Real Valladolid

desde la banda

Coma inducido

Y al tercer partido regresó de entre los vivos para deambular como alma en pena por Miranda de Ebro. De nuevo, tras haberse hecho carne en los partidos precedentes, el equipo se fue difuminando de tal manera en el estadio de Anduva que en su desaparición fue tornando la tonalidad albivioleta de la vestimenta por rayas en blanco y negro de matiz sepia, como el de las fotos antiguas de antepasados ya fallecidos, para terminar completamente borrado, desaparecido, confundido con el césped, el polvo y el aire. Los aficionados desplazados fueron testigos de una presencia extrasensorial: como el niño de ‘El Sexto Sentido’ creyeron ver vida en aquello que estaba muerto.

El Real Valladolid regresó por voluntad propia al coma inducido y solo se mantiene vivo a través de esa suerte de respiración asistida que es, por un lado, participar en una liga tan mediocre –igualada es el eufemismo que se utiliza– que permite que dos tercios de los competidores conserven opciones de ascender ya sea por la vía rápida o por medio de la repesca y, por otro, las matemáticas que es el único asidero al que agarrarse cuando se ha perdido casi todo salvo la esperanza y los números.

Yo no puedo decir que el Real Valladolid no quiera ganar partidos, de la misma manera que nadie piensa que un estudiante no quiera aprobar todos los exámenes. Es más, estoy seguro de que en ambos casos ansían con fuerza la obtención del resultado, pero de nada sirven aquellos propósitos si no se pone el empeño debido para conseguirlo. El equipo, más allá de buenas intenciones, conjuras y demás palabrería hueca, hasta ahora no ha hecho todo lo que está en su mano para lograr aquellos objetivos marcados a principio de temporada, como si los miembros que conforman el plantel todavía no se hubieran dado cuenta a estas alturas del curso de que el Valladolid es un histórico de La Liga y un grande de la categoría, sí, pero no tanto como para ganar los partidos, como el Cid Campeador, con la mera presencia de la camiseta sobre el terreno de juego.

Decía hace unas semanas que antes o después, como en aquella canción de Joaquín Sabina, el equipo nos volvería a engañar, volvería a irse con su amante, abandonaría la fiabilidad que nunca tuvo. Lo malo es que, por repetitivos y previsibles, estos desengaños han dejado de doler. Lo bueno, qué ironía, también es eso.