Real Valladolid

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Fue otra jugada rápida, como de navajero a sueldo, ris-ras, la que hizo subir el cuarto gol que servía para liquidar a un moribundo. Un tanto con el filo de un puñal, que terminó de abrir todas las heridas presentas y pasadas, y provocó la vía por la que se desangró Zorrilla antes del final del partido, con su gente abochornada camino de casa. Los que se quedaron, lo hicieron para ejecutar el escarnio al que se iba a someter el equipo. El Real Valladolid se retiró desnudo, porque el Levante lo había despojado de todo lo que alguna vez había tenido incluso durante esta misma temporada, abriéndose paso entre los abucheos de lo que quedaba de su afición, en una situación que recordaba a la humillación que sufrió Cersei Lannister camino de palacio.

Yo agoté mi capacidad para el sufrimiento y el enfado la temporada pasada cuando además del encuentro del Real Valladolid, me veía obligado a jugar cinco o seis partidos más, por todos los rincones de la geografía española, tratando de derrotar a nuestros rivales en la pelea por la permanencia. Pero comprendo a todos aquellos que expresan su agotamiento por la situación al finalizar cada partido.

Al calor de la indignación, como suele suceder en momentos de crisis, florecen sesudas reflexiones cargadas de intensidad y énfasis. Solamente es necesario escuchar todo lo que se dice, para darse cuenta de que nadie en el entorno del Real Valladolid sabe qué planificación se debe seguir desde el club en sus vertientes técnicas y deportivas, no ya para ascender, sino para ganar partidos. Análisis rotundos, enérgicos, de ceño fruncido, dedo levantado –y un punto de demagogia– que explican el fútbol como si fuera una rama más de las ciencias exactas, como las matemáticas donde uno y uno siempre tienen que sumar dos. Disertaciones sobre proyecto, planteamiento o formación que defienden una idea y la contraria. Comentarios cargados de histeria por el resultado, cuando no por el juego, por los gestos realizados en el campo, o las declaraciones manifestadas en sala de prensa o en redes sociales. Palabrería dirigida a mantener un perpetuo estado de agitación que nadie desde la entidad es capaz de apaciguar. Por primera vez en los últimos cinco años, el club se había aislado de las urgencias para crear algo sobre lo que crecer y, sin embargo, va a dejar que muera antes de que enraíce.