Real Valladolid

EN BLANCO Y VIOLETA

Un bastión para Benito Floro

Zorrilla era uno de esos campos típicos que sin saber bien el porqué, casi siempre mis equipos obteníamos malos resultados aunque jugásemos bien». Quien apunta estas palabras es Benito Floro Sanz (Gijón, 2 de junio de 1952), actual entrenador de la Selección Nacional de Canadá y uno de los artífices de la época dorada del mejor Albacete. Ese que logró la hazaña de encadenar dos ascensos consecutivos de Segunda B a Primera División y, en el estreno de la entidad albaceteña en la máxima categoría, terminar séptimo a un punto de clasificarse para la UEFA. No solo eso. Floro fue número en sus promociones a entrenador nacional, y si no hubiera tenido la incalificable mala suerte del último partido en Tenerife que no le permitió conseguir el título de liga con el Real Madrid, sería el primer entrenador español en tener todos los títulos del fútbol semiprofesional y profesional español.

Pese a todo, el estadio José Zorrilla se mostró inexpugnable para el denominado ya ‘Queso Mecánico’. En esa campaña 91-92, con Pacho Maturana en el banquillo, el Real Valladolid venció en casa al Albacete por un solitario gol obra de Pereira. En este Valladolid estaban también Higuita, Leonel, Caminero y Onésimo. Benito Floro, que en la vuelta sí que sumó una victoria por 3-1, no pudo lograr que los Conejo, Zalazar, Geli o Catali pudieran derribar el fortín del Pisuerga. Pero es que a partir de aquí la tónica siguió similar.

Por aquellos años se empezó a hablar de un entrenador que ponía mucho énfasis en la táctica y estrategia del balón parado: córners, faltas, saques de banda. Ese era Benito Floro. Alguno lo hacía con ironía. Hoy día nada de esto se discute, sabedores todos de que pequeños detalles dan partidos y campeonatos.

En la 92-93, Floro firmó por el Real Madrid donde permanecería casi dos temporadas. En la segunda, Real Valladolid y Real Madrid empataban a cero en el José Zorrilla. En ese Valladolid aparecía un jugador desgarbado, con apariencia enclenque pero muy rápido en banda, que luego pasaría a formar parte de la alineación madridista. Se llamaba Emilio. «Recuerdo mi primera amable discusión con Ramón Mendoza, porque al poco de empezar me fui una noche a ver al Valladolid jugar un partido para seguir los pasos de Amavisca y de paso estar un rato con Marcos Fernández al que apreciaba mucho», relata Benito Floro.

En la 94-95, el Albacete, con Benito Floro en el banquillo, salvaba los muebles tras un empate a uno. Por el Valladolid anotaba Pablo, y en las filas albaceteñas, el calvito Dertycia.

La liga 95-96 fue la de los 22 equipos. Albacete y Real Valladolid defendieron bien sus intereses para de la mano lograr su permanencia en la máxima categoría. Celta y Sevilla apelaron más a las manifestaciones sociales y así evitar el descenso administrativo que les correspondía. El jugar en Primera ese año «hizo justicia a dos equipos que tenían sus cuentas al corriente a costa de vender buenos jugadores», según Floro. En esa campaña, el Real Valladolid de Cantatore se despachaba del Albacete con un 3-0 y goles de Raúl Ibáñez, Peternac y Fernando. Los manchegos sí que se tomaron la revancha en el Carlos Belmonte ganando 4-2.

En la temporada 96-97, Benito Floro pasaba a dirigir al Sporting de Gijón con los Ablanedo, Tomás, Julio Salinas o Lediakhov, aunque el técnico no terminó la Liga. En el José Zorrilla un solitario gol de Víctor dio el triunfo a los blanquivioleta. Otro más.

Benito Floro pese a haberse ido de vuelta con malos resultados en la mayoría de ocasiones en las que se prodigó por el José Zorrilla, mantiene unas sensaciones muy positivas hacia la ciudad. «Si oigo o leo Valladolid, de pronto lo primero que siento es un sonido agradable, casi musical; luego ya vienen una catarata de evocaciones positivas. Me acuerdo de Gilberto, que lo saludé hace poco en Salvador; de mi querido Fonseca, que a pesar de no haberlo visto desde hace mucho, su recuerdo no se me borra; de Onésimo; o Fernandito Hierro que empezaba; también Caminero, el Pato, los Higuitas y Valderrama; el Pacho, Cantatore, recuerdo a ese gran profesional que es Ramón Martínez, a Jesús Cuadrado, por el que entre otras cosas del fútbol, conozco de la buena comida de Castilla y León y, por último, a la posibilidad de haber sido su entrenador en un momento delicado del club, pero que no se dio. Aun así guardo agradecimiento a Carlos Suárez porque solo intentarlo fue positivo; y en definitiva, lo tengo como un equipo que descubría buenos jugadores españoles y extranjeros, que tiene una afición entendida en buen juego». Lo dice y rubrica alguien de fuera. Alguien que cada vez que llegaba a Zorrilla era para salir escaldado aunque sabe, sin duda, entresacar el sonido y la armonía de la historia de este oscuro presente. Justo en el momento que más se necesita a los aficionados de dentro. ¡Pucela!