Real Valladolid

a banda cambiada

Pelear por obligación

Tiene que ser complicado continuar luchando cuando se sabe que la guerra está perdida. Esa fue la reflexión que me hice el martes cuando escuchaba las palabras de Carlos Suárez que no ocultaban el desengaño pese a asegurar que su obligación era seguir peleando el ascenso. Fito Páez cantaba que la obligación surge cuando se ha perdido la alegría. O la ilusión, añado yo, que solo aparece cuando la realidad la lleva cogida de la mano y hace tiempo que esta se desprendió de aquella.

Desgraciadamente, uno de los males endémicos que vienen asolando a la entidad de unos años a esta parte es no haber conformado un vestuario con el suficiente carácter para que a nadie le tiemblen las piernas en aquellos momentos en que se hace necesario aporrearse el pecho y erigirse en macho dominante de una manada de gorilas con temperamento para hacer tiritar a quien se pone delante, como sucedía con las hienas del Rey León cuando escuchaban el nombre de Mufasa, con genio suficiente para dar un golpe en la mesa capaz de enganchar una permanencia, como ocurría no hace tanto o un ascenso, como sucede ahora.

Esas carencias, que provocan que el equipo se encuentre peleando por obligación como dice el presidente, han venido ocasionadas en muchos casos por entrenadores que no transmiten y por jugadores de ida y vuelta sin mayores preocupaciones que presentar una hoja de servicios sin mayor mácula. Lo que ha convertido a la entidad en una suerte de ciudad dormitorio, en un motel de carretera, en un lugar de paso antes de llegar al verdadero destino, sin identidad y con la necesidad de reinventarse y empezar de cero cada verano.

Bloqueados cuando el equipo disputa sus partidos como local –hasta el punto de que muchos acudirán el domingo al rugby para presenciar en directo la victoria de un equipo de Valladolid jugando en Zorrilla–, desmoralizados cuando lo hace de visitante y sin nadie que salga a los medios con la credibilidad suficiente como para transmitir confianza en que la recuperación es posible, el resultado no puede ser otro que la sensación de que el Pucela ha pasado de luchar por una permanencia tranquila en Primera a resignarse con conseguir el mismo objetivo pero en una categoría inferior. Al Real Valladolid, tal y como pinta esta temporada, solo le faltaría aparecer en los papeles de Panamá para cerrar el curso con la ‘gloria’ que merece este deambular tan desastroso.