Real Valladolid

a banda cambiada

Y sin embargo

Gritaba un amigo a los cuatro vientos de las redes sociales que el desplazamiento a Oviedo era lo más parecido a un viaje europeo o a una final de Copa que podía presenciar a día de hoy un seguidor del Real Valladolid. Una manera de reafirmar el sentimiento por unos colores en horas bajas en una suerte de terapia de grupo o jornadas de convivencia válidas para confirmar la fe, las convicciones y los credos.

Así, la marea blanquivioleta se movió a caballo entre la necesidad de ver ganar al equipo en directo que, –por resultar excesivamente infrecuente en Zorrilla– hace necesario que el Real Valladolid se plantee jugar todos sus partidos en el exilio si realmente quiere estar en disposición de alcanzar cualquier objetivo por nimio que sea, y el anhelo de volver a creer. Un deseo este que choca demasiado con la realidad de continua desilusión que vive el seguidor con el equipo cada vez que se presenta en su estadio. Un circulo vicioso, como la canción más descarnada de Joaquín Sabina, en el que conviven el amor y el desengaño, la esperanza y la infidelidad, el perdón y la nueva decepción. «De sobra sabes que eres la primera, que no miento si juro que daría por ti la vida entera; y, sin embargo, un rato cada día, ya ves, te engañaría con cualquiera, te cambiaría por cualquiera».

Queda tiempo, cada vez menos, pero suficiente para que el equipo se haga acreedor de una nueva oportunidad, esta vez definitiva. Los aficionados demostraron el fin de semana pasado que, a pesar de la montaña rusa de sensaciones en que se ha convertido la temporada, no van a permitir que el Real Valladolid camine solo a nada que el equipo dé muestras de que las constantes vitales de la ilusión permanecen estables y en clara mejoría. De él depende que el corazón de los seguidores se vuelva a calentar o, como en el despertar de un buen sueño, constatar que lo vivido el fin de semana pasado no fue otra cosa que la última noche de pasión previa a un adiós definitivo. La afición, que podría hacer suyo el lema que ilustra el póster del despacho del agente Mulder, quiere creer por muy ficticia que resulte la promesa; pero como en toda reconciliación tras una ruptura, también necesita motivos para ello.