Ochenta y ocho minutos

El Instante

El Pucela dejó ir el partido no en dos minutos, sino en un tiempo en el que fue previsible

Ochenta y ocho minutos
A. Mingueza
JOAQUÍN ROBLEDO

Los titulares de prensa, por su forzoso laconismo, no contemplan espacio alguno para el matiz. Esas pocas palabras que se adelantan al cuerpo de la noticia sirven para presentar el hecho o, si este ya es conocido, algún aspecto relevante o novedoso. La disección aparece debajo y se escribe en letra menuda y abundante. Tras partidos como el del Pucela de ayer, por ejemplo, proliferan titulares que condensan la derrota en media docena de palabras: «Un gol tempranero condena al Valladolid». En términos contables, no les faltaría razón. Un partido se gana o se pierde en función de los goles válidos anotados y recibidos. Si tu equipo recibe un gol apenas comenzó a rodar la pelota y el marcador final se dibuja con ese único trazo, parece natural entender que en ese prematuro instante se produjo el navajazo que determinó la muerte del interfecto.

Pero solo en términos contables. Los resultados de la autopsia van descritos en el cuerpo de la noticia y dejarán claro que aquel tajo, por cruento que fuese, no era mortal de necesidad. 88 minutos faltaban, margen de sobra para contener la hemorragia, ponerse en pie y voltear la situación. 88 minutos de tentativas estériles por ofuscadas que, como el zurdazo de Míchel que ilustra este artículo, se encaminaban irremisiblemente al desagüe. 88 minutos que, estos sí, dictaron la condena.

Hubo ganas –nunca, al menos en casa esta temporada dejó de haberlas–, pero faltó todo lo demás: ese compendio de ideas y chispa al que llamamos 'juego' que cuenta con el poder de cerrar heridas y abrir defensas.

Míchel lo intentó una y otra vez. Ora pretendía organizar desde atrás, ora resolver desde la periferia de la portería. Nada salía como hubiera querido. Y cuando parecía que podía ser que sí, los centrales y el portero rival cerraban las ventanas para impedir que entrase ni una poquita de luz. Dolía más, cosas de la añoranza, cosas de la comparación, que uno de esos muros fuese 'nuestro' Álex Pérez.

No, un gol tempranero no puede condenar. El futuro nunca puede estar determinado en el minuto 2.

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