Real Valladolid

a banda cambiada

Bailando con el diablo

‘¿Alguna vez has bailado con el diablo a la luz de la luna?’ Con esta frase comenzaba el Jóker -malvado villano de Batman- un macabro ritual contra sus víctimas quienes, al escuchar esas palabras, comprendían que su final estaba cerca; a la postre, los malos de ficción siempre tienen algo de poético, de psicópatas con alma de artistas. Me imagino la satánica escena: una noche despejada, la luna llena iluminando la silueta de la pareja, un baile lento, acompasado, una música cálida, una víctima confiada y un desenlace trágico. Cuando su acompañante quiso reaccionar ya era demasiado tarde, había sucumbido en una muerte dulce. Al Real Valladolid le sucede algo similar. Ahora mismo se encuentra coqueteando con el diablo, ingenuo, cómodo, un empaté aquí, una derrota allí y que vayan pasando las jornadas, entre la desidia y la inconsciencia de un posible final trágico. Como si el riesgo no fuera con él. Y, sin embargo, ese riesgo es auténtico, y puede aparecerse en cualquier momento. Sin la dulzura de las grandes tragedias de la literatura porque hace tiempo que el Real Valladolid se vio despojado de la lírica, pero con la misma contundencia que emplea la Parca cuando agita su guadaña. Un manotazo duro, un golpe helado, un hachazo invisible y homicida, y el club será un recuerdo. Es su propia existencia la que está en juego. Un nuevo descenso a la categoría de bronce sería poner un último clavo, definitivo, al ataúd que de un tiempo a esta parte se viene construyendo.

El martes el equipo arañó un empate y se marchó satisfecho a casa, otro día en la oficina, debió pensar. Un punto más, un partido menos, y a esperar que el oleaje meza suavemente al equipo hasta la playa de la permanencia. El club ocupado en planificar la próxima temporada, entrenador de estreno incluido. Lo que antes era un ejemplo de previsión y trabajo bien hecho, hoy puede tornarse en una suerte de maquiavélico cuento de la lechera por la incertidumbre de no saber en qué categoría va a participar el curso que viene. Una apariencia de tranquilidad que contrasta con el desasosiego del aficionado que ve observa impotente cómo la permanencia, que no termina de cerrarse, puede escaparse como el agua entre los dedos. El Real Valladolid sigue bailando con el diablo a la luz de la luna sin ser capaz, siquiera, de parar la música.