Real Valladolid

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No, todavía no he logrado sacarme de la cabeza aquel Domingo de Ramos sevillano. Aquella mañana que llevaba camino de pasar a la historia negra del club, y probablemente lo haya hecho, como el día en el que se cerró una etapa, otra más, de la historia reciente de un Real Valladolid cada vez más acostumbrado a que sus proyectos duren lo que dos peces hielos en un whisky on the rock. Aquel 14 de abril, que iba a quedar marcado para siempre en la memoria como el fin de un equipo, finalmente podrá ser recordado como el aniversario del nacimiento de otro nuevo.

El maremoto destinado a dejar yermo todo cuanto encontrase a su paso, trocó al presidente, al entrenador y a la plantilla. Transformó incluso al aficionado -nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos, habría escrito Pablo Neruda-, que ahora sí acude al estadio sabiendo que, al menos, su equipo va a competir.

Por eso, como consecuencia de esa metamorfosis de la tristeza en alegría -como el paso del invierno a la primavera- no fue extraño observar, el último sábado, a niños con la camiseta del equipo correteando en los aledaños del estadio, jugando divertidos, bebés enfundados en la blanquivioleta extrañados del colorido que les rodeaba sin saber muy bien, todavía, dónde les habían traído y por qué estaban ellos allí. Once mil aficionados que habían mutado de piel, habían abandonado los temores, los rencores y la desconfianza y se fundieron, por fin, con un equipo que adeudaba corresponder con esfuerzo el cariño recibido. Todavía no en número suficiente como para convertir Zorrilla en una caldera, pero tan ruidosos y entregados que, por puro efecto llamada, en los partidos venideros se podría hallar el germen de lo que debe ser la hinchada vallisoletana del futuro.

Cuando en el minuto setenta y uno, Álex Pérez alcanzó con su cabeza un balón rechazado por el portero para hacerlo descansar en el fondo de la portería rival, Zorrilla estalló como una sola garganta representada en el recogepelotas situado detrás de la meta del Getafe. Su salto, su galopada detrás del autor del gol representa fielmente lo que todos los asistentes habríamos hecho en ese momento. La euforia, el desahogo, la carrera de toda una afición resumida en un solo muchacho. El abrazo invisible, por fin, de toda la familia pucelana.