Real Valladolid

Cuando el Pucela fichaba con trigo o la excarcelación

José Miguel Ortega, 'Josito', autor del lbro, ante la imagen de la portada en un ordenador de la redacción de El Norte. / G. VILLAMIL

'El Viejo Estadio Zorrilla’ de José Miguel Ortega, obra editada y distribuida por El Norte de Castilla, puede reservarse ya en los quioscos, por teléfono o por Internet

Fernando Bravo
FERNANDO BRAVOValladolid

El nombre del mediocentro era Juan Antonio Ortega Lara, originario de Lopera (Jaén). Su familia había emigrado a Cataluña y había llegado a jugar en Primera, con el Deportivo de la Coruña. Fue uno de los refuerzos del Real Valladolid en la segunda vuelta de la temporada 1945/1946. Su llegada a Zorrilla describe de forma meridiana las penurias de la época.

El Real Valladolid –esto no es nuevo– no andaba sobrado de liquidez, de modo que el secretario de la junta directiva, un agricultor del Pozaldez, ofreció a la familia del jugador un cargamento de trigo y queso para que el mediocentro defendiera los colores del club pucelano. La familia del jugador, residente en Barcelona, lo estaba pasando mal por la hambruna y el pago satisfizo a todos. El jugador contribuyó años más tarde al ascenso del Real Valladolid a Primera.

Este sorprendente fichaje –estraperlo por medio– no es ni siquiera el más estrambótico de los que se hicieron desde el viejo Zorrilla, pero sus entresijos explican meridianamente, no solo cómo era el fútbol en la primera mitad del siglo pasado, sino que describe una sociedad que se sobreponía con dificultades a los efectos de la Guerra Civil.

El periodista Jose Miguel Ortega, ‘Josito’, que suma con este su quinto volumen sobre la historia del Real Valladolid, traspasa los límites del deporte para documentar un estudio sociológico de la posguerra. El fútbol, el deporte –el estadio Zorrilla nació con vocación de lo que hoy se llama un ‘arena’ y llegó a albergar un velódromo–, y el propio estadio, con sus circunstancias urbanísticas y sus consecuencias posteriores, hasta la instalación de El Corte Inglés en los terrenos que habían pertenecido a la familia Adulce, son un cauce muy transitado para hablar del Valladolid del la primera mitad del siglo XX.

El fichaje de Ortega Lara no es una perla aislada en las 144 páginas de la última obra de José Miguel Ortega, que edita y distribuye El Norte de Castilla. Es una anécdota más entreverada entre otras no menos sorprendentes, como el estrambótico fichaje de José Luis Ispizua Guezuraga, un secundario de lujo del Athletic Club que, tras la Guerra Civil fue acusado por los vencedores de ‘rojo separatista’ y de pertenecer al PNV, si todo esto fuera posible. Izpizua terminó en la cárcel, pero la intervención del Real Valladolid, cuyos dirigentes al parecer tenían cierto ascendente en aquella administración, lograron sacarlo del Puerto de Santamaría a cambio de defender la portería del equipo de la capital del Pisuerga.

Jose Miguel Ortega sigue trufando la historia del viejo Zorrilla con estampas, a veces ilustradas en blanco y negro gracias a su propio archivo, el Municipal y fotografías de Luis Calabia, ‘Marca’, Garay o Carvajal, que describen aquellas décadas de posguerra.

Cuando ‘Josito’ habla de su último libro, sin notas ni apuntes, describe, acaso con menos exactitud pero con mucha más pasión, las historias que discurrían paralelas a la del propio estadio Zorrilla. Como las de las colas de los aficionados del Real Madrid que venían a ver los partidos contra el Real Valladolid.

«Los de Madrid, no solo venían a ver fútbol. Aprovechaban también el viaje para comprar pan. El pan de Valladolid sigue teniendo fama, pero entonces su calidad era muy superior a la del de la capital de España».

Llama también el autor la atención sobre otras estampas que hoy no se entienden.

«Por ejemplo, las mujeres que esperaban a sus maridos a la salida del fútbol. Eran muy pocas las que asistían como espectadoras, y eran muchas las madres, esposas y novias que se arremolinaban a la salida del estadio para reunirse con sus parejas. Antes se jugaba casi siempre en domingo y, además, si el equipo ganaba, había muchas posibilidades de celebración posterior».

Son muchas otras las historias paralelas que recoge la obra de José Miguel Ortega. No solo las del ámbito urbanístico, el ambicioso proyecto inicial del viejo Zorrilla o algunos líos administrativos, sino ciertos usos inauditos hoy en día. Como las relaciones que provocaba el ser socio con el mismo cobrador, que mensualmente pasaba por casa para recoger las cuotas y que terminaba convirtiéndose en un amigo de la familia. O el famoso marcador simultáneo ‘Dardo’, al que daba nombre la marca comercial que lo instalaba. Aquel marcador ofrecía datos sobre otros partidos de la categoría que se distribuían por teléfono, con las limitaciones propias del medio. Tenía también un código de colores que indicaban el si el resultado correspondía a la primera parte, a la segunda o era el final. O el orden de las banderas de los clubes, con sus escudos, que servía para conocer el puesto de los equipos en la clasificación.

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El libro se podrá retirar a partir del viernes, 6 de octubre

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