Real Valladolid

Saturno y sus hijos

El Real Valladolid de los últimos tiempos devora entrenadores como Saturno hijos. Preparadores que caen, como las hojas de un árbol en otoño, superados por la presión de no tener capacidad suficiente para revertir la situación de una institución con el suficiente peso en el fútbol español como para que el responsable máximo del cuerpo técnico sienta vértigo al tenerla situada en la mitad baja de la clasificación. El club ha entendido que se encuentra en un estado de emergencia de tal magnitud que no le es aplicable el famoso ‘keep calm and carry on’ con el que el Gobierno británico pretendía que sus ciudadanos mantuvieran la calma durante los bombardeos a los que fueron sometidos durante la Segunda Guerra Mundial. Observando que solo con serenidad no alcanza para lograr ninguno de los objetivos marcados, por pequeños y factibles que pudieran parecer, la situación precisa de medidas extraordinarias que, como ocurre normalmente, se resumen básicamente en la sustitución del entrenador.

Aunque puedo ser capaz de entender la intranquilidad de los responsables últimos del Real Valladolid, no comparto la decisión de romper la cadena por el eslabón más débil. Da sensación de falta de previsión y retrotrae a la entidad a aquellos tiempos pasados en los que los dirigentes del fútbol español consideraban a los entrenadores como un mal necesario, como muñecos del pimpampum en los que desahogar las iras por la mala marcha del equipo. Cuando se ha probado con técnicos de todos los estilos y libretos y ninguno es capaz de cuajar, quizá haya que empezar a buscar el fallo en otro sitio, pues lo más probable es que este no se encuentre en el inquilino del banquillo.

Alberto López, en su primera comparecencia como ocupante del Trono de Hierro blanquivioleta, colocó al equipo frente al espejo de todas las carencias que había tenido en los últimos tiempos y después le golpeó con él. Abandonar el individualismo, tan habitual en gente que sabe que el final está cerca y en junio hará las maletas hacia un nuevo destino, y sacar orgullo suficiente para volver a competir, que es lo mínimo exigible a un profesional que se dedica, precisamente, a tratar de superar cada domingo al adversario que tiene delante. No es mal inicio. Solo pido que tenga serenidad, arrojo y suerte para conseguirlo y evitar, de esta manera, verse devorado por sus propios hijos.