El silencio como respuesta

El instante

La expulsión de Kiko Olivas no fue debida a una acción pueril de aquellas que encrespan a cualquiera y que dejan a entrenador y aficionados con mal cuerpo

El silencio como respuesta
JOAQUÍN ROBLEDO

En cualquier conjunto que agrupe a un número de humanos superior a uno se establecen interacciones que terminan siempre, de una u otra forma, generando relaciones de poder. En algunos casos, estas relaciones están subordinadas a una jerarquía, una estructura de autoridad en términos legal, política y socialmente establecidos; en otros, aparecen porque existen circunstancias características en un ámbito determinado que, sin que estén codificadas, facilitan la preponderancia de unos miembros sobre otros del grupo humano; en un tercer grupo estarían las que se crean de forma espontánea, al menos aparentemente, en función de las personalidades propias de cada individuo.

La relación entre un entrenador y los jugadores de la plantilla pertenece al primer grupo. Nadie –casi– discute que estamos ante una relación jerárquica en la que los futbolistas están sujetos a las decisiones que pueda tomar su superior en el escalafón. Sobre cómo deben ser las relaciones entre los otros y el uno para conseguir el fin en el que todos se hallan inmersos se han escrito miles de textos contradictorios entre sí. Los hay que abogan por establecer un poder fuerte en el que prime, sobre todas las cosas, el criterio de autoridad; los hay que respaldan una relación más blanda asentada en el grado de convicción para comprometer al grueso del grupo. Entre medias, podrán encontrar tratados que aborden el asunto introduciendo todos los matices posibles.

No sé, no pertenezco a ese vestuario para saberlo, si Luis César es de los que suelen atizar el palo o de los que prefieren buscar el estímulo con la zanahoria pero el lenguaje corporal del entrenador del Pucela, al menos mientras ejerce la dirección de sus pupilos durante el partido, muestra detalles que denotan una extraña lejanía empática.

Kiko Olivas, el hombre, acababa de ser expulsado tras ver la segunda –y rigurosa– tarjeta amarilla. No fue debido a una acción pueril de aquellas que encrespan a cualquiera y que dejan, a entrenador y aficionados, con ese mal cuerpo que propicia una salida de tono, no. Le expulsaron por un lance natural del juego, una acción en la que el central malagueño se batía defendiendo la portería de su equipo. Olivas entiende que la pena es demasiado severa pero su conciencia parece tranquila, obró en beneficio del colectivo. La tarjeta roja, en estas circunstancias, es demasiado castigo para sufrirlo solo. Lo asume, no puede ser de otra forma, pero busca complicidades, una mano amiga que le comprenda y le ayude a subir el estado de ánimo. Nadie mejor que el entrenador para llevar a cabo esta tarea restituyente, para, llegado el caso, recriminarle algo pero con tono de aliento comprensivo.

Al contrario. Luis César responde al requerimiento del central con un gesto de desdén, con una impostada indiferencia que solo puede tener como objetivo doblar el castigo del futbolista. La próxima, perfectamente pudo pensar Olivas, no me pilla; en vez de meter la pierna para frenar una incursión rival, en vez de plantar mi cuerpo frente al disparo oponente, me pondré a un lado. Así, ni tarjeta ni silencio requisitorio.

Puede también, claro, que todo sea apariencia:que no se trate más que un gesto seco, un tanto hosco, derivado de la tensión del encuentro y que se deshizo tras concluir el partido en la intimidad del vestuario. Puede, pero es cierto que, visto desde fuera, el entrenador gallego transmite esa sensación de frialdad ante los aconteceres particulares de los futbolistas.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos