Numancia, Numancia, Numancia

Valladolid no es solo Valladolid. Es ella, más los que llegamos de León, Burgos, Segovia...

Numancia, Numancia, Numancia
JOAQUÍN ROBLEDO

La idea me ha rondado por la cabeza estos días. Todo empezó en el momento exacto en que concluyó el partido de Soria. De alguna manera lo plasmé en el artículo de ese día. Entonces, cuando el ascenso blanquivioleta más que se vislumbraba, agüé un poco el vino recordando situaciones parecidas en las que el oso muerto del que se había vendido su piel estaba aún muy vivo. Esa noche rematé diciendo que si al final ocurría lo que parecía que iba a ocurrir tendríamos tiempo para festejar. Y –añadí– aplaudir a un dignísimo rival. Cerré los ojos y me imaginé el momento en que el árbitro pitaba el final de este partido, la explosión de júbilo del momento inmediatamente posterior, la algarabía de un poco más tarde... y, de repente, escuchaba en mi cabeza miles de gargantas blanquivioletas rindiendo homenaje a los rojillos gritando a coro un ruidoso 'Numancia, Numancia, Numancia'. Demasiado bonito, pensé.

El partido definitivo terminó con el oso muerto y con su piel en la mano. El final se superpuso con la celebración del gol de Mata. Euforia por partida doble. El júbilo y la algarabía llegaron tal cual había fantaseado. Hasta ahí mi imaginación fue demasiado previsible: respondía a la liturgia habitual en cualquier celebración de un éxito deportivo. Sin embargo, en cuanto los jugadores rojillos, desfondados, abatidos, alcanzaron la esquina en la que estaban sus aficionados y les agradecieron su fe y su apoyo, la afición vallisoletana se puso espontáneamente en pie y en el estadio atronó un 'Numancia, Numancia, Numancia' que me puso los pelos de punta. Algún duende de los que habita en mi emoción se puso en contacto con mi yo racional. Esto es el fútbol, ¡coño!, –me susurró.

Esto es el fútbol, claro, el crisol en el que se funden las distintas materias que conforman el ser humano, la expresión más sincera de lo que somos –la pasión no entiende de hipocresías–, con nuestras miserias y nuestras grandezas. Por eso el detallazo de la afición vallisoletana me estremeció, porque entendí que, además de reconocer al adversario, en el fondo, consciente o inconscientemente, estaba dando cuenta de sí misma, de lo que le ha hecho gran ciudad. Valladolid, al fin y al cabo, es un poco verdad y un poco mentira. Es de primera, claro; lo es en muchos sentidos, ¡qué duda cabe! Pero lo es porque Valladolid no es solo Valladolid. Es ella más los que aquí vinimos a buscarnos la vida desde Ávila, Palencia, Salamanca, Zamora o... Soria y aquí fuimos acogidos. El ascenso a Primera del Pucela es la metáfora de una ciudad que creció y se hizo más grande con aquellas olas de emigración de décadas pasadas y que continuará, si quiere seguir siendo de Primera, acogiendo a quienes acuden a ella, se llamen Amina, Teresa, Joaquín o Anuar, en busca de un camino y un cobijo. Ahora toca fiesta aunque mañana haya que volver a currar o a seguir buscándose la vida. No es incompatible. ¡Qué nadie nos quite lo 'bailao' ni lo por bailar!

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