que se entrene mal. Hemos visto momentos de buen fútbol que apuntalan que hay buen entrenador, buenos jugadores y buen trabajo.

¿Por qué entonces estamos como estamos? Pues primero, porque el primer director de orquesta no supo afinar a estos músicos. Y segundo, porque ahora la orquesta parece que suena bien, pero a veces algún músico desafina y se carga la actuación. Y la diferencia entre una ovación con el público en pie y pitos y pataleos al final de la actuación está en que por ejemplo el trombón no dé la nota. Y si el trombón desafina en muchas ocasiones habrá que buscar otro, aunque sea en una orquesta de pueblo que sea más fiable.

Y si los músicos tocan bien, el público no necesita al director de orquesta para que nos diga cuándo aplaudir.