Real Valladolid

Lejos del área

Llévalo con orgullo y con honor

Siempre se ha dicho que la afición del Real Valladolid es poco numerosa, pero fiel. Los hay hasta que tienen tatuado el escudo o que se hacen cientos de kilómetros para acompañar al equipo en sus desplazamientos. Otros, desde la distancia (incluso residiendo fuera de España), siempre se las ingenian para escuchar o ver los partidos de su amado Pucela, recordando seguramente con morriña esos bonitos momentos que pasaron en su añorada ciudad. No faltan tampoco las aficionadas más fieles o más veteranas, desterrando desde hace años tópicos estúpidos respecto al deporte y las mujeres, ni las nuevas generaciones que han aprendido de sus familiares a querer a este club. También tenemos a los que siempre que van de viaje meten en la maleta alguna prenda del Real Valladolid, luciendo colores por todos los rincones del planeta; colores que, por cierto, siempre suelen salir a relucir en el día a día (¿Quién no tiene alguna prenda u objeto violeta?).

Por haber, los hay que han nacido en lugares tan distantes como Escocia o Madrid, pero que sienten al Pucela como suyo. En esta familia blanca y violeta, más numerosa que esos 8.000 a los que se alude casi siempre de manera despectiva, también hay quienes sacrifican su vida personal o laboral para acompañar al equipo, elaborar pancartas o ‘tifos’ de animación y hasta para gestionar foros y webs dedicadas al Real Valladolid. Somos tan grandes que, detrás de este equipo ,incluso hay historias de amor, superación o tragedias relacionadas con nuestros fracasos y gestas (mi cariñoso recuerdo para Antonio Aragoneses).

Nunca está de más alabar la figura del aficionado pucelano, sobre todo los que resistimos pacientes, orgullosos de nuestros colores y a la espera de tiempos mejores, pero la columna de hoy, más que una palmadita en la espalda para los fieles, tiene que ser un tirón de orejas al club. El bien más preciado que tiene una entidad es su público, sus consumidores, quienes pagan abonos, entradas y productos del equipo de sus amores.

Todos ellos, desde el tatuado, al madrileño, pasando por el exiliado en Alemania o la abuela que sigue acudiendo a Zorrilla, no merecemos tantos episodios bochornosos como los que estamos viviendo estos años. Cada vez que ustedes se enfundan o negocian en nombre de la blanca y violeta, representan a una afición y a una ciudad, a la que hay que honrar. Recuerden que este escudo, como decía el himno, se debe llevar siempre con orgullo y con honor.