Real Valladolid

desde la banda

Un abrazo de gol

Le atribuyen a Tony Kukoc la frase de que «meter una canasta hace feliz a una persona y dar una asistencia, a dos». En baloncesto es conocido el gesto del jugador que mete una canasta señalando con su índice al compañero que le ha dado el pase, en forma de agradecimiento. En el deporte de la canasta todo es muy inmediato y no te puedes parar a celebrar cada canasta.

En el fútbol es distinto y los goles se celebran de otra forma. Siempre se ha celebrado los goles con la misma imagen. El jugador que marca el gol lo celebra con saltos de alegría y con el puño en alto, mientras sus compañeros corrían hacia él para hacer una montonera en el centro.

De un tiempo a esta parte, cada vez son más los jugadores que se olvidan del colectivo en las celebraciones para convertirlas en un acto individual o, como mucho, grupal, con los compañeros más afines por razón de nacionalidad, idioma o marca de ginebra en los gin-tonics. Hemos visto jugadores haciendo el perrito, la cucaracha, subiendo a la grada a dar un beso a su abuela, dando voteteras cual acróbata del Circo del Sol, los que se ponen un sombrero cordobés, los que llevan un mensaje escrito bajo la camiseta, o incluso quien se niega a celebrar el gol por habérselo metido a su equipo. Y también los hay que se ponen una máscara.

No todas estas celebraciones y muchas otras que me dejo en el olvido tienen la misma gravedad, pero hay alguna que me parece especialmente condenable. Lo de Mojica y Roger el pasado sábado es el típico caso de estupidez inadmisible en un futbolista. Por la acción, en sí misma, por el momento y por las consecuencias. Porque la consecuencia no es solo jugar con el freno de mano echado para que no te saquen una tarjeta durante una hora, es que podría ocurrir que, por ejemplo, Roger no jugase por cumplir ciclo en el partido decisivo para el ascenso.

Mario Miguel firma los tuits con los que contesta a los aficionados en la cuenta del Real Valladolid con un certero 'abrazo de gol'. Creo que es una despedida que no necesita explicación porque todos hemos experimentado la emoción de ese abrazo en alguna ocasión. Yo, al menos, tengo claro que prefiero celebrar los goles con mis compañeros de asiento que sacar una máscara y enseñársela a la afición rival.