Suspendido y, de momento, no suspenso

Suspendido y, de momento, no suspenso
JOAQUÍN ROBLEDO

No albergaban duda alguna. Los cofrades de la Hermandad de 'pucelólogos', todos a una cual alalimón, veían seguro el triunfo del Valladolid en Soria. No era un hablar por hablar, ese tópico optimismo de cualquier aficionado que en sus cábalas semanales siempre aventura el triunfo de los suyos;se trataba, sin más, de la experiencia, de la puesta en valor de un saber labrado tras años de pesquisas. Un 'pucelólogo' que se precie es un detective que nutre su labor con conocimientos que se hallan a medio camino entre el criptoanalisis y la hermenéutica. Un caudal que le permite desentrañar el conjunto de signos que el equipo deja escritos con tinta de agua, mensajes que son ininteligibles para el resto de los mortales.

Sorprendido ante la avalancha de seguridad, quise que algún miembro me acercase las claves con las que se maneja para realizar esas profecías. En resumen, y sin entrar en profundidad, me dejó claro que el Real Valladolid había consolidado una pauta que convertía en pasmosa regularidad su trayectoria irregular. Así, cuando un triunfo le serviría para encaramarse en las cercanías de su objetivo, se estampana; ahora bien, cuando una derrota podría convertir dicha meta en quimera, vence y se vuelve a empadronar en la aldea de los vivos. De esta manera, el Pucela sobrevive instalado en una perenne agonía: parece que nunca llega, pero tampoco se va nunca del todo. El Valladolid, de la misma manera que aquella respuesta requerida por Bob Dylan, 'Blowin' in the wind', se mantiene flotando en el aire preguntándose cuántos mares debe surcar una blanca paloma antes de dormir en la arena. Mientras levita en ese sinmorir, espera el destino que le habrán de deparar los caprichos de otro objeto igualmente etéreo: la dichosa pelotita. Esa misma que, entretanto Calero y Guillermo se afanan por que caiga en su tejado, parece también suspendida en el aire. Ambos futbolistas se afanan pero de distinta forma. El central blanquivioleta se muestra físicamente tenso y mentalmente sereno. Observa la caída del balón esperando el momento propicio para alejarlo de su zona constantemente amenazada por los corsarios rivales. El delantero rojillo, ajeno a cálculos newtonianos, aprieta cuerpo y alma preparado para embestir, desarmar al rival y llevarse el tesoro. Esta vez no lo consiguió. Ni esta ni ninguna. Calero, asentado en la titularidad tras aprender que lo mejor en el fútbol, y en el resto de las actividades humanas, consiste en no intentar aquello que no sabes hacer, amuralló la frontera, aguantó embestidas, salió airoso del trance y contribuyó al vital triunfo pucelano. Y ahí, en el adjetivo 'vital', se encuentra la clave desentrañada por los pucelólogos: cualquier otro resultado le hubiera supuesto caer definitivamente. Y eso no, el Pucela vive suspendido pero sin permitirnos hasta el último día constatar si, además, estará suspenso.

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