Real Valladolid

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En esto, el velo del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo; tembló la tierra y las rocas se rompieron. Un luminoso al cielo anunciando un cambio y el enfado del aficionado habría servido para derribar las murallas de Jericó. Paco Herrera decidió retornar a lo que él mismo había modificado cuando dio la alineación. Rectificar algo en lo que no creía y que podría ser interpretado como una manera de claudicar ante la presión del entorno. ¿Veis?, le habría gustado decir, no tenéis razón. Haber podido mostrar media sonrisa satisfecha, superior, del que sabe por el camino que pisa y qué obstáculos puede encontrarse. Ni siquiera tuvo tiempo para eso. El problema de entregar la autoridad es que después resulta muy difícil de recuperar ni a ojos de los propios jugadores ni extramuros del vestuario. Y cuando Paco Herrera quiso demostrar por qué él es el que se sienta en el banquillo, y no cualquier otro de los que inundan los medios y las redes sociales con sesudas disertaciones tácticas, el estadio ya había dictado sentencia. Bajó el pulgar y atronó la mayor pitada que se recuerda cuando menos se esperaba.

Se nos rompió el amor de tanto usarlo, habría cantado Rocío Jurado. Como si el aficionado hubiese estado aguantando demasiados sin sabores en silencio por conservar intactos los votos que prometían cariño en la riqueza, en la pobreza, en la salud o en la enfermedad. Hasta que ya no pudo más. Y, quizá, lo pagó quien menos lo merecía. O quizá no. Mejor eso que la indiferencia, es la prueba de que el corazón sigue latiendo.

Paco Herrera observó, escuchó e, intencionadamente o no, actuó en contra de todo lo que había venido trabajando desde que puso un pie en Valladolid. Se traiciono a sí mismo y a todo en lo que creía. Escuchó un consejo equivocado y ahora aquellos que se lo dieron le negarán incluso la posibilidad de ejercer su derecho a decidir el once que aparecerá sobre el césped el próximo sábado. Estoy convencido de que el entrenador volverá a seguir la senda de su propio instinto, de su propia responsabilidad, de su propio credo. Mejor caer con las ideas propias que con las ajenas. Porque de otra forma quienes le criticaron por hacer justamente lo que estaban reclamando, serán los primeros que, como Salomé, terminen por solicitar su cabeza en bandeja de plata.