Real Valladolid

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Tengo a Braulio Vázquez por un buen director deportivo, de los que saben moverse como guiados por un GPS por el inframundo del fútbol –ese que se aleja de los focos como queriendo proteger a las almas más sensibles de lo obsceno que resulta en ocasiones el ir y venir de representantes, dinero, favores y comisiones– profesional, trabajador, aun con esa suerte desigual en las incorporaciones que no escapa a ningún club, pero que es más frecuente cuando se juega a la ruleta rusa de acudir al mercado de fichajes sin dinero que ofrecer; y que ha elevado a la categoría de auténtico arte la habilidad de responder a las preguntas de los periodistas sin apenas contar nada que, lejos de parecer un defecto, es la cualidad más importante de alguien que fía el éxito de la empresa en negar todo conocimiento hasta que la operación queda completamente firmada.

Braulio acudió a la sala de prensa hace apenas dos días y, aunque casi le faltó decir valgo más por lo que callo que por lo que cuento, se le escapó, o quizá fue toda una declaración de intenciones, un claro mensaje de apoyo al entrenador, ungido desde ese momento –en una suerte de San Pedro– en la piedra sobre la que sujetar todo el andamiaje del nuevo Real Valladolid que todavía se encuentra en un estado tan embrionario que la confianza en que todo el trabajo a corto, medio o largo plazo, dé frutos depende más de la fe que de los hechos.

Durante el último verano, se repitió como un mantra la necesidad de un proyecto de amplio recorrido que permitiera asentar unas raíces, autoabastecerse de jugadores propios y consolidar un núcleo duro que otorgara garantías de poder asaltar la primera división en un periodo más o menos corto de tiempo. Una idea sustentada sobre la intención de que el capitán de la nave tuviera experiencia sobrada y suficiente ascendiente sobre la plantilla como para que perdurara en el tiempo. Sin embargo, Paco Herrera se empieza a tambalear a los ojos de parte de la afición, víctima del juego y de los pobres resultados. No sé si fueron acertadas las palabras de Braulio designando al actual técnico como la base del Real Valladolid del futuro, pero empiezo a pensar que su no renovación sería la demostración de que el famoso proyecto en boca de tanta gente solo era una forma eufemística de referirse al resultado.