Real Valladolid

A banda cambiada

Una final

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La semana había sido convulsa. Una más de esas que no están destinadas ‘per se’ a desmantelar piedra a piedra la institución pero, entre broncas, huidas y rumores, desgastan el ánimo y erosionan el proyecto hasta transformarlo casi en polvo. Con esos antecedentes se presentó el Real Valladolid en el estadio de los Juegos del Mediterráneo. A conseguir una victoria casi contra pronóstico. A derrotar al Almería y a luchar contra sus propios elementos. El equipo ganó y se abrió el cielo como lo hace después de las tormentas. No, las nubes aún no han desaparecido, pero el sol ya trata de hacerse hueco entre ellas. Alguno, incluso, llegó a decir que vio entrar en el vestuario una paloma con una rama de olivo en el pico. Como la que se posó en el Arca después del diluvio. Como la que se utiliza universalmente para simbolizar la paz.

La afición que ha viajado, quién sabe si en exceso, sobre una montaña rusa de ciclotimia, énfasis e histeria no puede por menos que guardar los recelos en un cajón, que enterrar el hacha de guerra, que coser sus propias heridas para, aun dejando esa cicatriz que solo el paso del tiempo logrará borrar, que al menos no sangren. Que dejarse llevar por la esperanza de ver la luz al final del túnel, y tratar de olvidar durante noventa minutos la experiencia de fracasos recientes. Al final, ser optimista cuesta tanto o tan poco como ser pesimista, y a estas alturas de la competición resulta mucho más saludable y divertido.

Da igual si Paco Herrera, cuando manifestó que quería llegar a los últimos enfrentamientos con opciones, se refería a jugar a todo o nada cada partido desde el sábado hasta el final de temporada. A convertir en una suerte de eliminatorias, de torneo del KO lo que queda de campeonato. No importa si el pico de forma aquel, según el cual el equipo iría como un avión, es en el que se encuentra la plantilla actualmente. El momento ha llegado y el momento es ahora. No, no quedan cinco finales. Queda una final, la final. El encuentro que da derecho a poder seguir soñando, a poder seguir disputando una jornada más el partido de nuestras vidas. Los aficionados, la ciudad en su conjunto y sin excusas, deben estar allí para contarlo.